
No confundir valor y precio
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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Confundir es, según el diccionario, mezclar cosas diversas de modo que no puedan distinguirse unas de otras.
Muchas veces la falta de orden y claridad nos lleva a esa vacilación que nos hace confundir y confundirnos con respecto a objetos y personas. Sobre todo cuando recibimos visual y auditivamente mensajes que se prestan al equívoco y al desconcierto.
Y entonces solemos equivocarnos. Errare humanum est , particularmente en este comienzo de siglo, en el que el cambalache de Discépolo sigue vigente, ya que seguimos equiparando a la Biblia con el calefón.
Pero la confusión no es patrimonio exclusivo de nuestra sociedad. En un mundo como el nuestro, y en Occidente sobremanera, donde casi todo está cotizado en dinero, donde el aprecio pasa tantas veces por el precio, donde se valora lo que tiene un valor material (cuanto más alto, más codiciable), la confusión suele ser moneda de todos los días.
Hace pocos meses, en este mismo diario, apareció la noticia del cuadro de Van Gogh que se iba a rematar en Tokio con 83 dólares de base en la casa de subastas Shinwa Art Auctions. Las autoridades de la firma no sabían que ese "Retrato de una mujer campesina" era un Van Gogh. Cuando se enteraron, gracias a la consulta hecha a los expertos del Museo Van Gogh de Amsterdam, de que el autor era el genial y patético pintor holandés, la tasación pasó bruscamente a una base de 250.000 dólares.
Una vez más ,Van Gogh se constituye en un emblema de la tergiversación "valor y precio". Fue uno de los más desafortunados pintores europeos del siglo XIX y este infortunio hoy significa fortunas.
Utrillo vendía sus cuadros por un plato de sopa o una copa de ajenjo en los bares de Montmatre. Ni Van Gogh ni él figuraban en Internet, ni se los invitaba a los programas de televisión. Ironías del destino de los artistas de aquellos tiempos sin tanta tecnología.
Lo que nos llama la atención es que un mismo cuadro no valga nada, valga de repente 83 dólares y una hora más tarde, 250.000.
He aquí el paso del anonimato a la fama. De un valor intrínseco a otro extrínseco. De lo íntimo a lo social. De lo subjetivo a lo objetivo. De un bien no vendible a otro absolutamente comercial.
¿Cuál es la valía real de esa obra? Nos estamos refiriendo a esa cualidad interna, profunda y sutil que no tiene nada que ver con las modas, con el mercado ni con las inversiones. Esa cualidad sentimental o sensorial que no se paga con nada.
La campesina de los albores de Van Gogh quizá no nos atraiga demasiado (cuestión de gustos). Quizás uno, personalmente, no pagaría nada por ella y, si la recibiera de regalo, tal vez no la colgaría en su casa. Pero al saber que se puede vender por 250.000 dólares es como si la tela comenzara a vibrar en otra frecuencia. Como si ese dinero la valorara de golpe, transformándola. Y así se genera la gran confusión.
Estamos muy confundidos, hoy más que nunca, porque vivimos en sociedades materialistas, globalizadas, que dependen tanto del dinero que parecería que no hay satisfacción posible sin él. Sociedades donde el cinismo es rey. (Una vez más recordaremos a Oscar Wilde, quien dijo que "el cínico es el que sabe el precio de todo y el valor de nada").
¿Se acuerda de la canción de Serrat "Soneto a mamá"? Basándose en un dicho popular ("Es de necios confundir valor y precio"), Serrat cantaba : "Supe que lo sencillo no es lo necio, que no hay que confundir valor y precio".
Sí, sí. Estamos bastante confundidos. Y quisiéramos no ser necios. Pero nos han pasado tantas cosas... Hasta hace poco, nos habían hecho creer que un peso argentino era lo mismo que un dólar norteamericano, y de hecho la economía funcionaba así. Pero uno miraba un billete de un dólar y una monedita de un peso y algo, a simple vista, no cuajaba.
Psicológicamente, nuestra monedita parecía valer muchísimo menos... ¿o no?
En aquellas épocas, teníamos la ciudad llena de mendigos de algunos países de Europa del Este, que venían aquí porque, en este paraíso , con una de esas monedas se podían comprar ¡un dólar! Ellos tenían plena conciencia de algo que nosotros no teníamos tan presente. Fue un negocio brillante para muchos, y también para esos pordioseros, que desaparecieron luego, como se dice vulgarmente "de la noche a la mañana".
Al menos, de esta confusión ya salimos. Quedan otras. Para los extranjeros, en la actualidad la Argentina es uno de los países más baratos del mundo. El mismo país que hasta ayer era carísimo.
Como el cuadro de Van Gogh, pero al revés.
¿Qué es caro, qué es barato?, nos preguntamos. ¿Qué distingue el valor económico del valor sentimental y de esa propiedad abstracta, escondida, que proporciona deleite y bienestar? ¿Qué precio se le da a la belleza, a la sabiduría, a la felicidad, a la alegría de la creación?
¿O hay cosas que de tan extraordinarias, de tan valiosas, no tienen precio?
¿Qué es lo esencial? ¿El enorme goce que le debió dar a Van Gogh pintar sus girasoles y sus lirios en la Provenza? ¿La fascinación que siente el que mira un cuadro de Van Gogh? ¿O el hecho de que estas flores silvestres, inmortalizadas por un artista pobre, enfermo y suicida valgan hoy millones y millones de dólares?






