Nosotros, los auténticos decadentes

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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20 de mayo de 2018  

El último golpe a la autoestima nacional que provocó la corrida cambiaria invita a reescribir aquella sentencia de Simone de Beauvoir. "Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra", dijo. Lo más decadente que tiene la decadencia, nuestra decadencia, es que estamos acostumbrados. Y para peor, nuestro largo desbarranque incluye nostalgias enfrentadas y contrapuestas. Se añoran tiempos cada vez más lejanos, vivencias deformadas por los años, y se celebran triunfos que terminaron en fracasos. La Argentina ha naturalizado su decadencia al extremo de convertir en héroes a algunos de sus responsables.

En las horas en las que el gobierno de Mauricio Macri lidiaba con los mercados reaparecieron esas evocaciones. Unos mentaron la Argentina de la generación del 80, una formidable construcción que se apagó antes de consolidarse. Otros, más por herencia que por vivencias propias, recordaron los días del primer peronismo, un experimento que también puede ser retratado como el comienzo de la declinación económica del país. Cada uno, refugiado en creencias que tienen mucho de prejuicios, cree encontrar en aquellos ejemplos soluciones a una larga serie de desatinos que obliga a preguntar cómo es que cada vez logramos estar peor.

Las estadísticas mandan y todas muestran que el crecimiento argentino en el último siglo fue escaso en relación con el mundo desarrollado al que aspiró a pertenecer y muy desparejo respecto de sus vecinos. El país no perdió una sola oportunidad, falló ante cada una de ellas en 100 años.

Viejos y nuevos maestros de la economía exhiben en estos días recetas que en muchos casos ya fueron usadas para alimentar el fracaso. La desazón incluye la comprobación de que nadie parece dispuesto a repasar sus errores, sino, al contrario, tiende a reivindicarlos.

La clase política, mientras tanto, se encierra a divertirse con sus especulaciones. Ahora Macri ya no tiene la reelección blindada y el poder podrá volver a discutirse en las elecciones de 2019, concluyen oficialistas y opositores. Sería un juego muy entretenido si no se repitiese siempre la misma secuencia de cambio por fracaso.

La acumulación de crisis, que en verdad es siempre la misma, habilitó una acción que se repite y que simplifica el trabajo del que llega al poder: la culpa siempre la tiene el gobierno anterior. La fórmula funciona siempre muy bien desde hace más de medio siglo porque quien se va de la Casa Rosada deja una situación más complicada de lo que la recibió. Hay matices, es verdad, y también excepciones, pero mirada en perspectiva la secuencia de la economía y de la situación social del país tiende siempre a ser negativa a medida que pasa el tiempo.

Superada la crisis cambiaria que electrizó una vez más al país, es posible que también queden borradas las huellas que la provocaron. Es parte esencial de nuestra cultura política dar por terminado antes de tiempo lo que nos obliga a esfuerzos significativos. Se sabe, lo sabemos, la mejor forma de no resolver el problema es ignorarlo.

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