Panorama desde el futuro

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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15 de diciembre de 2001  

CIERTAMENTE, para los argentinos debió de resultar sofocante la retahíla de ingratas vicisitudes que tuvo que soportar el país durante la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI, medita el maduro historiador, en su penumbroso gabinete de trabajo. Sofocante e interminable, sin duda. Mamotretos de incómoda manipulación, que acumulan polvo y polilla, tapizan esas paredes y cubren su escritorio y un par de sillas. El maduro historiador sonríe: de mil maneras la tecnología intentó que el libro se convirtiera en reliquia de museo, y de mil y una maneras el libro se las ingenió para preservar su vigencia y sacralizar las bibliotecas, ahora aceptadas como santuarios del saber y la memoria.

El maduro historiador ha ganado el premio Félix Luna y goza de casi tanto prestigio como su admirado maestro, de manera que sus meditaciones sobre aquella patética Argentina le producen un estímulo intelectual francamente obsesivo, que imagina semejante al que tal vez experimentó Luna cuando la idea de escribir Los caudillos , o quizá Soy Roca , empezó a crepitar en su mente.

¿Por qué aquella Argentina debió soportar tan persistente secuela de frustraciones, aun después de haberse enderezado en la democracia? La respuesta parece simple: una partidocracia caníbal, miopía política, una Justicia amañada, corrupción... Hacia 1940 el país aparecía entre los más vigorosos del mundo, y apenas seis décadas después marchaba como el cangrejo, a contramano del progreso. Por entonces, un exótico barómetro economicista establecía que ningún otro país, entre 162, entrañaba más riesgos e inspiraba más desconfianza para emprender negocios.

Hervidero de paradojas

El maduro historiador se quita las gafas y suspira, ya del todo decidido a escribir un libro sobre la sórdida desventura que precipitó a la Argentina en aquel atolladero. Ahora que de nuevo el país luce próspero y pujante, la evocación de aquellas penurias podría resultar aleccionadora para sus contemporáneos, y sobre todo para los más jóvenes. Felizmente, los jóvenes han vuelto a preferir los libros a las pantallas de computadora. De puro rebeldes, sin duda.

Lo que más sorprende al maduro historiador es que en aquellos tiempos de políticos vivarachos y rapaces, las aflicciones nacionales contradecían una ponderable realidad: con sus científicos, con sus artistas y escritores, con deportistas que paseaban en triunfo sus habilidades y su talento, el país seguía desempeñando un papel estelar en el contexto internacional.

Esa Argentina acreditaba una personalidad subyugante, y aunque su pueblo no dejó de ofrendar sacrificios a granel, aquellos tiempos resultaron bochornosos y sus instituciones signaron una época sombría, de confusión y desencanto. El maduro historiador se sienta frente a su antiquísima Olivetti y así inicia su libro: "Esta patria fecunda fue alguna vez un hervidero de paradojas, un país potencialmente rico y a la vez tristemente paupérrimo... Sólo cuando surgieron dirigentes absolutamente corajudos y visionarios, honestos a carta cabal y despojados de mezquindad, el país remontó la buena senda".

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