Novedosas alternativas de política

Por Roberto Frenkel Para LA NACION
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23 de diciembre de 2001  

Escribí este artículo el miércoles 19. Lo releí en la tarde del jueves 20 y decidí dejarlo intacto. Decíamos en nuestra nota de un mes atrás que la evolución de la economía transcurre sobre cuatro procesos críticos: la contracción de la actividad y el empleo, la caída de la recaudación fiscal, la reducción de los depósitos en los bancos y la pérdida de reservas.

Los últimos dos se encaminaban a una crisis cambiaria y bancaria: la imposibilidad de uno o varios bancos de devolver los depósitos y la imposibilidad del Banco Central de sostener el tipo de cambio.

Esas tendencias se acentuaron desde entonces, pero las autoridades han evitado la crisis imponiendo medidas de control administrativo. Se invocó el peligro mayor para justificar las medidas. El peligro era cierto y la justificación verdadera. Pero si razón había para imponer los controles ahora hay muchas más para mantenerlos. ¿Qué duda cabe de que en las actuales circunstancias el levantamiento de los controles sería inmediatamente seguido por una corrida sobre los bancos y las reservas?

Las autoridades anunciaron que el fin de los controles está asociado con un resultado exitoso del canje de deuda externa. Se imagina un sendero virtuoso que incluiría la aprobación de un presupuesto admisible por el FMI, la reactivación del acuerdo con el organismo -incluyendo desembolsos pendientes- y el cierre del canje. De la probabilidad que otorgue el lector a esa sucesión de eventos debe depender su expectativa de que los controles se levanten. Y hay algo más. La misma imposición de los controles dificulta su eliminación, como indicamos arriba. Entonces, para que la remoción pudiera encararse sin riesgo, las circunstancias del momento deberían ser muy favorables. En mi opinión, los controles están para quedarse.

Por otro lado, arrecian las propuestas de dolarización. Hoy significaría dolarizar todos los depósitos y créditos vigentes y convocar al público a canjear el circulante. Supongamos que las reservas alcanzan para la operación, dólar más, dólar menos. ¿Cuál sería el beneficio de esta pérdida total de reservas? En nada cambiarían la economía real, la situación fiscal -incluyendo las obligaciones de deuda canjeada o no canjeada- y el sector externo, porque sus desequilibrios no dependen del nombre de la moneda. Más allá de la magia que muchos ignorantes atribuyen a la medida, trato de imaginar una justificación confesable. Esta podría ser la recuperación de la confianza del público en el sistema bancario y el consiguiente reflujo de dólares a los bancos. Nadie presenta abiertamente este argumento, probablemente porque es inverosímil a simple vista.

De todas maneras, más lentamente que si la ordenara un decreto de necesidad y urgencia, la dolarización procede cotidianamente junto a la erosión de las reservas, impulsada por las conductas defensivas y especulativas de los agentes. Extrapolando las tendencias, por uno u otro camino, nos encontraríamos con una dolarización sui géneris, con corralito y control de cambios. Tan sui géneris como la convertibilidad con corralito y control de cambios que rige actualmente (aunque es verdad que se mantiene la libre elección de la moneda de encierro).

La negociación del canje externo requiere seguramente un acuerdo con el FMI. La oferta de canje se realiza mostrando simultáneamente un programa económico que fundamenta la capacidad del país de atender en tiempo y forma los nuevos papeles. Este programa debe llevar el sello de aprobación del Fondo, que actúa para los acreedores como auditor de la consistencia del programa y de su cumplimiento.

El Gobierno entiende que el FMI pide un nuevo programa que incluya una proyección fiscal con déficit cero. Se compone un nuevo presupuesto con una meta de ahorro de intereses y una meta de reducción de gastos, tales que unidas a la proyección de recursos arrojen déficit cero. Al respecto, pasemos por alto el trámite del presupuesto y los efectos recesivos, sociales y políticos de las reducciones imaginadas, para centrarnos en un único punto: el nivel de actividad del año próximo y sus consecuencias sobre la recaudación fiscal.

La proyección del PBI del cuarto trimestre de este año -realizada antes de las medidas de control y su indudable efecto recesivo- indicaba una caída de 6,6% con relación a igual período de 2000. Si durante el año próximo el PBI se sostuviera en el nivel de este cuarto trimestre, caería 4,5% con relación a 2001. Podemos dar por seguro que la contracción continuará, al menos en el primer trimestre de 2002. Por lo tanto, salvo que se espere una importante recuperación a partir del segundo trimestre, suponer en 2002 una contracción de 4,5% es una estimación sensata. Estos números no están incorporados en las proyecciones presupuestarias. Con ellos a la vista haría falta el talento de Picasso para dibujar un déficit cero.

En resumen, frente a la olla hirviendo se ha optado por poner una tapa, mientras el fuego sigue encendido. Se impusieron los controles - incurriendo en altos costos de credibilidad- para ganar tiempo, pero se invierte ese tiempo en más de lo mismo: imaginar futuros promisorios y practicar contabilidad creativa.

En cambio, las medidas de control ya impuestas, al neutralizar de facto la amenaza de corrida bancaria y cambiaria, abren novedosas alternativas de política, que resultaban inviables en el contexto previo. Pocos parecen haber tomado conciencia de esto. Por ejemplo, puede encararse una negociación a fondo de la deuda sin estar pendientes de una reacción de pánico financiero local. Habiéndose incurrido en los costos del control, vale la pena invertir los grados de libertad ganados en medidas que provean soluciones más permanentes, más sostenibles, como dice ahora el FMI.

Curiosa situación

Hay quienes están dogmáticamente en contra de los controles porque suponen que los mercados funcionan siempre bien. A esta categoría pertenecen los que ahora los impusieron. Los economistas sensatos pensamos que los controles son a veces necesarios para reparar fallas de los mercados y ayudarlos a alcanzar un equilibrio bueno, pero nunca para reprimir desequilibrios fundamentales.

La cuestión puede plantearse del siguiente modo. La trayectoria sobre la que se movía la economía llevó a una intervención masiva en el funcionamiento de los mercados financiero y cambiario. Las políticas que se están implementando difícilmente permitan removerlas. Por este camino viviremos con controles por largo tiempo y el peligro creciente de una salida explosiva. Si se aspira a que los mercados financiero y cambiario funcionen más normalmente es necesario una reformulación de la política económica y del tratamiento de la deuda que genere un crecimiento sostenible, porque sólo en ese contexto será posible remover las restricciones.

El autor es investigador del Cedes y profesor de la UBA.

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