Oscar: la esfinge cholula

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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25 de marzo de 2000  

"¡OH, muchachos, no me pidan eso!", dijo Archibald W. Peribáñez, único ser sobre la tierra que, hasta mañana por la noche, sabe a quiénes serán asignadas este año las estatuillas Oscar. Peribáñez es el síndico de la Academia de Hollywood y él mismo realizó el cómputo de alrededor de seis mil votos y escribió los nombres de los galardonados sobre las líneas de puntos de veintitantas tarjetas, que luego ensobró prolijamente. Y él mismo humedeció la parte pringosa de esos sobres.

Los periodistas de Vanity Herald localizaron a Peribáñez en un bar de Beverly Hills, pero ni siquiera después del tercer bloody Mary consiguieron que soltara prenda. "Dale, ¿qué te cuesta? ¿Para qué se inventó el off the record ?", insistieron los hombres de prensa, vanamente empeñados en arruinar las expectativas. "¡Ni pensarlo! _les espetó el síndico, tajante_. Soy depositario exclusivo del secreto de la elección y no lo quebrantaré así me arranquen las uñas o me conviden con un cuarto y último bloody Mary , esta vez con unas gotas de licor de huevo."

Evidentemente, el secreto de la asignación de estatuillas resultó más celosamente guardado que las estatuillas mismas, robadas de un depósito de las afueras de Los Angeles y luego encontradas en un tacho de desperdicios. "Percance leve _juzgó Peribáñez_. Hay repuestos de sobra desde que, en 1932, Fredric March y Wallace Beery empataron la elección al mejor actor y hubo que decidir entre serruchar un Oscar o acuñar otro de apuro." Estas piezas las produce a granel la metalúrgica Owens, de Chicago, a tal punto que los directivos de la firma se llevan un Oscar a su casa si exhiben convincentes dotes dramáticas a la hora de negar aumentos de salario a su personal.

Honor al mérito

Carente de valor artístico, el Oscar tiene, sí, enorme valor simbólico: quien lo gane acredita inmediato derecho de pronunciar un emocionado discurso de treinta segundos, en halago de los productores que le dispensaron tan ciega confianza. Los productores premiados, por su parte, sólo se halagan a sí mismos: a fin de cuentas, si no invirtieran fortunas en la industria de las imágenes en movimiento, los hermanos Lumiére hubieran pasado a la historia como un par de chiflados. Hay que reconocerlo, desde que los Oscar fueron entregados por primera vez, en 1929, sus destinatarios pudieron obtener las mayores dispensas que otorga el paganismo del celuloide. Eso explica que si Annette Bening, por ejemplo, obtiene el trofeo a la mejor actriz, sus rivales perdidosas la aplaudirán a rabiar, aun cuando más desearían rociarla con ácido nítrico ahí mismo.

"Comprendan, muchachos _dijo Peribáñez a los cronistas de Vanity Herald _. No puedo desbaratar las ansiedades de cientos de millones de personas que el domingo ejercitarán su módico cholulismo de la única manera posible. Sus televisores los proveerán de un surtido catálogo de mohínes, lloriqueos y escotes, y seguramente no podrán reprimir el desasosiego cada vez que una celebridad, con perversa parsimonia, extraiga del sobre la mágica tarjeta, representativa del más frívolo enigma que conmueve a la humanidad. No pretendan que defraude a tanta gente." Y luego se dirigió al mozo: "Una lágrima, apenas una lágrima de licor de huevo, por favor". © La Nación

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