Pandora en la Argentina

Por José Luis Sáenz Para LA NACION
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30 de enero de 2002  

EL mito de Pandora es muy conocido. Por eso no insistiremos en mayores detalles. Recordemos sólo que Zeus quiso castigar a Prometeo por el robo del fuego sagrado, enviándole a su hermano Epimeteo una esposa bellísima llamada Pandora (cuyo nombre podríamos traducir como "todos los dones").

Aquella adorable figura había sido modelada en arcilla por Hefesto con las facciones de las diosas, hablaba, parecía tener fuerza vital, había sido armada por Atenea y llegaba a la tierra con toda la astucia y el atrevimiento de Hermes, para ofrecerle al incauto esposo como regalo de los dioses esa célebre caja que contenía todos los males imaginables. Epimeteo la abrió y los males se esparcieron así sobre la tierra. Sólo quedó en el fondo de la caja la Esperanza, así con mayúsculas, que desde entonces aguarda a los hombres al término de todos los males.

Tal el mito: ahora apliquémonos el cuento. También a nuestro país llegó Pandora, enviada sabe Dios por cuál pretendido colega. Los argentinos abrimos alegremente esa caja, que contenía la corrupción, la ineptitud, la trivialidad, la coima, el clientelismo, la falta de visión, la improvisación, la ignorancia, el facilismo, el descaro, el robo, el despilfarro, el gasto estéril, la mentira, etcétera. En una segunda etapa, más reciente, fatalmente salieron a la luz otros males, hijos de los anteriores, llamados corralito, default , desempleo, deuda externa, hambre... ¿y para qué seguir enumerándolos, si hoy ya los conocemos de sobra y los vivimos a diario?

Pero lo malo fue que cuando tendría que haber quedado la Esperanza en el fondo de la caja vacía, ésa ha sido la única que no apareció hasta ahora en la Argentina, como si no hubiesen terminado aún de salir todos los males, o como si los dioses se hubiesen olvidado de enviárnosla, y tan sólo nos destinasen a la desconfianza mutua, la desesperación, la impotencia, la furia, la violencia, la destrucción, los piquetes, los cacerolazos, los "escraches", y por último la parálisis.

Adiós, muchachos

Quizás ésta sea la desgracia mayor que se ha abatido sobre nuestro país: habernos quedado sin esperanza, vale decir, sin destino común ni futuro, ni otra mejor iniciativa para los jóvenes que la de cantar Adiós, muchachos e ir a hacer cola en algún consulado porque "me toca a mí hoy emprender la retirada", como les tocó a nuestros abuelos en la Europa de los siglos XIX o XX.

Y bien: en estas circunstancias, hablar hoy de la esperanza no es mero conformismo sino una necesidad imperiosa, ineludible como punto de partida para la recuperación argentina, que no vendrá por lamentarnos o incriminarnos mutuamente sino tan sólo por poner manos a la obra de inmediato, rumbo a un futuro mejor.

Sabemos que la esperanza es la confianza de alcanzar algo, y en esa medida es lo opuesto a la desesperanza o la angustia. Hasta el mismo Jesucristo exigía la fe como la condición sine qua non para obrar sus milagros. Santo Tomás nos dice que, como el objeto de la esperanza es un bien futuro que aún no se posee pero se espera posible alcanzar, ese deseo o movimiento amoroso de la voluntad es inevitable para enfrentar los obstáculos que se alzarán a nuestro paso.

Ese aliento o esfuerzo afectivo, esa determinación de la voluntad para luchar contra el desaliento -según San Pablo- hace de la fe el fundamento mismo de la esperanza. También conviene considerar su aspecto social: ya en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, Gabriel Marcel planteaba que quien espera coespera, porque la espera humana no es empeño individual sino comunitario. Sólo espera el hombre en el nivel del "nosotros", y no como un yo solitario que se hipnotiza sobre sus fines individuales.

Actividad fundamental

En su tratado La espera y la esperanza (1957), Pedro Laín Entralgo nos recuerda que, por el hecho de ser como es, el hombre tiene que esperar: no puede no esperar. Por imperativo de nuestra constitución ontológica, necesitamos saber, hacer y esperar. Y concluye en que un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico, como un hombre sin inteligencia o sin actividad. De ahí la esperanza como "ineludible y fundamental actividad de la naturaleza humana", o dicho en términos de copla popular, recogida por Luis Rosales: "Quien espera desespera, / Quien desespera no alcanza. / Por eso es bueno esperar / y no perder la esperanza".

Si vivir es para el hombre esperar, y esperar es moverse apasionadamente, o sea, actuar hacia el futuro, sólo a través de la esperanza conseguiremos zafar de este pasado inmediato de mentiras y saqueo, y este presente de quiebra y catástrofes concatenadas.

Pero, eso sí, nos convendrá tener muy presente el alerta de Leopoldo Marechal: "No sólo hay que forjar el riñón de la patria, sus costillas de barro, su frente de hormigón: es de urgencia poblar su costado de Arriba, soplarle en la nariz el ciclón de los dioses". Sólo así dejaremos de estar enredados en "las cotizaciones del Mercado de Lanas" y otras cotizaciones útiles quizá pero fatalmente insuficientes. Ahora que nos falta hasta lo fundamental, tenemos que preguntarnos si quizás ha sido así porque sólo hemos sabido perseguir bienes personales más que el bien común y por eso ni siquiera lo individual hemos logrado alcanzar.

"Sólo en la esperanza me confío", anunciaba el ya escéptico Quevedo. Entonces, como decía Lope de Vega, "las velas y esperanzas doy al viento". Cuanto antes. Ya mismo. Para que no nos pase como a aquel Epimeteo, al que, según una versión del mito, los dioses convirtieron en mono. Que de hombres idiotas e irreflexivos como sus descendientes, o como aquellos que sólo supieron dilapidar sin crear, y entregarnos a los prestamistas, ya hemos tenido últimamente demasiados.

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