Nicolás Maduro amenaza a la paz y la seguridad de la región

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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4 de enero de 2018  • 00:16

Mientras el pueblo de Venezuela sufre las privaciones de toda índole a las que está sometido por la desastrosa gestión gubernamental de Nicolás Maduro y sus correligionarios “chavistas”, así como las violaciones de sus derechos humanos y libertades civiles y políticas fundamentales, el presidente venezolano simula una nueva etapa de diálogo con la oposición. Muy pocos creen, es cierto, en la sinceridad de sus intenciones y conductas.

En los últimos días, en paralelo, sus dichos y hechos en materia de política exterior han comenzado a conformar lo que luce como una creciente amenaza para la paz y seguridad de la región.

Me refiero a la reciente declaración de “persona non grata” del embajador de Brasil en Caracas, Ruy Carlos Pereira, episodio que generara -por aquello de mantener la “reciprocidad en el trato”- la declaración de “persona non grata” por parte de Brasil del representante diplomático venezolano en Brasilia. En este caso, el encargado de negocios, Gerardo Antonio Delgado Maldonado.

Venezuela, recordemos, no tiene embajador en Brasil desde mayo de 2016, cuando la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff, que fuera una silenciosa aliada de Caracas.

A lo que cabe agregar el episodio, desgraciadamente similar, que también acaba de afectar adversamente a la relación bilateral entre Venezuela y la prudente Canadá.

Estos dos incidentes sugieren que el presidente de Venezuela intenta ahora distraer provocando tensiones en el capítulo de su política externa. De modo de inflamar el nacionalismo y confundir todo lo posible.

A lo que cabe agregar que Nicolás Maduro pareciera tener un odio especial contra el presidente argentino, Mauricio Macri, al que desde hace rato insulta con la peor de las groserías. Lo acaba de llamar, nuevamente: “ladrón”, “cobarde”, “bandido” y hasta “rata de cañería” y “padrino de la derecha fascista venezolana”. Cada insulto -soez y reiterado- nos afecta a todos los argentinos. Apunta a nuestro país, entonces.

En Caracas -recordemos- no hay en este momento embajador argentino. La representación diplomática está en manos de un encargado de negocios, el entrerriano ministro Eduardo Porretti, destinado en Caracas desde noviembre de 2015. Nuestro país, curiosamente, acaba de cambiar su sede diplomática en Venezuela, ampliándola significativamente.

Frente a lo que sucede, parecería hora de que sea la región toda la que manifieste su desagrado y molestia por la conducta vulgar y por las constantes provocaciones de Nicolás Maduro. Lo que podría evidenciarse con un llamado conjunto “a consultas” de los respectivos Jefes de Misión. Esa sería una protesta colectiva en señal de disconformidad con el trato cada vez más insultante adoptado por Nicolás Maduro respecto de algunos países de la región.

Hasta podría decidirse dejar a todas las misiones diplomáticas latinoamericanas en Caracas en manos de cónsules, en señal nítida de repudio a la inaceptable conducta del presidente de los venezolanos, a la que últimamente se ha sumado la también aberrante conducta de la llamada “Asamblea Constituyente”, liderada por la arrogante excanciller venezolana, Delcy Rodríguez y dedicada a la demolición de lo poco que queda de la democracia venezolana.

Un “llamado conjunto a consultas“ que incluya a todos los embajadores de la región- sería, de cara a la comunidad internacional, un claro e inequívoco mensaje de rechazo a la mala educación y al maltrato a los que recurre Nicolás Maduro, aunque ello no signifique el rompimiento de las relaciones diplomáticas.

La mera “diplomacia contemplativa” respecto de Venezuela es tomada por algunos como una suerte de endoso implícito, tolerante y hasta cobarde. Y, por otros, como una muestra de la poca importancia asignada a la devaluada Venezuela de nuestros días.

Sin hacer el caldo gordo a Maduro, la reacción alimentaría la cuota de esperanza de la mayoría del castigado pueblo venezolano. Y evidenciaría, ante el resto del mundo, lo que la región efectivamente piensa respecto de las actitudes de Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez, que no forman parte del ADN latinoamericano. No es poco. Pero hasta allí, nomás. Por el momento, al menos.

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