Pagando los errores del FMI

Por Roberto Frenkel Para LA NACION
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18 de mayo de 2003  

Supongo que a muchos les produce cierta satisfacción leer que la señora Anne Krueger dice que el Fondo Monetario Internacional (FMI) se equivocó con relación a la Argentina. Sensación asimilable a la que induce leer que el campeón argentino de boxeo tailandés tuvo destacada actuación en el torneo mundial de la disciplina. Orgullo nacional. Ahora sin llamas, bastante apagado por los golpes de la vida, pero siempre presente ahí, como una brasa entre las cenizas.

No lo digo porque escuché comentarios sino por introspección: a mí también me dio algún placer la noticia. Pero en mi caso la sensación viene mezclada con otra. Digamos bronca. Porque el FMI no es un rival deportivo sino una institución influyente y poderosa. Muy influyente. Sus errores los paga el mundo y en el caso que nos ocupa, los pagamos nosotros. Los errores del Fondo con la Argentina se pagan con menos reactivación, menos empleo, más inestabilidad; en fin, con mayores dificultades para remontar la crisis.

Importa quién lo dice

¿Cómo se equivocó el FMI recientemente? La directora gerente hizo referencia a dos temas. Nos sorprendimos -dijo- por la rapidez de la recuperación de la actividad y porque no hubo hiperinflación. El reconocimiento sugiere un error de diagnóstico, probablemente inocuo. Su enunciado tiene un componente de halago: "bueno, nos equivocamos, les fue mejor de lo que pensábamos, felicitaciones".

Error de diagnóstico hubo, pero no tuvo nada de inocuo. El FMI no es un observador independiente, ni siquiera un observador participante. Es un jugador de primera línea en la formulación de políticas. Está permanentemente aquí, esbozando jugadas, sugiriendo, proponiendo, presionando para que su opinión se cristalice en las acciones que lleva a cabo el gobierno. El FMI se equivocó en el diagnóstico -eso lo reconoce-, pero también fueron erradas algunas políticas que promocionó. No hablamos de detalles menores, sino de componentes fundamentales de la política macroeconómica. De esto último no hay reconocimiento y es mucho más importante que lo primero.

La institución fue, es en este momento y seguirá siendo un actor principal de la política económica. No es que termine haciéndose todo lo que pide el Fondo, pero algunas de las condiciones que pone para llegar a un acuerdo se plasman en políticas. En el marco de un acuerdo o en su construcción, la acción de gobierno resulta de una negociación en la que ambas partes ceden algo a cambio de otro objetivo. La opinión del Fondo influye siempre, en mayor o menor medida. Por eso, los errores del FMI son tan importantes.

Anne Krueger dijo que esperaban una hiperinflación. Veamos un poco. Las primeras medidas de salida de la convertibilidad establecían el control de cambios y fijaban un tipo oficial de cambio de $ 1,40 por dólar. El esquema mereció el rechazo frontal del FMI. No interesa aquí discutir las bondades y falencias de ese esquema, sino subrayar cuál fue la alternativa promovida por la institución. El FMI reclamó la eliminación de los controles del cambio y la flotación pura, sin intervención del Banco Central. La presión del Fondo tuvo éxito parcial, a cambio de nada. Se instrumentó la flotación, pero se mantuvieron disposiciones del control de cambios, mientras las autoridades del Ministerio de Economía y del Banco Central mostraban grandes dificultades para hacerlos efectivos.

Tal como era de esperar, el precio del dólar se disparó en una burbuja que parecía no tener límite, empujando el alza de los precios. La amenaza de hiperinflación emergió como consecuencia de una decisión promovida por el FMI.

La burbuja se detuvo luego de la asunción del ministro Roberto Lavagna. La nueva conducción combinó intervenciones del Banco Central con controles más efectivos, con el claro propósito de impedir que el precio del dólar continuara subiendo. Esto es, la disparada se detuvo precisamente cuando el Gobierno hizo algo bien diferente de lo que quería el Fondo. No hubo hiperinflación por eso, porque se preservó la prohibición de contratos indexados y por el altísimo desempleo.

El "error de expectativa" con relación al nivel de actividad sale de la misma matriz. Si hubiera continuado la escalada del dólar y los precios, no cabe duda que se habría profundizado la recesión. En resumen, no ocurrió lo que el FMI esperaba porque no se hizo lo que el FMI quería.

El Fondo continuó cometiendo errores con influencia significativa. En el acuerdo finalmente suscrito se incluyó una meta monetaria. La cantidad de dinero debía permanecer constante entre principio y fin de 2003. Es difícil imaginar los fundamentos de esta meta cuantitativa, pero se firmó. Representó en la práctica una dificultad -o así lo interpretó el Banco Central - para una intervención más decidida y exitosa del organismo en el mercado de cambios.

Esposas para el Central

No son buenas las intervenciones tímidas, frecuentes y fracasadas. Actuando así, el Banco Central termina reforzando la expectativa a la baja del mercado, porque éste lo ve intervenir sin éxito. La intervención debe estar destinada a cambiar las expectativas del mercado. Para esto, la autoridad monetaria necesita mostrar claramente que goza de todos los grados de libertad necesarios. La meta monetaria infundadamente restrictiva le puso esposas al Central y la autoridad monetaria no se liberó de ellas.

Ahora, un poco tarde, se modificó la meta. Se explicó que una mayor expansión monetaria era posible porque la inflación resulta menor que la esperada. ¿A quién se le puede ocurrir semejante argumento? No tiene lógica. La verdad es más simple: la meta estaba errada y se la cambia por otra. Pero, entretanto, el error tuvo consecuencias importantes.

La lista de errores del Fondo puede ser ampliada, pero no es ése el tema principal de esta nota. El tema principal son las relaciones entre el FMI y el gobierno argentino. El FMI suele equivocarse, muchas veces groseramente. Para neutralizar esos errores se requiere que la institución enfrente una conducción nacional con tres atributos: seriedad, convicción y firmeza.

La seriedad es necesaria para tener un buen diagnóstico y políticas bien formuladas.

Seriedad y convicción hacen falta para fundamentarlas y defenderlas en el debate.

Convicción y firmeza son imprescindibles para hacer lo que se cree necesario aunque el FMI esté pidiendo otra cosa.

El autor es investigador titular del Cedes y profesor de la UBA.

  • El próximo domingo: el columnista invitado será Miguel Angel Broda .
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