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Nueve pruebas para Putin

Por Patrick E. Tyler The New York Times
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30 de marzo de 2000  

MOSCU

En su breve campaña electoral, Vladimir Putin apareció en televisión practicando yudo, esquiando y volando hacia Chechenia en un avión de combate Su-27. Ahora, la actuación ha terminado y pronto empezará para él la dura tarea de gobernar a Rusia. En sus tres meses de interinato, su campaña más seria fue continuar el brutal operativo militar de Chechenia para demostrar a los rusos que era el único líder de mano firme, capaz de reconstruir un Estado fuerte.

Le esperan pruebas mucho más complejas: formar un gobierno, trazar políticas, reformar la economía. Como dijo el analista político Sergei Karaganov: "Todos comprendemos que estamos al borde de la desintegración, si de ésta no nos reformamos".

Reconstruir la economía para hacer de Rusia un Estado fuerte y echar las bases de una democracia plena aún podría llevar décadas pero, probablemente, Putin revelará su impronta de autoritario duro (otro más) o demócrata ilustrado en sus primeros meses de gestión. Desde luego, el problema es que, hasta ahora, ha sido imposible determinar con exactitud qué quiere decir Putin cuando habla de un Estado fuerte. Veamos, pues, nueve pruebas importantes, espigadas entre las opiniones de varios expertos, que podrían ayudarnos a establecerlo.

Corrupción. Putin dice que aspira a una "dictadura de la ley". Para lograrla, deberá atacar la corrupción que impregna toda la economía rusa. Millones de rusos se preguntan, expectantes, si Putin asegurará a policías y fiscales el apoyo necesario para perseguir a los políticos, gobernadores y oligarcas corruptos, y a las bandas mafiosas arraigadas en tantas ciudades. Putin dice estar dispuesto a reclutar a ex camaradas de la KGB para que lo ayuden a arrancar de cuajo la corrupción. Si un oligarca encumbrado, como Boris Berezovsky, afrontara una investigación a fondo por parte de algún fiscal independiente o una comisión contra la corrupción, podría ser una señal de que Putin habla en serio.

Economía. Sin dinero, no habrá recuperación. Hoy la gente no quiere depositar su dinero en los bancos y éstos deniegan los préstamos a la mayoría de las empresas, pues temen que no los reintegren. Para los expertos, volcar más ayuda internacional en un sistema de mercado disfuncional no es la solución. Por consiguiente, Putin debe infundir confianza en el sector financiero ruso. Para eso, ha de construir un sistema bancario nacional que funcione. La comunidad empresarial espera que actúe como lo hizo Franklin D. Roosevelt sesenta y siete años atrás: que cierre y fusione bancos, e inaugure un sistema bancario sometido a normas federales y con garantías federales para los depositantes.

Responsabilidad. Es la piedra angular de toda democracia. En Rusia, las instituciones pertinentes (la Justicia, el Poder Legislativo y una prensa libre) son corruptas o desesperadamente débiles, o el poder presidencial las aplasta. El interrogante actual es si Putin procurará robustecerlas o debilitarlas aún más. La mayoría de los diarios y redes de televisión están en manos de oligarcas, gobernadores autócratas y otros capos locales. Sin duda, Putin podría romper esta cadena de propietarios, pero muchos periodistas temen que empeore las cosas imponiéndoles un mayor control e influencia política centrales.

De manera similar, la ausencia de códigos racionales y una profesión legal bien desarrollada hace que el trabajo de los jueces y tribunales se politice o, simplemente, se venda. Los inversores y los ejecutivos de empresas esperan, pues, que Putin inicie una reforma legal y judicial. Podría empezar por apoyar a un Poder Judicial verdaderamente independiente, manifestando así su compromiso de imponer la ley.

Amiguismo. Será imposible aplastar la corrupción sin barrer con los numerosos compinches de la era de Yeltsin comprometidos en casos de soborno, cuentas bancarias en el exterior, lavado de dinero y "retornos". En otras palabras, juzgarán a Putin por el entorno que como presidente mantenga.

Recaudación fiscal. La fuga de capitales llega a varios miles de millones de dólares anuales. En gran medida, huyen de una legislación tributaria a menudo más confiscatoria que progresista. Los rusos que hacen dinero lo atesoran en sus casas, en dólares, y declaran los menores ingresos posibles. Por lo tanto, hay enormes posibilidades de recaudar impuestos e invertir en la reconstrucción del país. Pero los rusos no repatriarán sus fortunas mientras el gobierno no implemente un sistema impositivo racional, justo y previsible. Una prueba podría ser la pronta presentación de importantes proyectos de leyes tributarias.

Salud pública. Rusia es un país enfermo, con su red de seguridad social hecha trizas. Cada año, muere un millón de rusos más de los que nacen. Los índices de enfermedad, reflejos de la desnutrición y la pérdida de inmunidad, aumentan en grado alarmante. La desesperanza da pasto a la prostitución, el alcoholismo, la drogadicción, el sida y la tuberculosis. Médicos y enfermeras abandonan su profesión: ganan más como taxistas o empleados de comercio. Con un erario empobrecido, hallar el modo de salvar el sistema de salud podría ser una de las pruebas más difíciles.

Chechenia. Tal vez sea el examen más conocido, entre los que enfrenta Putin. El modo en que haga la paz dirá al mundo cuál es el compromiso de Rusia respecto a los derechos humanos y la autonomía de sus grupos étnicos. ¿Será un sanador compasivo o un vencedor que imponga castigos? Putin podría dar un indicio divulgando los resultados de las investigaciones sobre violaciones de los derechos humanos cometidas por el Ejército y por combatientes chechenos.

Poderío militar. Los militares "vencedores" en Chechenia exigirán del nuevo presidente la modernización del Ejército, si no para devolverle la fuerza que tuvo en la era soviética, al menos para convertirlo en una fuerza de combate competente y bien equipada. Putin ya habla de inyectar fondos en el vasto complejo industrial bélico de su país, pero tendrá que apresurarse a fijarle límites o caerá en la misma trampa que sus predecesores soviéticos, haciendo peligrar toda la economía rusa. Una prueba será hasta dónde está dispuesto a invertir en nuevos misiles, tanques y submarinos.

Control centralizado. Desde hace una década, los poderes regionales rusos se esfuerzan por zafarse del control moscovita. Gobernadores y zares económicos regionales, que dominan industrias y recursos enormes, han establecido relaciones comerciales y políticas entre sí y con países vecinos, aplicando estrategias de supervivencia que anteponen los intereses regionales a los nacionales. Para impedir la desintegración de Rusia, Putin tendrá que imponer la autoridad nacional en las regiones sin aparecer como un dictador, cosa que hizo recientemente al dejarse tentar por la idea de que Moscú nombrara a los gobernadores. No tendrá más remedio que elaborar, juntamente con la Asamblea Federal, una definición y delimitación precisas de los intereses locales y nacionales.

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