Otro año en el que viviremos en peligro

Será necesaria toda la fortaleza de Bush para impedir que vuelvan las controversias domésticas
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23 de diciembre de 2001  

WASHINGTON

La guerra contra el terrorismo predominará en la vida política norteamericana durante los primeros meses del año próximo pero luego, inevitablemente, el tráfago de los asuntos internos captará obligadamente la atención de Washington a medida que asomen y se aproximen las elecciones legislativas de noviembre próximo.

La primera gran prueba electoral de la presidencia de George W. Bush, en la mitad de su gestión, se decidiría, en épocas de normalidad, sobre la base de los asuntos internos: la economía, la educación, el cuidado de la salud.

En cierto sentido, esta agenda y el prejuicio respecto de los asuntos internos aún se mantienen, a pesar de los acontecimientos del 11 de septiembre último. Esas elecciones, en la mitad del período presidencial, tienden a ser incluso más locales que presidenciales. Cuando los votantes del Estado de Carolina del Sur vayan a las urnas para decidir quién sucederá a Strom Thurmond, que finalmente se retira a los 99 años, la carrera se decidirá sobre la base de las recientes controversias sobre el videopoker y la bandera confederada, y de la situación de las escuelas locales. Las elecciones también otorgan a los demócratas una verdadera oportunidad para cambiar el mapa político de los Estados Unidos. En el Senado, que los demócratas han controlado desde junio de 2001 por la mínima diferencia, los republicanos tienen que defender 20 escaños mientras que los demócratas solamente 13. Estos tendrán también la esperanza de doblegar la estrecha mayoría republicana de la Cámara de Representantes. Y entre las 36 contiendas para elegir gobernadores, en 23 hay republicanos en el cargo.

Sin embargo, aun frente a la inexorable gravitación de la competencia política, está claro que algo ha cambiado. Para cuando llegue noviembre, Bush, según él mismo ha reconocido, probablemente siga en las trincheras librando una extensa "guerra contra el terrorismo"; y esa guerra irá mucho más allá de las fronteras norteamericanas. El manejo de la política exterior acaso no sea la cuestión principal, pero importará más que en cualquier otra elección desde la guerra de Vietnam. Muchos norteamericanos considerarán esta perspectiva con aspecto adusto. El período anterior al 11 de septiembre, cuando a los medios de su país les preocupaban los tormentos del legislador Gary Condit (el Modesto Lotario), ahora parece idílico; incluso el fiasco electoral del Estado de Florida parece relativamente benigno. El período entre el fin de la Guerra Fría y la aparición de Osama ben Laden y el ántrax -más o menos durante las dos presidencias de Clinton- ahora parece algo propio de una edad dorada.

Redescubrir la diplomacia

Nadie al que le importen los Estados Unidos podría recibir con beneplácito la nube que los ha envuelto. Pero su reabsorción en el mundo más amplio está retrasada. Retroactivamente, la participación de los Estados Unidos en el escenario mundial antes de los atentados terroristas ahora parece extrañamente sesgada. Económicamente, su compromiso era pleno. Ejercían una función activa en la reducción de las barreras comerciales y la propagación del capitalismo. La globalización se convirtió en sinónimo de compañías norteamericanas. Sin embargo, políticamente, fueron más reacios. Mientras George Bush padre se había propuesto crear un nuevo orden mundial, la política exterior de Clinton fue más una cuestión reactiva. Después de comenzar casi ignorando el tema, Clinton pareció ser mejor para resolver crisis que para prevenirlas. Y no era ayudado por un Congreso republicano que se deleitaba menospreciando a las Naciones Unidas.

Para muchos de los aliados de los Estados Unidos, la presidencia de Bush hijo comenzó encaminada hacia una incluso peor dirección, desdeñando "unilateralmente" una serie de tratados internacionales y prometiendo seguir adelante con un escudo antimisiles, sin tener en cuenta el tratado de misiles antibalísticos. En la mayoría de los casos, el nuevo presidente sencillamente dejaba en claro las diferencias que Clinton había preferido eludir. Pero su estilo era brusco y la diplomacia pareció estar abajo en su lista de prioridades. El 10 de setiembre último, la revista Time, en la tapa, preguntaba:"¿Adónde has ido, Colin Powell?" Al día siguiente, el mundo cambió y, desde entonces, el secretario de Estado ha estado yendo de un lado a otro para tratar de forjar una coalición. Los Estados Unidos recurrieron a otras grandes potencias, Rusia y China. Y han renovado su interés en tratar de resolver viejos conflictos, como el caso de Palestina y Cachemira.

El principal desafío para los Estados Unidos en 2002 será mantener este impulso. Pero podría ser cada vez más difícil. En el plano interno, muchos norteamericanos preferirían recluirse detrás de las propias paredes del país; mejorar la seguridad en las aerolíneas, adoptar una posición más rigurosa respecto de la inmigración, y mantenerse a salvo de aventuras extranjeras. El aislacionismo siempre tuvo partidarios: George Washington pensaba que la política norteamericana debía "abstenerse de formar alianzas permanentes con cualquier parte del mundo exterior". Muchos extranjeros también preferirían que los Estados Unidos miraran hacia adentro. De hecho, ya plantearon el argumento de que los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono fueron una consecuencia inevitable del imperialismo norteamericano. Esas voces disonantes se harán oír con mayor estridencia si la guerra contra el terrorismo resulta infructuosa.

Sin embargo, los Estados Unidos deben mantenerse comprometidos por tres motivos.

El primero de ellos es que la guerra contra el terrorismo no tiene sentido sin un activo componente internacional. Ninguna pared -ni siquiera el escudo antimisiles propuesto por Bush- podrá aislar y librar de atentados a los Estados Unidos. Y, como lo demostraron los años noventa, una política exterior reactiva conlleva riesgos propios. Una de las razones por las que Osama ben Laden surgió como una amenaza se debe a que los Estados Unidos hicieron muy poco para atraparlo; una razón por la que el régimen talibán tomó el poder en Afganistán se debe a que Occidente hizo muy poco para ayudar a ese país después de la retirada soviética.

El segundo motivo tiene relación con el oportunismo geopolítico. Con su modalidad perversa e infame, los atentados del 11 de setiembre último le han dado a George W. Bush la posibilidad de abordar algunos de los problemas más espinosos del mundo. Parte de las oportunidades -la creación de un Estado palestino junto con el de Israel, la perspectiva de imponer sanciones más inteligentes a Irak- provocan inmediatamente resentimientos (supuestos o reales) en el mundo árabe. Pero también hay espacio para considerar cuestiones más amplias, por ejemplo, las relaciones con Rusia y el futuro de las Naciones Unidas. Semejante injerencia contiene sus propios riesgos, pero vale la pena correrlos.

El tercer motivo tiene que ver con lo que algunos llaman el estilo norteamericano. Durante la última media centuria, los Estados Unidos fueron una superpotencia benevolente, que supervisó cómo aumentaban en todo el mundo la prosperidad y la libertad. Los atentados terroristas de 2001 fueron un ataque infame contra esa tradición. Si 2002 ve a los Estados Unidos recluirse nuevamente hacia su propio terreno, los terroristas habrán conseguido su mayor victoria.

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