Nuestros perros

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Cuando nos ven, mueven la cola con alegría y sumisión, aunque seamos unos canallas
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10 de diciembre de 2013  • 00:30

En el momento de escribir estas líneas, me ocurren dos cosas. Primero: hace tres meses murió mi querido Tao ( "el Camino") un macho sharpei con el que compartimos nada menos que 13 años. Segundo: la compañera de Tao, una hembra sharpei más chica de tamaño pero de carácter alfa, está muy enferma, cubierta de horribles quistes purulentos, flaquita, todo el día echada en su rincón, y ya se nos va.

Tal vez no me encuentre en el momento adecuado para hacer un comentario pensante: estoy perdiendo dos hijos en tres meses. Pero bueno. A veces estas situaciones ayudan a echar fuera del alma las emociones que hemos guardado durante años.

Esta adoración de nuestros perros, que no merecemos, nos hace bien

Los perros son como ángeles que nos manda el cielo para regalarnos afecto ilimitado, para hacernos sentir poderosos como reyes y venerables como dioses. Ellos vienen a ser nuestros vasallos. Los alimentamos, si nos parece bien, y ellos agradecen felices nuestra generosidad. Tienen una voracidad que en España se denomina "hambre de perro": la avidez de uno que ha pasado necesidad y no desperdicia bocado.

Así son también para el afecto. Cuando nos ven, mueven la cola con alegría y sumisión, aunque seamos unos canallas. Ellos imploran nuestra caricia y esperan nuestra orden. Si alguien nos amenaza, corren rugiendo a combatirlo, arriesgando la vida, porque nada hay más importante que la seguridad y la salud del amo. Aunque sea un pobre diablo y un imbécil, ellos lo ven glorioso, dominante, majestuoso y genial. Si está enfermo, lo esperan sine die bajo la cama.

Esta adoración de nuestros perros, que no merecemos, nos hace bien. Cualquier tipejo de morondanga puede sentirse un duque si al llegar a su rancho, chalet o casa quinta, o incluso al asfixiante departamento de cuarta categoría donde recluye a su pobre perro, los canes lo agasajan echando las patas al pecho, mueven la cola, se acuestan patas arriba y le lamen las manos. Ellos son así: nos convierten en dioses.

Se conoce el cuento de aquel perro que siguió a su patrón hasta el cementerio, y allí se acostó sobre la tumba, hasta morir de hambre y de tristeza. Nosotros, en cambio, cuando los vemos enfermos, estamos impacientes. Buscamos en la miserable agenda el día propicio para darles la inyección del viaje final. Algo que ellos nunca harían con nosotros.

Ellos viven menos años que nosotros, en general. ¡Menos mal! ¿Quién los cuidaría, de otra manera, cuando llegara la hora de nuestra partida?

Quiero recordar, en esta hora, al bueno de Chiche, mi perro de la infancia. Era un peludo amarillo, sin raza definida, con un aliento fatal y un carácter dulce. En aquella casa de Ramos Mejía donde me crié (Avellaneda 96, esquina Belgrano) entre higueras, guayabos, pinos y tardes infinitas de fulbito en un baldío cercano, Chiche fue mi íntimo amigo. Yo me sentaba en la veredita del gran jardín a leer El Corsario Negro o Las Aventuras de Tom Sawyer, con el sol de media estación al frente, y Chiche apoyando el morro sobre mi muslo. Juntos íbamos a la cocina, robábamos medio pan francés, lo mezclábamos con azúcar del gran tacho de aluminio, y comíamos ya de regreso a la veredita.

¿Dónde está el Chiche, mi perro peludo de mal aliento?

Llegó un día en que mi familia logró crecer económicamente, pero claro… ¡Éramos tres hijos de diferentes sexos y edades! ¡Menudo problema, mudar a seis personas con su ropa y sus bártulos, desmontar una casona familiar de 50 años, despedirse del paisaje de siempre y volar al centro! A mí me mandaron de viaje a los Estados Unidos, con la Tía Cándida. La aventura duró desde noviembre hasta marzo. Cuando volvimos a la Argentina, ya nuestra casa era un piso espléndido en Galileo y Copérnico. Sin árboles. Sin el Chiche.

No fui capaz de preguntar a mi madre y a mi padre: ¿Dónde está el Chiche, mi perro peludo de mal aliento?

No fui capaz. Y hasta hoy no he preguntado.

Llegó la época del Pinti, un fox terrier pelo corto con una mancha negra en el lomo blanco. Vivaz, alerta y guapo. El Pinti fue mi amigo de los veranos en Gesell, las carreras por los médanos, los paseos de trasnoche por Plaza Francia, del rabo siempre movedizo. Yo le preguntaba: ¿Vamos a pasear? Y el Pinti entraba en paroxismo, corriendo a buscar la correa, saltando sobre mi pecho, gambeteando y llorando. Luego partíamos, de noche, por las escalinatas, parques y curvas de la Isla, y allí se me perdía, siempre disparando detrás de algo. Yo subía y bajaba escalinatas de mármol bajo la luna llena y lo llamaba: ¡Pinti, Pinti! Nada. Al final, en una esquina o recodo, aparecía Pinti feliz. Había vivido una hora de aventuras, que no tenía por qué (ni cómo) relatarme. Claro: yo tenía 16 años y me daba el cuero para soportar todas aquellas caminatas nocturnas. Hoy no podría.

Luego vino la época del Loco. Yo tuve una perrita bóxer muy frágil y desnutrida (llamada Macoña) que murió a los cuatro meses de edad, y viéndome tan triste, mi amigo Mario Mactas me regaló un cachorro, tal vez no tan fino, pero grandote y vigoroso, al que llamé Loco.

Fue mi perro en Sitges, España. Incontenible, tiraba de la correa hasta dislocarme el brazo. En la playa, yo corría hasta el fin de la escollera y le arrojaba un madero al mar. Loco saltaba y nadaba, afrontando olas, hasta atrapar el madero a 100 metros de la costa. Y desde allí lo traía hasta la arena finita de la orilla, ancho el pecho piafante, aunque corrieran los tiempos fríos de diciembre y enero en la costa catalana.

¡Qué loco aquel perro, y cuán feliz me hizo! Porque uno se identifica con su perro. Las estrellas de cine, con sus mascotas tipo caniche toy o yorkshire terrier o bulldog francés. Los hombres, por lo general, elegimos un macho fuerte: bóxer o dogo. Y si tenemos mucha agresividad en el alma, un doberman o un rottweiler. Todos ellos son bellísimos, cada cual en su estilo: también el inofensivo y familiar golden retriever, alegre colaborador para el matrimonio joven con hijos.

Los buscamos por el mundo, y los encontramos de acuerdo a nuestra personalidad

Los buscamos por el mundo, y los encontramos de acuerdo a nuestra personalidad. Ellos se ocupan de venerarnos, celebrarnos, agradecernos y decirnos que somos poco menos que genios.

Cualquier ser humano se encuentra con la siguiente situación. Vienen visitas y el perro molesta, porque chumba o gruñe. Con miedo al tarascón imprevisto que puede ocasionar conflictos, el patrón lo encierra en el baño de servicio, no sin asestarle una afectuosa patada. Allí el pobre perro ladra durante media hora. Después se cansa, se enrolla y duerme. Olvida la afrenta. Pasa un lapso indefinido. Alguien le abre, finalmente, la puertita del baño infecto, y el perro sale feliz, moviendo la cola, agradecido a sus dueños, lamiendo las manos.

Moralmente, los perros son mejores que nosotros. Mejores que usted y yo. Son buenos. Y nosotros, tal vez, no. Nos cuesta bastante decir "gracias" o "te quiero". Más bien somos amigos de opinar sobre la vida y las cosas.

Dedico este modesto homenaje a Tao y Mulán, a Violeta, Canela, Reina, al Pinti y el Chiche, a todos los perros que nos hicieron felices sin esperar nada a cambio, salvo un buen hueso de caracú. Y si usted se emocionó un poquito al leer estas líneas, llore tranquilo que el asunto no tributa.

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