Olivier Bourdeaut, el fenómeno literario francés que llega a la Feria del Libro

Olivier Bourdeaut, autor de Esperando a Mister Bojangles
Olivier Bourdeaut, autor de Esperando a Mister Bojangles Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez
Autor de Esperando a Mister Bojangles, una novela centrada en el melancólico relato de una infancia fantástica en una familia surrealista, el escritor galo se convirtió en el niño mimado de la crítica y el público en su país, donde fue nominado al premio Goncourt
Dolores Graña
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28 de abril de 2017  • 12:07

"Mi padre decía de ella que tuteaba a las estrellas, lo que me parecía raro, porque mi madre trataba de usted a todo el mundo, incluso a mí", escribe Olivier Bourdeaut en uno de los capítulos iniciales de Esperando a Mister Bojangles. Se trata de una de esas novelas que suelen describirse como "debuts soñados", tanto porque es una primera obra sorprendentemente segura en su ejecución y singular en su tono elegíaco, sino que además logró conquistar al público y a la crítica en su Francia natal (donde fue "el" libro de 2016 y Bourdeaut, candidato al premio Goncourt luego de alzarse con una larga lista de distinciones).

Como puede inferirse de esa metáfora paternal, la novela es engañosamente ligera. El descenso a la locura de la madre –o su ascenso hacia la fantasía– se cuenta a través de los ojos de su hijo, que la idolatra casi tanto como su marido Georges y todos quienes la rodean. Pero las extravagantes colisiones con la vida burguesa de esa mujer que todos los días recibe un nombre diferente tienen un precio alto. Cuando esa perfecta burbuja de champagne finalmente explota, el sabor que deja es inevitablemente agrio.

–Contaste que Esperando a Mister Bojangles no es tu primer libro, que existe una novela previa, que fue rechazada por las editoriales ¿Qué te dejó esa obra como escritor?

–Durante dos años pensé ese libro y lo escribí luego a lo largo de otros dos, así que fueron cuatro años de trabajo. Era una novela muy larga, muy cínica y violenta, y nadie la quiso. Pero tuvo dos virtudes: pude comprobar con ella que podía construir una historia, que era capaz de escribirla y, además, por primera vez en mi vida pude ir hasta las últimas consecuencias con un objetivo que me había trazado. Durante esos dos años fui mi propio maestro y mi propio alumno, aprendí el rigor y las técnicas de trabajo, mi manera de funcionar. Si bien no fue publicada, la novela me permitió conocer a grandes editores parisinos, que me dijeron que si bien ese texto no les interesaba del todo, me preguntaron si tenía otro para mostrarles. Es decir, no me pidieron que dejara de escribir.

– ¿Es éste libro en algún modo una reacción a ese otro previo?

–Sí, me planteé hacer lo contrario. Donde el primer libro era largo, quería con este pensar un texto corto; el primero era oscuro y éste debía ser luminoso; el primero era cínico y en éste quise introducir una ligera ironía. Esas coordenadas son lo único que tenía: no tenía ni idea de la historia. Fue un crimen no premeditado. Comencé en el cuerpo de un personaje cínico y me di cuenta que me estaba yendo por un mal camino. Ese personaje dijo en un momento esa frase que ahora encabeza el libro: "Esta es mi verdadera historia, con mentiras a diestra y siniestra". Eso me interesó. Borré todo lo que escribí antes y empecé de nuevo. Le atribuí esa frase a un chico y me pregunté qué podía estar viendo en ese momento.

–¿Cuánto hay de esa infancia idílica y tremenda que se narra en la novela en la suya?

–Es curioso en verdad, porque no soy nada nostálgico de mi infancia. No la extraño ni fue una infancia sumamente feliz. Por nada del mundo volvería a vivirla. No sé si recreé la infancia que hubiera deseado. Quizás un poco.

–¿Siente que hay una avidez particular en el público por descubrir novelas "luminosas", como ha sido descri ta la suya?

–Por más que la historia sea melancólica y trágica como la que escribí, es cierto que en el libro hay estallidos de alegría. Es mi forma de funcionar. El niño dice en un momento "darle una patada a la sensatez". Cuanto más grande es el problema, más yo funciono de ese modo.

–¿Considera que es más complicado escribir sobre la felicidad que sobre el sufrimiento?

–No lo sé. Es una buena teoría. Pero quizá explicar las circunstancias en las que se gestó esta novela sirva como respuesta. Yo estaba viviendo un período muy sombrío, llegando al final de un ciclo en el que había fracasado en todos los ámbitos. Nunca me había molestado el fracaso antes, pero a los 35 años, en mi cabeza y en la mirada de los otros, las cosas se estaban poniendo difíciles. Vivía en sofás ajenos. Me fui de París en pleno invierno, donde todo era gris, los edificios, las veredas y los rostros de los parisinos, y en dos horas de avión llegué a España: era primavera allí, hacía calor, había olor a flor de naranjo y a jazmín, y por primera vez en mucho tiempo estaba instalado en un lugar donde no molestaba a nadie. Fue un shock climático y afectivo. Al día siguiente, cuando me senté a mi mesa de trabajo, descubrí que tenía una energía que hace muchos años no experimentaba. La moraleja es que dos horas de avión pueden cambiarle la vida a las personas. Quería una ventana abierta sobre un rayo del sol. En España la obtuve, física y espiritualmente.

Crédito: Gentileza Salamandra

–¿Qué lugar ocupa España en su imaginario, que en su libro es tanto un santuario como un mausoleo para la familia protagonista?

–Fue mi refugio, fue el de mi familia. Yo vivo allí actualmente. En un lugar que se llama Altea, entre Valencia y Alicante.

–La novela deja muchos espacios oscuros en la historia del protagonista-narrador, del que no sabemos más que lo que revela de su pasado en su diario, ¿esa información la ha guardado para sí?

–Cuando escribí Esperando... había proyectado un capítulo en el que se revelaba su vida adulta, pero por suerte no lo escribí. Tengo una idea de cómo es el personaje de adulto, pero no lo voy a decir. Prefiero que imagines tu versión.

–Dice que esta fue la primera cosa que le salió bien en mucho tiempo: encarar la escritura de una segunda (o tercera, en realidad) novela luego de un éxito de este tipo, ¿le agrega preocupaciones de otro tipo a lo literario?

–En realidad ya había empezado a escribir otra historia antes de saber que Bojangles sería publicada. Escribí 150 páginas en un intento de empecinarme en seguir escribiendo. El único problema que tuve para terminar esta nueva historia –que ya terminé– no fue la presión del éxito o la presión del público. Fue el tiempo. Descubrí que ya no tengo más tiempo. Cuando no hay dinero, hay mucho tiempo. Ahora hay dinero, pero nada de tiempo. Es muy difícil manejarlo porque odio apurarme, odio que me apuren, y encima soy una tortuga para escribir. Acerca del público, debo decir que escribo para ser leído, pero no escribo para el público. Es un matiz importante. Prefiero no tener en cuenta cuando escribo qué pensará de ello una señora mayor que te cruzás en una librería, porque si lo hiciera me quedaría congelado. Esa es mi teoría. Pero no estoy seguro de que sea la verdad.

–Todos estos fracasos personales a los que hace referencia, ¿piensa que le sirvieron a nivel profesional?

–Sí, sin lugar a dudas. Churchill decía que el éxito consistía en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Así que siempre el entusiasmo. Quizá mi próxima novela sea un fracaso.

–¿Le molestaría que lo fuese?

–No, pero hay que prepararse para eso. Tengo tanta experiencia fracasando que no puedo descartarlo de ningún modo. Quizá Esperando a Bojangles fue un accidente industrial exitoso en una larga cadena de fracasos.

–¿Cree que la gente espera hallar exactamente lo mismo que encontró en esta novela en la próxima?

–Se van a decepcionar si están esperando lo mismo. Es muy diferente.

–¿Como su personaje, opina que el sentido del humor es la única tabla de salvación en la vida?

–El sentido del humor es indispensable. Desde mi punto de vista, el humor es una gentileza que uno tiene para con el otro. Cuando vivía en casa de amigos y conocidos, de alguna manera pagaba mi alquiler con mis bromas. Si uno está de prestado y con mala cara, tirado todo el día en el sofá, dura tres días. Uno tiene la obligación del buen humor. De todos modos, prefiero hacer reír a la gente con mis problemas que hacerlos llorar.

Olivier Bourdeaut presentará su novela en la Feria del Libro mañana, a las 20, en la sala Alfonsina Storni, junto a Gonzalo Heredia (a las 21.30, el autor firmará ejemplares en el stand de Edhasa, en el pabellón azul).

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