Nosotros vivimos aquí

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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24 de enero de 2018  

Declaró hace poco el presidente Donald Trump que, dada la ola de frío sin precedente que azotaba el nordeste de su país, "no le vendría mal a Estados Unidos un poco de calentamiento global".

Es exactamente al revés. El calentamiento global causa fenómenos de clima extremo. Glaciaciones repentinas. Tormentas calamitosas. Granizo apocalíptico. Calor homicida. Pero estoy persuadido de que no es menester aclarar semejante obviedad. Excepto, claro, porque la frase calentamiento global, aunque se ajusta a los hechos, dice poco sobre el desastre por venir. Inspira la idea de que solo hará un poco más de calor. No es así. El cuadro febril que sufre nuestro pequeño planeta verde y azul traerá aparejados inviernos cósmicos, pero también un desastroso aumento en el nivel del mar y la destrucción de ecosistemas completos. Pero se lo politiza, se lo polariza, y ahí vamos, con otro asunto decisivo que se agosta en un debate que ganará el que grite más fuerte.

Lo mismo ocurre con la palabra ecología, incrustada de prejuicios, de política y de etiquetas.

Oikos significaba, en griego clásico "casa", pero no solo en el sentido de una construcción, sino en el de una morada. Ecología es el estudio de nuestro hogar. Ese hogar es el planeta Tierra.

En este punto, por desgracia, el lenguaje vuelve a jugarnos una mala pasada. La complejidad de nuestra morada celeste está más allá de toda posible comprensión. No es una casita en dos plantas o un bonito departamento en el centro. No es una tienda de campaña o la cueva de Polifemo, para citar a Homero. Es un milagro cuya dinámica nos abruma y nos supera.

También hemos despersonalizado la cuestión. Hablamos de medio ambiente y de ambientalistas. Como si todo el asunto fuera algo aparte de nosotros. Pero es el hogar de todos nosotros, y la trama de la vida, delicada, frágil e innumerable, es el único techo que nos protege de la noche furiosa del universo.

Vamos mejor al jardín.

Ha hecho calor estos días y pasan volando los frutos del diente de león, que aquí llamamos "panaderos". Hace unas semanas varios tipos de abejas y mariposas polinizaban las proverbiales flores amarillas; entre ellas, un pequeño himenóptero de color verde metálico que parece una joya que vuela, un bichito de película de ciencia ficción. Pero es real y está en este jardín. Hoy. Ahora.

Si nos arrodillamos, descubriremos una miríada de seres vivientes. Hay arácnidos, insectos, crustáceos terrestres (los queribles bichos bolita) y mil más. Por allá anda un hornero picoteando en el verde; está alimentándose. Sin él, el jardín se convertiría en un hervidero de artrópodos. Sin los artrópodos los pájaros se extinguirían.

Pero hay más. Casi invisible, existe una legión de organismos que corren, reptan, cavan y vuelan. Son más pequeños que el punto al final de esta frase, y solo un experto podría -acaso- adivinar su filiación. Sin embargo, también son hilvanes en la delicada y frágil trama de la vida. Más allá del poder de nuestros ojos, hay microorganismos que ayudan a las raíces a absorber nutrientes, bacterias que transforman los desechos en el fértil humus, parásitos que mantienen en equilibro especies no menos pequeñas, pero que podrían asolar la región y convertirla en un páramo. Es un rasgo de nuestro hogar planetario. Nada sobra. Nada está de más.

La Providencia nos ha concedido una morada cuya relojería es perfecta e insondable. El viento y la lluvia; el guano de las aves; el aragonito cristalino de los moluscos, que dará origen a blancas playas de ensueño; las expansivas levaduras; los cardúmenes hipnóticos y el gran depredador blanco; el polen que surge como un vaho espectral de las tuyas en primavera; la araña que espera; las pulgas de agua; el sol y la alquimia prodigiosa de la clorofila, y nosotros, que también somos parte del tejido de la vida. No hay nada que conquistar. Es nuestro hogar. Vivimos aquí.

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