Oferta y demanda de tragedia

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25 de septiembre de 2005  

Vivir es ya un riesgo. No hace falta citar a Nietzsche. La tragedia forma parte de los sucesos humanos. Pero una gran parte de los medios y del periodismo argentinos se resisten a aceptarla y asumirla. El infortunio, más si involucra a adolescentes, acentúa el desconsuelo rabioso. Cámaras y móviles se zambullen sobre las consecuencias buscando culpables entre la sangre todavía fresca. Parecen atraídos por la misma vocación sedienta del conde de Transilvania.

De pronto un colectivo que tenía flojo el chasis o un tornillo oxidado se convierte en tragedia. Por el mismo rutinario camino que recorrieron miles de veces, y en miles de viajes miles de egresados, esta vez venía al acecho la desgracia. Acaso esta vez, y no las miles de otras veces, era la señalada en la ley de probabilidades. Por qué un sólo chico -uno sólo- muere entre las decenas que compartieron el accidente o entre los miles que viajaron antes, es un enigma. La fatalidad lo alcanzó a él y exceptuó a los otros. La tragedia se posó en su asiento. Si hipotética o utópicamente se le cerraran todas las oportunidades en esa ruta, la tragedia se reinventaría otra ruta y otros chicos para producir un suceso más grande.

Por qué ésa, y no tantas otras fatalidades de jóvenes que mueren en accidentes, adquiere resonancia pública y mediática y se transforma en un duelo colectivo. Azuzado todavía más por los teléfonos celulares, que pueden ser útiles pero paradójicamente potencian los miedos y emociones. Quienes piden socorro aterrados por la desgracia y la incertidumbre acrecientan en los interlocutores lejanos más angustia y desconcierto. Algunos medios, en su angurria, anticipan informaciones que después serán erróneas: heridos que están ilesos, muertos que resucitan. Y en ese alboroto hacen desertar del lenguaje las palabras madre y padre y las reemplazan por mamá y papá, acaso sospechando que la audiencia es fría y requiere se la inyecte de sentimentalismo.

Se ha visto y ve a cronistas repentinamente diplomados de agrimensores o arquitectos tantear con los pasos la distancia entre el frenado y el lugar del derrape, y así determinar la velocidad del vehículo. Irresponsables. Se atreven a más que un nigromante. Mientras tanto el público espectador pontifica el deseo imposible de que nunca más suceda eso. Es un deseo que no puede cumplirse.

Todavía falta algo. Se estira la obra porque a los medios les sobran recursos. Entonces viene el cementerio. Nada de duelo privado: duelo escénico. Hay que trasmitir el desconsuelo ambiental y barrial, parental y estudiantil. O el llanto de los que lloran con facilidad apenas son enfocados por las cámaras. Médicos atorados por el afán mediático lanzan sus informes llenos de citas orgánicas condimentadas de un puntillismo morboso. Un muerto, un herido se potencian así del tal modo que parecen millones. El periodismo es sensible, y para no calmar la noticia con un razonamiento cauto -ya que descree de la sensibilidad de los receptores de la noticia- aporta dosis extras de desgarramiento. No hay que dejar enfriar los corazones. Para eso hay comunicadores de alta interpretación demagógica: género en el que compiten varias caras notables de diferentes medios.

No me extrañaría que hubiera inconscientemente quienes envidien y sueñen un funeral que también los haga protagónicos. Nos estamos haciendo fans de la tragedia y de la posterior búsqueda de culpas. Nos vamos acostumbrando y ya creemos que eso es periodismo. Nos entretienen por igual incendios, siniestros y masacres, de igual manera que nos entretienen esos programas con invitados estrafalarios y niños deformes. Todo eso con el plato de la cena delante. No se deja en paz el dolor privado e íntimo de los únicos que de verdad lo sienten.

No tengo moraleja para esto. Sólo tengo este cuento, sin nada.

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