Números

Hugo Caligaris
Hugo Caligaris LA NACION
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11 de mayo de 2003  

"Los rumores sobre mi renuncia son una operación del Gobierno, porque los números le empiezan a dar mal y están desesperados. Yo no me bajo por nada del mundo."

(Declaraciones de Carlos Menem.)

Detrás de una calma aparente, en el Gobierno se vivió una semana espantosa, ya que los números se desplomaron. Nunca lo admitirán, pero en los botiquines de la Casa Rosada no quedaron sedantes y fue muy comentado el caso de un funcionario que, urgido por la necesidad de calmar sus nervios, se tomó lo único que quedaba, media botella de desodorante de ambientes. La crisis comenzó con una encuesta que mostraba, sin lugar a la menor duda, la caída del candidato oficial del 70 al 69 por ciento en las proyecciones para el ballottage. "Esta tendencia ya no hay quien la frene", murmuró, pálido, un hombre del riñón derecho de Duhalde. "Estamos perdidos. ¿Será muy tarde para cambiar de lado?", le contestó, paralizado por el terror, un compañero del riñón izquierdo.

Los dos habían creído, después de la primera vuelta, que Néstor Kirchner era número puesto, y ahora los asombraba aquel candor adolescente. Como a otros en el entorno del Presidente, los perdía una fe en los números que hace tiempo reemplaza a cualquier otra forma de debate. "°Veintitrés coma cinco!", gritan ahora, desafiantes, los candidatos. "°Treinta y ocho, cuarenta y nueve, noventa y dos!", se provocan, tras lo cual dejan, envalentonados, de discutir y se sientan a esperar los resultados del boca de urna. Sólo los memoriosos recuerdan épocas en las que, entre número y número, los que peleaban por determinado cargo intercalaban además algunas frases y palabras.

La costumbre imperante es un problema, porque los números son, por lo general, ingobernables. Digo "por lo general" porque cierta vez conocí a una persona obedecida por los números. Este caballero, el armenio que me inició en los misterios del backgammon, ordenaba a los dados que se ajustaran a sus deseos. "Vamos, doble seis", les decía, y los dos seis aparecían sobre el tablero. Por desgracia, creo recordar que sus simpatías no se inclinaban por el caudillo riojano. De otro modo, el doctor Menem y sus encargados de campaña podrían comprarle el secreto, para poder verse nuevamente en posesión de su destino y no sentir que la suerte está echada.

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