Para salir del círculo

Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
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31 de enero de 2002  

Cuenta Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca que un viernes de octubre el dictador que gobernaba en una república junto al mar Caribe (y que corresponde a la figura histórica del general venezolano Juan Vicente Gómez, quien murió siendo presidente tras veintisiete años en el poder) salió de su habitación y se encontró con que todo el mundo en la casa presidencial llevaba un bonete colorado, por lo que se dio a averiguar qué había ocurrido a su alrededor mientras dormía. Y por fin encontró quien le contara la verdad: habían llegado forasteros que parloteaban en lengua ladina y distribuían bonetes y espejuelos. De modo que volvió a su habitación, abrió la ventana que daba al mar y vio el acorazado que los infantes de marina norteamericanos, venidos en una de sus incursiones, habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las tres carabelas colombinas. De ellas provenían los bonetes colorados y otras chucherías que habían invadido su casa. Porque en ese país donde las voluntades estaban sometidas al poder del más fuerte, el pasado no estaba muerto: podía presentarse en cualquier momento, inopinadamente, por el peso inerte de las cosas no resueltas.

Como en la ficción del Nobel colombiano, los argentinos nos hemos encontrado con la sorprendente novedad de que la historia volvía a arrojar en las orillas del río los despojos de un pasado que se suponía enterrado para siempre. Visiones de odio y de violencia; gente con hambre, desesperada, enfurecida; carencias de todo tipo ; desconfianza e inseguridad.

La crisis se reflejó en la vertiginosa sucesión de titulares del Poder Ejecutivo. También en el regreso del dólar oficial y el paralelo, mientras los bonos adoptados en las provincias se multiplicaron como en los tiempos de la disolución del Directorio (1820). En este esquema, hasta los subsidios otorgados a las organizaciones de los sin trabajo recuerdan la época en que la inquietud en la frontera indígena se calmaba a fuerza de regalos, los llamados sobornos encubiertos: tabaco, yerba, alcohol, que distribuía el Estado nacional para acallar los reclamos de los caciques.

Los viejos hábitos

Porque este retorno del pasado atraviesa el siglo XX y remite a tiempos más antiguos. Vuelven a producirse escenarios y actores dignos de la época en que una liga de gobernadores del interior procuraba enfrentar la contundente presencia del gobernador de Buenos Aires, en tanto que el mandatario cordobés se proponía a sí mismo como árbitro. La disputa no gira, como antaño, alrededor de las rentas de la aduana porteña, pero sigue pendiente el tema de la coparticipación federal y la administración de los recursos (naturales, previsión social, educación, salud). Últimamente ha circulado la versión de que se independizaría San Luis. La provincia, se habría dicho por boca de ex funcionarios, cuenta con crédito propio y no tiene por qué pagar la fiesta del Estado nacional ineficiente. Y desde la confusión que nos envuelve, no faltan quienes recuerden, por la TV de cable, que la mitad de los países que entraron en default sufrieron graves alteraciones institucionales y que convendría, por las dudas, pasar revista a los nombres de los actuales titulares de los cuerpos de ejército.

Todo esto deja la amarga sensación de que siguen vigentes los viejos hábitos que desprecian la ley en el espíritu y en la letra. Cambiar el gobierno antes de tiempo, como sucedió en diciembre en un acceso de ira colectiva, justificada o no, forma parte de esos hábitos que parecían enterrados para siempre. Aplastar al otro, excluirlo de la educación y del trabajo, sin atender sus razones, es una forma aparentemente más “civilizada” de ejercer la pura fuerza.

Si se observa lo ocurrido en el escenario internacional de veinticinco años a la actualidad, se comprueba que hubo naciones que superaron los conflictos y las situaciones críticas que entonces se vivían. Este ha sido el caso de la transición a la democracia en Grecia, Portugal y España; de la crisis de la economía europea debida a los precios del petróleo (1974), y del resurgimiento de las naciones del Sudeste asiático después de un largo ciclo de guerras y de revoluciones. En América Latina, Chile superó la era de Pinochet; Brasil, su régimen militar, y, muy recientemente, México, el dominio del PRI. Colombia, en cambio, agravó sus problemas, mientras que en Venezuela el descontento social con los partidos gobernantes dio lugar a un nuevo tipo de caudillismo político militar. Y en la Argentina, si bien la democracia sigue en pie, el ciudadano se siente estafado por la clase política y protesta como puede y donde puede: piqueteros y cacerolazos, asambleas vecinales y las más variadas autoconvocatorias.

Lo cierto es que cada uno busca las estrategias para salir a flote. Los piqueteros que reclaman el asistencialismo del Estado o los gremialistas que piden que vuelvan las paritarias y aumente el salario mínimo nada tienen en común con los pequeños ahorristas, aunque momentáneamente uno y otro sector se unan. Empresarios y banqueros tampoco coinciden entre sí: unos, los nacionales, esperan el respaldo del Estado; los otros, extranjeros, contarían con apoyo internacional. De modo que, en la búsqueda de soluciones para encontrar un nuevo modelo de crecimiento satisfactorio o al menos potable, sólo queda el camino del diálogo entre nosotros y con los de afuera. Este último acaba de reanudarse. En cuando al primero, “la mesa de diálogo argentino”, convocada hace quince días por el Gobierno, la Iglesia y las Naciones Unidas, no está dando resultados satisfactorios.

En efecto, de acuerdo con declaraciones recientes, los obispos estarían desalentados porque los invitados no proponen un cambio de actitud ni se avienen a ceder algo. Tampoco los representantes gubernamentales ofrecen soluciones. En ese marco se multiplican los indicios de disgregación social. Todos son víctimas, ninguno es responsable. Se eluden los temas de fondo acerca de cuáles son los valores reales que produce el país y cuáles las cifras posibles para adjudicar a la reactivación de la economía o a la emergencia social. En este tono, lo más probable es que nada cambie. Así, hasta Eduardo Duhalde empieza a parecerse a Fernando de la Rúa.

Errores y responsabilidades

Para salir del círculo, la actitud indispensable es exactamente la opuesta: admitir responsabilidades, reconocer errores, postergar incluso aspiraciones legítimas a favor de un proyecto que las contenga y las supere, y, desde luego, una buena dosis de humildad. Considerar, por caso, la posibilidad de retirarse de aquellos lugares de la burocracia estatal donde cada cual está parapetado defendiendo las ventajas obtenidas en luchas sectoriales libradas en el marco de una sociedad y de un modelo de Estado que desaparecieron hace tiempo. Se necesita asimismo atender a cuestiones elementales, por ejemplo cuál es el lugar de la Argentina en el mundo contemporáneo y cuál es el esfuerzo necesario en términos de trabajo productivo para ocupar ese lugar efectivamente.

Por otra parte, también nuestra historia ofrece lecciones que no remiten a luchas facciosas, sino a debates donde cada cual defendió sus razones con franqueza y se arribó a decisiones conscientes y a nuevos liderazgos para conducir a procesos de cambio. En ese sentido, los cabildos abiertos revolucionarios, la Asamblea del Año XIII, el Pacto Federal (1831), el Acuerdo de San Nicolás (1852), la ley electoral de 1912, son hitos que recuerdan una voluntad colectiva, un proyecto en pos del cual era necesario reordenarse y multiplicar esfuerzos. Porque si la historia vuelve, es mejor que se parezca a estos procesos. De otro modo, como en el mar que se contemplaba desde la ventana del otoñal patriarca, en algún momento reaparecerán las carabelas, no las colombinas, que nunca llegaron aquí, sino las naves que trajeron a Solís en el viaje de exploración a partir del cual comenzó a circular la leyenda del Río de la Plata. Un desembarco que concluyó en las primeras escenas de canibalismo que registra la historia y la poesía de estas tierras, cuando “ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Narcisismos aparte, ocupar la primera plana de la información mundial debido a esos hechos extraordinarios es bueno para una novela de ficción. No para vivirlos en carne propia.

María Sáenz Quesada es historiadora, subdirectora de la revista Todo es Historia. Su último libro es La Argentina. Historia del país y de su gente (Sudamericana).

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