Ni K ni anti-K: el limbo político de los no alineados

Bajo el ruido creciente de la pelea entre el oficialismo y buena parte de la oposición, un segmento importante y muy heterogéneo, de hasta el 45% del electorado, rechaza la polarización extrema, reclama superar los antagonismos y asoma como un caudal político clave en el inicio de la campaña
Raquel San Martín
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14 de abril de 2013  

Cuando la política se juega en blanco y negro, proponer el gris puede condenarse rápidamente como tibieza. Se entiende: si unos llaman a refundar la República y otros a detener el avance de una dictadura, no tomar partido por ninguno de los dos bandos, encontrar elementos positivos en ambos y criticarlos por igual parece, al menos, cuestionable.

Sin embargo, entre el fervor kirchnerista y la denuncia opositora hay una tercera vía: es la que habitan los neutrales en la Argentina polarizada, los que se autodefinen como "ni K ni anti-K", los que estuvieron en la Plaza de Mayo durante los festejos del Bicentenario y volvieron allí en el 8-N, aquellos a los que el antagonismo in crescendo de los últimos diez años acabó por alejarlos del debate, por cansancio o por prevención.

Son un grupo heterogéneo, en el que conviven el desencantado y el indiferente, el ex kirchnerista cansado de las inconsistencias del relato y el ex opositor que pide un balance más equilibrado de la gestión K. Es un sector electoralmente volátil, sin identificación partidaria ni voceros que lo representen y que, según la encuesta que se mire, puede abarcar hasta el 45% de la población.

Es un colectivo que está ganando visibilidad, en buena medida porque concentra un caudal electoral sin dueño, que la oposición quiere atraer, hasta ahora con poco éxito, y que hasta el kirchnerismo ha reconocido últimamente, a pesar de que los proyectos de ley para "democratizar la Justicia" parecen alimentar la brecha con la oposición más que acercar posiciones.

"Si no se quiere al prójimo es imposible querer a la patria. Por eso, no nos olvidemos nunca de eso: la patria es el otro", sorprendió la Presidenta en el acto del 2 de abril, en Puerto Madryn, un giro retórico que comenzó tras la elección del papa Francisco, con frases diseñadas para los oídos de los no alineados. Así, el 14 de marzo convocó "a la gran unidad nacional", y unos días después reclamó "la aceptación de la diversidad y la pluralidad".

"No creo que el grupo de los no alineados hoy sea más numeroso, pero sí creo que es más visible. Hay ciertas situaciones políticas que cansan un poco y hay gente que se siente incómoda con la necesidad de alinearse con un bando totalmente", apunta Gabriel Di Meglio, historiador e investigador del Conicet, para quien algo se está quebrando en el escenario político: "La oposición no logró capitalizar la postura anti-K y el kirchnerismo ha empezado a notar cierto cansancio general", dice.

Aunque la mayoría de los encuestadores coincide en la dificultad de identificar fehacientemente las dimensiones del sector "ni K ni anti-K", algunas pistas pueden encontrarse cuando se mira a los que en los sondeos se llaman "independientes" o "indecisos". Así, una encuesta reciente de Management & Fit registró un 22,3% de indecisos para las elecciones de este año, que parecen al menos coherentes: el 63,2% de ellos votó en blanco en las elecciones presidenciales de 2011. Otras encuestas, hechas por distintas encuestadoras para varios sectores políticos, ubican en este sector a un porcentaje que va entre un 23 y un 34% de la población.

"En la Argentina hay un número limitado de gente politizada y una masa muy importante de gente, un 40 a 45%, que no está interesada en la política, que se autodefine como independiente -señala Sergio Berensztein, director de la consultora Poliarquía-. Es un grupo bastante heterogéneo: están los apolíticos y los decepcionados de la política, entre otros. Hay entre ellos una variedad de características personales y experiencias políticas distintas."

Con distintos grados, los no alineados suelen reconocer positivamente al Gobierno su política de derechos humanos, la ampliación de derechos, el aumento del presupuesto educativo y la Asignación Universal por Hijo, pero rechazan igualmente el avance sobre las instituciones, la conflictiva relación con la prensa, la negativa del kirchnerismo a reconocer la inflación y hasta el tono confrontativo de los discursos presidenciales.

Es una postura que ha encontrado un eco particular entre académicos e intelectuales, quienes en muchos casos han preferido evitar la exposición pública de sus opiniones matizadas -en los medios, en las redes sociales, pero incluso en algunas clases- cuidando de que sus miradas fueran leídas en clave de algunos de los dos polos en disputa.

Sin voceros

¿Quién expresa las ideas de los neutrales? Nadie, más allá de algunos personajes públicos -recuérdese al actor Ricardo Darín, que pidió que se le diera la oportunidad de acordar y también disentir con el Gobierno tras el revuelo que causaron sus opiniones críticas- o intelectuales que reclaman un punto medio con poca suerte. Hay razones para esta orfandad. "Esta postura ni K ni anti-K puede existir socialmente, pero no le veo una expresión política clara. Hay una suerte de hartazgo social de esta situación, pero no alcanza ni es posible que tenga una expresión política. Para eso tendría que emerger un discurso que plantee una frontera con el mecanismo de polarización como tal. Hoy se está lejos de eso", apunta Gerardo Aboy Carlés, sociólogo e investigador del Conicet.

"Como es un sector tan fragmentado, es difícil que haya alguien que los represente, porque tendría que ser alguien que sobrevolara temas y a veces hasta se contradijera. Es complejo convertir eso en una fuerza política estable. Es un electorado renuente, escéptico, que está decepcionado de la política más tradicional -dice Berensztein-. Por eso a veces confían en una persona «distinta», que venga de fuera de la política. Macri, De Narváez, Massa y Scioli son personajes no vistos como políticos tradicionales. Pero al mismo tiempo piden gente que sepa gobernar, que resuelva los problemas. No tienen coherencia ideológica ni política."

Más allá de estas dificultades, la mayoría de los líderes opositores han intentado movilizar a los neutrales. "El radicalismo lo ha intentado a partir de su identidad histórica. Macri lo intenta con un discurso de derecha moderno, al gusto del electorado porteño, y Scioli apuesta a intentarlo, dentro de su escaso margen de maniobra, dentro del peronismo", señala el politólogo argentino Aníbal Pérez-Liñán, profesor en la Universidad de Pittsburgh. "El problema es que las posturas moderadas son por definición plurales y por lo tanto ese bloque es difícil de unificar bajo una sola bandera. Cuando la gente se queja de que la oposición está desunida, está siendo en parte injusta con sus líderes, porque una oposición moderada es naturalmente plural."

Claro que tener una posición neutral no define una intención de voto: a la hora de decidir, una mezcla de variables, sensaciones y urgencias pueden terminar inclinando a muchos "independientes" a un voto kirchnerista o a uno para Pro, por citar los extremos que parecen políticamente más irreconciliables.

"Lo que actualmente se llama polarización es en realidad bipolaridad o acción adversarial de dos actores, es decir, sólo dos opciones claramente enfrentadas. Que esas opciones no sean hoy lo suficientemente fuertes como para retener a la gran mayoría como adherentes no significa que el probable tercio disconforme con esas posturas adquiera un juego independiente", analiza Mario Riorda, consultor en temas de estrategias y comunicación para partidos y gobiernos de la región. "Ese tercio es dependiente de lo bien o mal que le pueda ir al oficialismo. Casi el 70% de ese sector votó a Cristina Kirchner en su reelección en 2011, pero no es un grupo consistente ni homogéneo."

Caudal electoral

La oposición parecería ser más flexible y diversa como para capturar al electorado independiente. De hecho, según un sondeo reciente de Poliarquía, las preocupaciones de este término medio están más cerca de las que expresan los simpatizantes de la oposición que los del oficialismo. Así, mientras el 36% de los independientes y el 35% de los simpatizantes de la oposición consideran que la inseguridad es el principal problema del país, sólo lo es para el 27% de los oficialistas. Más distancia hay en la inflación, que es percibida como principal problema por el 19% de los opositores y el 12% de los independientes, pero sólo por el 9% de los cercanos al kirchnerismo.

"El problema que ha tenido la oposición es que no ha sabido diferenciarse ni salir de la agenda del Gobierno. ¿Cuál es su propuesta alternativa? Parecería que hoy en la Argentina hay un cierto triunfo de algunas ideas que nadie se anima a desafiar. Esa poca claridad propositiva es la razón por la que nadie logra seducir a nadie", dice Di Meglio.

¿Es posible pensar en una moderación del discurso K que atraiga a estos no alineados? Es probable, pero no sostenible, apuntan algunos expertos. "El Gobierno puede moderar su discurso para lograr una mayoría en un año electoral, pero después se verá tentado a invocar esa misma mayoría para radicalizar el discurso tras la elección. Este ciclo político del oficialismo parece difícil de romper", señala Pérez-Liñán.

Para Aboy Carlés, en tanto, los llamados al diálogo de la Presidenta, iniciados después de la elección del papa Francisco -lo que algunos ya llaman la "bergoglización de Cristina"-, implicaron "un rendirse ante lo que aparecía como un poder fáctico. El Gobierno reaccionó de la mejor manera, pero esto se juega ahora en función de lo que pase con el intento de reforma judicial, la disputa con Scioli y los intentos de encontrar mecanismos de continuidad a futuro, más allá de las dificultades económicas presentes que van a acelerar el debate opositor".

"Desde 2007 hasta ahora hubo momentos donde se adoptaron posturas más conciliadoras por parte del Gobierno. Pero la norma ha sido la confrontación bipolar y el control centralizado del bloque oficialista. Es posible que la Presidenta haya estado genuinamente conmovida en su encuentro con el Papa, pero dudo de que eso derive en otra estrategia política", señala el politólogo Marcelo Leiras, profesor en la Universidad de San Andrés.

Bien mirado, este territorio intermedio podría ser más ancho que lo que deja ver el ruidoso enfrentamiento K- anti-K. "Esa conformación bipolar es un modo de entender las diferencias políticas en la Argentina, pero no es una división exhaustiva ni fiel de las opiniones políticas. Es una posición dominante en la discusión pública y mediática porque quien la sostiene es dominante dentro del bloque oficialista, pero no todos en ese bloque ven las cosas del mismo modo", alerta Leiras. "Si un partido político se propusiera representar a una tercera posición no encontraría cómo, porque no hay tal cosa como una tercera posición homogénea. Las otras dos posiciones tampoco lo son."

En efecto, más allá de lo que se intente mostrar, ni los sectores K ni los anti-K son homogéneos. "Coexisten en ellos grupos K más verticales y anti-K más refractarios, y sectores más críticos que pueden coincidir, pero que no se compran el paquete entero, de ninguno de los dos lados", describe Di Meglio.

En épocas de conflicto, la neutralidad es muchas veces el llamado del sentido común, el rechazo a la crispación permanente. Como dice Leiras, "más importante que representar a quienes no son kirchneristas ni antikirchneristas es proponer una distinción política que haga irrelevante esta distinción polar". En ocasiones, es la sociedad la que puede ir por delante de sus dirigentes. ¿Alguien sabrá escucharla?

En 140 caracteres

Para los políticos, las redes sociales son arenas en las que difundir acciones de gobierno, sentar posición y polemizar, pero también, sobre todo últimamente, hacer llamados a la unidad y el diálogo, un reclamo que suelen hacer quienes no se sienten "ni K ni anti-K" y que, al menos en Twitter, cruza sugestivamente a casi todo el arco político.

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