Ni Menem había llegado a tanto

Alfredo Leuco
Alfredo Leuco MEDIO:
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13 de marzo de 2007  

Los misterios de la actualidad política se pueden resumir en dos preguntas: ¿hasta cuándo Néstor Kirchner seguirá acumulando poder? ¿El blindaje de Daniel Scioli resistirá la tormenta kirchnerista?

La decisión de gobernar de facto la provincia de Buenos Aires desde la Casa Rosada es el acontecimiento escandaloso que articula ambas inquietudes. El Presidente, en su afán de controlar todo y de que nadie lo controle a él, completó en estos días su obra en el distrito más grande del país: desplazó a Gerardo Otero y pasó a comandar la economía de los bonaerenses. Pero ya había invadido políticamente el distrito al digitar la candidatura extraterritorial de Daniel Scioli, sumamente floja de papeles para competir desde la legalidad absoluta.

Ni Carlos Menem había llegado a tanto. Kirchner no solamente es un presidente de alta imagen positiva. También es el ministro de Economía de la Nación, ayudado por Julio De Vido y Guillermo Moreno, lo que reduce a Felisa Miceli al lugar de una voluntariosa secretaria. También telegobierna Santa Cruz y convirtió al Poder Legislativo en un ministerio donde hace y deshace a gusto. Ahora conduce también la provincia de Buenos Aires.

Kirchner ha logrado que la República camine por la cornisa de sus instituciones. Para eso cuenta con una billetera generosa y un látigo implacable que aplica con pragmatismo y ferocidad, pero también con el pánico cómplice de muchos funcionarios y dirigentes de su partido que piensan igual que Gerardo Otero, pero que no tienen el coraje de decirlo. ¿Qué dijo Otero? Más o menos lo mismo que dos de los funcionarios que durante más tiempo fueron cercanos a Kirchner: el ex vicegobernador de Santa Cruz Eduardo Arnold y el ex gobernador Sergio Acevedo. O que los ex ministros Gustavo Beliz, Horacio Rossatti y Roberto Lavagna, entre otros. Dijeron que los funcionarios tienen miedo de opinar para no incomodar al Presidente y que el pensamiento único es cosa de todos los días. El Gobierno toma decisiones cortoplacistas, en referencia al electoralismo apurado y desprolijo del anuncio del aumento docente para favorecer al todavía poco conocido Daniel Filmus. El propio ministro de Educación confesó que no habían consultado a ninguna provincia. De hecho, en muchas no comenzaron las clases por los conflictos que esto generó. Fue tanta la desesperación por recuperar la iniciativa política y evitar que Jorge Telerman le marcara la agenda a Kirchner que desde el Poder Ejecutivo nacional anunciaron un importante aumento, pero con el bolsillo de los gobernadores. Filmus trató de justificar lo injustificable y dijo que un ministro de Economía se puede reemplazar, pero los días de clases perdidos no. Tiene razón el ministro: hay ocho provincias que ya no van a poder recuperar los días de clases que están perdiendo.

El ex ministro Otero, que dijo todo con prudencia y sin apelar al escándalo, no es un neoliberal ni un piquetero anarquista. Es un hombre de gran confianza personal y política del gobernador Felipe Solá, que en la intimidad seguramente piensa como él. O como Scioli, que, en su reunión con el justicialismo bonaerense, se enteró en voz muy baja de los reclamos de sus compañeros, que son muy similares a los esgrimidos por Otero. Que el verticalismo no conduce a buen puerto y que la política de "subordinación y valor" tiene un límite. Que posiblemente la calidad institucional va a llegar con Cristina Kirchner, pero que será demasiado tarde.

Daniel Scioli es un dirigente atípico. Fue alumbrado por Menem, pero se adaptó con gran pragmatismo a todos los gobiernos peronistas. Su optimismo militante, su apuesta al trabajo de hormiga, lo colocó en el podio de los dirigentes con mejor imagen. Nunca asociado a la mala onda, transmite que el voluntarismo y el esfuerzo mueven montañas y que uno puede levantarse de las situaciones más dramáticas, como perder un brazo en un accidente, o de las más comprometidas, como reconocer una hija extramatrimonial. Su peronismo new age no genera odios. Ese es el secreto de su éxito. Nada lo afecta. Todo lo beneficia.

Pero ahora tiene que sortear una prueba de fuego: desde su proclamación no oficial todo lo que le vino de Kirchner fueron malas noticias. Lluvia ácida. Desde su inexplicable pase de distrito hasta su cambio de domicilio a paso redoblante. Desde Luis D Elía -el piquetero más desprestigiado ante la opinión publica- reclamándole la cuarta parte de los cargos y tratando de imponerle al vicegobernador hasta un acto en Arsenal, donde parecía que el túnel del tiempo había llevado a un típico producto de los 90, como Scioli, al amanecer camporista "por la liberación y contra la dependencia". Fue patético. Nadie se ilusionó con lo lindo que podría ser el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel, como cantaba la Juventud Peronista, pero hubo que digerir a D Elía haciendo de vocero de Irán. O a Pérsico y compañía cantando la marchita con los dedos en ve, como en los años de la "gloriosa Jotapé". Y Scioli ahí. Sonriente. Callado. Como un "soldado motonauta", como dijo un semanario con ingenio. ¿Afectará todo esto a Scioli? ¿Será consciente de que Kirchner va a imponerle su compañero de fórmula, su posible gabinete y la lista completa de diputados? ¿Analizará en la intimidad y frente a su conciencia que si gana deberá inclinarse ante los fondos nacionales que Kirchner tiene de sobra y él necesita como el agua? ¿Su coraza de teflón resistirá los vientos del desierto patagónico? ¿Su posible victoria será más vitamina o más límites para el poder de Kirchner?

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