Paisaje protegido

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18 de diciembre de 2001  

Es harto sabido que a lo largo y a lo ancho de la Argentina hay infinidad de paisajes únicos, muchos de los cuales todavía no han sido desmerecidos por la intervención -casi siempre irresponsable- de la mano del hombre. Y también lo es que la conservación de la mayor parte de ellos pende de un hilo, porque carece de legislación que los proteja. Ambas razones valorizan, entonces, la tesonera acción llevada adelante para proteger una playa próxima a Puerto Madryn.

Se trata de un paraje de por sí poco común. Situada a la vera del Atlántico, en el Golfo Nuevo, la playa El Doradillo se extiende desde Punta Arco hasta Cerro Prismático y tiene el enorme atractivo de ser uno de los escasos lugares en el mundo desde el cual pueden ser avistadas las ballenas francas del Sur, que se congregan ante ella durante la temporada de reproducción y cría, esto es, entre mayo y noviembre. Esa situación de singular privilegio, apuntalada por una fisonomía original casi intacta, ha comenzado a redundar en el aumento de la afluencia de visitantes.

La intervención de factores potencialmente perjudiciales parecería ser destino invariable de las bellezas naturales del país. El Doradillo no quedó al margen de esa negativa circunstancia. Tan llamativa combinación de atractivas características atrajo intereses inmobiliarios que, en caso de no contar con planificación apropiada, podrían comprometer la majestuosidad original del lugar, de hecho afectada desde hace tiempo por la explotación de varias canteras de extracción de arena y de canto rodado.

Una iniciativa, promovida con firme determinación, tornó factible conjurar ambos riesgos. Mediante un proyecto de la Secretaría de Desarrollo Sustentable y Política Ambiental de la Nación la zona fue objeto de un estudio de valoración paisajística y económica, que permitiera conocer su importancia como área de recreación natural y fuente de riqueza futura. Dicha tarea fue coordinada por la Fundación Patagonia Natural y realizada por profesionales y voluntarios, quienes trabajaron con sus miras puestas en esclarecer si la comunidad obtendría mayores beneficios manteniendo el área en sus condiciones originales o, por el contrario, le convendría más conservar las actividades extractivas y alentar las posibilidades inmobiliarias.

De suyo, se trata de un novedoso criterio, caracterizado por estar exento de propuestas quiméricas y, a la vez, por contar con el sustento de la practicidad y el realismo. El análisis fue realizado desde varios enfoques, que incluyeron, por ejemplo, hasta consultas a los visitantes y acciones tendientes a comprobar la magnitud del impacto visual generado por las labores de extracción.

Por fin, se llegó a la previsible conclusión de que lo más conveniente sería preservar a El Doradillo en condición de activo natural. Y el Concejo Deliberante de Puerto Madryn se hizo eco de esa conclusión, al resolver por unanimidad la creación del Paisaje Protegido El Doradillo, en el que está prohibida la explotación de canteras y serán adoptadas las metodologías más eficientes para ponerlo a salvo de cuanto pueda afectar su hermosa fisonomía.

Mirado desde la óptica local, todo ese proceso tiene, por supuesto, el valor de una elección fundamentada por serios y concretos datos. Pero su alcance es, sin duda, más amplio. Los patrimonios geográficos y culturales del país suelen entrar en pugna -ya fuere abierta o soterrada- con intereses que, en provecho propio y en nombre de un malentendido progreso, pretenden desnaturalizarlos y desmerecerlos. En esos casos, la reiteración de la experiencia aquí comentada podría llegar a ser muy útil para movilizar la preservación de esos bienes en toda su irreemplazable integridad.

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