Pantalla chica, timba grande

La televisión argentina se ha llenado deprogramas basados en juegos, rifas y sorteos.Una fórmula exitosa -dicen los especialistas-,pero que amenaza con convertirse en plaga.
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26 de enero de 1997  

La televisión argentina estrenó en las últimas días 30 horas semanales de rifas, sorteos y entretenimientos. Gasalla en la Tele (canal 13), Adivina adivinador (Telefé), Proyecto Casino (canal 9), Patas para arriba (canal 13) y Clink caja (canal 9) son programas que apelan a la misma fórmula: conductores más o menos exaltados, participación del público en prendas y juegos, y la oferta de jugosos premios en forma de autos, viajes, departamentos o efectivo.

En la Argentina el género encuentra en Susana Giménez a una de sus precursoras, y a quien ha llevado la fórmula a su máxima expresión: fue número uno del rating en 1996, ofreció un millón de pesos de premio, y las 25 millones de cartas recibidas se transformaron en la puerta de entrada para ingresar en el libro Guinness.

Los programas de entretenimientos han generados una pequeña industria que tiene tres patas: los anunciantes (aportan los premios ganando espacio dentro de los programas), los correos (que aumentan su volumen y por contratos también escapan de la tanda), y los operadores de 0600 (un programa recientemente estrenado recibe 60.000 llamadas semanales a 0,45 centavos el minuto).

El fenómeno es analizado aquí por Pablo Sirvén y Carlos Ulanovsky, periodistas con amplia trayectoria (y numerosos títulos publicados) en el análisis de medios y, en concreto, de la TV.

Gustavo Yankelevich, gerente de programación de Telefé, yAntonio Gasalla, conductor de Gasalla en la Tele, fueron convocados para participar del debate, pero ambos declinaron la invitación.

-¿Este auge de programas kermesse tiene que ver con que es una fórmula probada, con una demanda de la gente o con una falta de creatividad de los canales?

Ulanovsky: -Yo pienso que hay una mezcla de esos factores, y además los programas de juegos son una tradición en la Argentina. En la historia de la radio figuran programas con fortunas de premio, y la televisión heredó todo eso.

Sirvén: -Comparto que este género es una de las patas de la televisión acá y en todo el mundo, pero el problema me parece que está en la dosis. La televisión argentina maneja muy mal las dosis, porque no tiene nada de malo que haya un programa de concursos, o dos, o cinco, pero el tema es cuando la epidemia lo toma todo.

-Contaminando otros géneros.

Sirvén: -Como ocurrió con Poliladron, un programa de ficción que empapeló Buenos Aires junto a una marca de gaseosa para ver quién se había robado un camión. O Por siempre mujercitas...

Ulanovsky: -Y este caso es interesante, porque por primera vez una telenovela plantea un final abierto con el propósito de que la gente envíe por carta un final posible, pudiendo participar así en concursos y sorteos.

Sirvén: -Pasa algo más curioso aún, porque Romay acaba de inventar un género nuevo: el culebrón timba. En los avisos de Ricos y Famosos (el programa que reemplazó a Por siempre mujercitas) la mala de la tira anterior otorga aparentemente un millón de pesos en autos y departamentos entre quienes escribieron al canal.

Ulanovsky: -Claro que el fenómeno escapa a los programas y se mete en las tandas, en donde más de la mitad de los avisos anuncian promociones que regalan autos, camionetas, viajes y demás.

-Avanzando con la metáfora de las dosis, ¿los premios no pueden provocar una suerte de adicción? Es decir: después del millón de Susana, ¿qué más?

Ulanovsky: -Absolutamente. De hecho, la misma Susana le decía a sus participantes, "¡Uhyy, que lástima, te ganaste una videocasetera".

Sirvén: -A principios de los 60 el lavarropas era una figurita difícil, y luego cayó con el desembarco de los autos como premios. Pero hoy los autos también están comenzando a perder su valor de intercambio, porque hay como una explosión amoral de premios. Hoy se escucha "te ganaste una casa quinta, otra de veraneo" y cosas por el estilo.

Ulanovsky: -En los "70 había sorteos y premios, y hasta los noticieros regalaban sillas de rueda u organizaban colectas para un transplantes en el exterior.

Sirvén: -Lo que se perdió es que en los 70, dos de cada tres concursos estaban unidos a la solidaridad, tal vez demagógicamente, pero siempre había un pulmotor para el Hospital de Niños, y eso se acabó. Hoy existe una suerte de fraude.

-¿En qué sentido?

Sirvén: -En que se ofrece muchísimo más de lo que se da. Durante 1996, el programa de Susana Giménez ofrecía todos los días un millón de pesos, que por suerte y para alivio de todos salió al final del ciclo. Esto de ofrecer mucho más de lo que finalmente se da es desleal respecto de las loterías, que deben ofrecer el premio que efectivamente van a entergar.

Ulanovsky: -El año pasado, una nota de Clarín -que en este caso tiene intereses en juego- establecía las probabilidades de éxito en cada programa. En el programa de Tinelli eran de 1a en 2.500.000; en el de Pergolini, 1a en 5.000.000, y en el de Sofovich, 1a en 55.000.000. Un publicitario amigo me contaba que curiosamente a la semana siguiente de esa nota los premios empezaron a salir. De cualquier manera, no hubo casos de corrupción, al menos conocidos.

Sirvén: -Yo digo fraude en el sentido de utilizar como anzuelo durante tanto tiempo un premio que está regulado para no salir.

Ulanovsky: -Este ejercicio me parece fundamental. Si uno toma los programas de entretenimientos, y le quita todo el tiempo dedicado a la timba, algunos de ellos quedarían reducidos a la nada. Por otro lado, me parece alarmante que casi todos los concursos te obliguen a realizar una compra, porque hay que enviar las etiquetas o retirar un cupón.

-Y después enviarla por correo.

Sirvén: -El año pasado Susana entró en el Guinnes por haber recibido 25 millones de cartas, y eso es mucha plata.

Ulanovsky: -Además, el Correo Argentino acaba de firmar un contrato de exclusividad con Canal 13 para que todo programa de entretenimientos del canal premie a quienes envían sus cartas a través de ellos.

-Ahora, los anunciantes tienen sus productos en la vidriera de los programas, los canales aumentan el rating y la gente ve lo que quiere. ¿No es un negocio en el que todos ganan?

Sirvén: -Es un negocio que cierra económicamente, pero hay que ver qué efecto produce en la gente, porque la atracción está instalada en el premio, y finalmente se avanza hacia una cultura del soborno: yo veo el programa sólo y exclusivamente por la promesa del premio. Y cuando la gente ya casi sin darse cuenta prende la televisión para ver qué premio le ofrecen...

Ulanovsky: -Esto del soborno tiene que ver con lo que decía el otro día Nacha Guevara, en cuanto a que el teatro-soborno iba a matar al teatro tradicional, a partir de esas obras que con la entrada rifan un auto.

-¿Esta superabundancia de ofertas del género puede provocar un cansancio por parte del público, o tal vez habrá que prepararse para ver nacer todavía más programas de concursos?

Sirvén: -Hay un mecanismo muy frecuente en la televisión argentina: cuando empieza a funcionar algo, todos se ponen a hacer lo mismo, y eso sí produce la fatiga de la gente y el agotamiento de la fórmula. Por eso los géneros suben y bajan. Entre 1985 y 1987 también hubo un auge de los programas de juegos, que tuvo que ver con el surgimiento de las loterías provinciales. A principio de los 90 cayeron, y yo creo que al mediano plazo la cuota de desilusión de todos aquellos que no ganan -que obviamente son muchos más que los que ganan- irá generando un cierto hastío con respecto al género.

Ulanovsky: -Yo creo que por el momento no va a disminuir el volumen de oferta de programas de este tipo. Entre otras cosas, porque esto también tiene que ver con una tendencia de la televisión en todo el mundo. Hubo un descenso del número de anunciantes, y un cambio cualitativo: el anunciante prefiere dar productos que poner efectivo, y los canjes son una pata fundamental de estos programas.

Sirvén: -De alguna manera llegamos hasta acá por la cultura del zapping. Con la llegada del control remoto las tandas comenzaron a ser más cortas, y los anunciantes saltaron de ellas hacia los programas. Pero esto es un arma de doble filo, porque genera también una adicción en los anunciantes. Antes estaban en la tanda, hoy están detrás de Susana Giménez, tal vez mañana quieran estar delante de ella.

Ulanovsky: -La condena que puede hacérsele a la televisión es que demuestra falta de imaginación. Pero todo esto tiene que ver con ese mito argentino del salvarse como por arte de magia. Digamos que la cultura del trabajo no es lo nuestro.

Sirvén: -A mí me preocupa que la cultura de la timba avance. No me molesta que jueguen, pero sí que la timba lo ocupe todo, y eso es un síntoma totalitario. Es una cultura dominante nefasta, porque antes la gente se definía por lo político o lo ideológico, eras facho, o zurdo, pero ahora te definís por llenar un cupón, y entonces uno descubre que perdimos mucho.

Telejugadores, esa raza

Son una copia pasteurizada de los jugadores de raza. Están hechos a imagen y semejanza de la televisión y saben respetar las reglas del espectáculo. Participar, tiene sus exigencias: enviar cupones, esperar la llamada telefónica salvadora, responderla con el nombre del programa de que se trate, permanecer en casa o dejar a alguien de guardia en el horario del ciclo, entablar diálogos más o menos ingeniosos con el conductor y, sólo entonces, medirse con la propia suerte, a través de la pantalla.

La TV apostó a los ciclos timberos y el público aceptó los códigos. Los telejugadores aparecieron y fueron millones. ¿Se trata de un ejército de jugadores que de buenas a primeras canalizaron su pasión a través de la pantalla, o de una multitud de espectadores a los que la TV supo despertarles el gusto por las apuestas?

"Para el jugador, el juego es una entrega iluminada por la incomparable certeza de la derrota", escribió Beatriz Sarlo en La Nación, a propósito de Sergio Escalante, el personaje de Cicatrices , de Juan José Saer.

Demasiada pasión concentrada para la tele, que gusta ofrecer un poquito de cada cosa, todo bordado sobre el cañamazo del show, a la manera de un patchwork. Demasiada angustia existencial para los ciclos de concursos, donde la vida es una estridencia constante. Demasiado pesimismo congénito para un medio acostumbrado a parir a cada rato lo que ella misma ha bautizado "la magia de la televisión".

A diferencia del jugador que en una bola de ruleta apuesta a todo o nada, o de aquel que es capaz de jugarse la fortuna a cara o cruz a las patas de un caballo, el telejugador tiene poco que perder. De la tele, se supone, nadie debe salir desencantado. Si no es el millón, será el lavarropas, y si no es el kilo de oro, será un minicomponente o un ciclomotor.

Y si nada de todo eso funcionara, siempre está el premio consuelo de haber paladeado el propio minuto de gloria. Ese en el que se pisó el estudio de TV para intentar fortuna in situ. Aquel en el que desde la cocina de casa se tuvo la suerte de hacer público que "mientras miro el programa estoy cocinando un budín de verduras". Ni más ni menos que la excitación del televidente que mediante los favores del azar concretó el sueño de la metamorfosis más deseada en los últimos tiempos: dejar de ser televidente para ingresar en el club de los televisados.

Aspirante al milagro de salvarse con el millón, o al de convertirse en veraneantes VIP en una playa del Caribe, o a transitar la propia biografía a bordo de una 4x4, el telejugador sabe hacer concesiones. De hecho, ha desmostrado con creces que está dotado de la virtud de la paciencia. La ruleta televisiva no está hecha para la ansiedad del apostador que gusta jugarse la esperanza en un pleno, y multiplicarla o perderla sin chistar en menos de lo que dura un suspiro.

Por las venas del telejugador no corre la adrenalina de quien pone sobre una mesa azarosa su propio dinero. En la tele, nadie arriesga más que el costo de la llamada telefónica o del envío del sobre por correo. En la tele, además, todos tienen premio. Cuanto menos, el de haber dado el paso mágico que permite saltar del living a la pantalla sin siquiera sacarse las pantuflas, porque basta con enviar cartas y sentarse a esperar.

En este ingreso feliz en el club de los televisados, unos tienen más suerte que otros. Los más afortunados parecen ser los que entran por la puerta grande:"Hola Susana". Bastaba escuchar las voces de hombres y mujeres que el año pasado habían probado suerte, sin éxito, por el codiciado millón. Lejos de llorar su tango triste por la ilusión echa añicos, la gran mayoría se autofelicitaba por haber concretado la hazaña de conversar con esa hada rubia capaz de mostrarse interesada en los detalles domésticos de la vida del telejugador. Justo es decirlo, cuando de timba televisiva se trata, no basta con los premios. Y, si la videocasetera o el 0 kilómetro vienen acompañados del carisma del animador, el resultado está a la vista:"Hola Susana" encaramada en un altar de dos patas:el rating y el Guinness.

Los telejugadores están dispuestos a resignar sus sueños de grandeza cuando la realidad lo exige. Nada puede ser peor que no ganar nada, se consuelan cuando aspiraron al millón, los cien mil o el departamento, y sólo cosecharon una licuadora. Los telejugadores no son gente inflexible. Depués de todo, son ciudadanos de un país donde hasta el control de la recaudación impositiva transita por las arenas movedizas del Loteriva.

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