Para un cristinista no hay nada peor que un peronista

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6 de octubre de 2013  

" Ingeniero, lo voy a comunicar con la doctora", anunció la voz. Fueron unos segundos irreales, casi mágicos, y entonces sucedió lo inaudito: la Presidenta saludó con tuteo y buen humor al alcalde de la ciudad. Sólo en un extraño país de puentes dinamitados y hostigamientos infantiles este hecho perfectamente normal y aburrido puede ser considerado un milagro de la ciencia política. El prodigio no sucedió una sino dos veces, y quien siempre dio el primer paso fue Mauricio Macri: dejó un mensaje sin esperanzas en la Privada de Presidencia de la Nación y al rato recibió una llamada sorpresiva de su antagonista más enconada. No fueron diálogos lacónicos. En ambas ocasiones, hablaron cerca de media hora. Los primeros minutos se los llevaron cuestiones técnicas y puntuales: la posibilidad de que Cristina Kirchner destrabara obras en el Aeroparque que permitieran modificar un tramo de la Autopista Illia y beneficiar con eso a 60.000 usuarios, y luego el financiamiento de los arroyos Vega y Medrano, mediante créditos internacionales, que evitarían los anegamientos y el sufrimiento de muchos ciudadanos a causa de las inundaciones. Lo intrigante, sin embargo, es cómo siguieron esas dos conversaciones, cuyos detalles Macri no los quiere contar ni siquiera a sus funcionarios más íntimos.

Hay, al respecto, una evidencia y un gesto sugerente. En principio, quedó abierto un inédito canal de diálogo entre una y otro, y desde entonces las usinas oficiales no han dejado de transmitir una frase que bien podría transformarse en el slogan de la próxima campaña presidencial de Macri: "Es el único que dice lo que piensa". Ese concepto tiene, por supuesto, varias lecturas. La primera de todas es lineal. El jefe de la Ciudad, para el kirchnerismo y también para una parte de la opinión pública, es la encarnación de la derecha neoliberal y no lo simula. Al no inscribirse en ninguna corriente ideológica, durante estos años el ingeniero Macri fue por default un nuevo ingeniero Alsogaray, y representó simbólicamente el imposible retorno a los '90. Algunas de las medidas sociales y culturales de su gestión contradicen esa idea, pero la imagen es más fuerte y la falta de linaje no hizo más que agigantarla. Esta semana, Macri se decidió sin embargo a asumir por primera vez una tradición: presentó un libro sobre Rogelio Frigerio y confesó tener una "inspiración desarrollista". En ese acto, se dijo que "es erróneo pensar que el desarrollismo se limita a la sustitución de exportaciones con el cierre de la economía. La gran contribución es que ni el liberalismo económico ni el populismo van a llevar a la Argentina al desarrollo". Macri llamó al desarrollismo "la tercera vía". Lo curioso es que en algún momento tanto Néstor Kirchner como Elisa Carrió manifestaron algo similar.

La segunda lectura que tiene esa frase kirchnerista está dirigida a quienes ahora Cristina considera sus peores enemigos: los peronistas que la acompañaron durante la "década ganada". Macri es el único que dice lo que piensa, mientras que Massa, Scioli y los demás piensan lo mismo, pero encubren sus intenciones. El despecho de la Presidenta, que pasó de Evita rediviva e indiscutida líder del movimiento a pieza obsoleta, es muy grande. Y su percepción, sembrada de informes de inteligencia, no hace más que confirmarle día tras día que Magnetto y Macri son niños de pecho, príncipes del fair play al lado del verdadero "círculo rojo", que son sus ex compañeros de ruta. A veces, los paranoicos tienen algo de razón. No existe otro lugar donde se hable tan mal del Gobierno como en las primeras filas del peronismo, donde cunden a partes iguales el pánico, la bronca y la hipocresía.

La pérdida de votos por culpa de una estrategia equivocada y la certeza de que Cristina no querrá asumir sus responsabilidades después de octubre ahondando así la crisis del oficialismo y llevando a derrotas consecutivas a sus caciques territoriales, se procesa como una sorda angustia. "Después de octubre tiene que sentarse a negociar con nosotros -advierte un legislador nacional con llegada tanto al Frente Renovador como al Consejo Nacional del PJ-. Si persiste en manejarse sola y en no pagar los costos, nos va a poner en peligro a todos. No vamos a permitirlo".

Nadie lo quiere decir en voz alta, pero hasta los gobernadores más kirchneristas comparten este diagnóstico. Y esa velada amenaza. "Los precios se disparan, los subsidios a la energía crecieron un 70%, el buraco fiscal este año va a ser de 100.000 millones y la pérdida de las reservas da miedo, hermano -me describe uno de los popes del sindicalismo-. Si ella no agarra el timón y empieza a ajustar las cuentas, este barco naufraga, y a nosotros nos arrastra el remolino. ¿Sabés cuál es el problema? Que Cristina quiere ir zafando para no perder el dichoso capital simbólico". Intuyen que la Presidenta es renuente a pagar la fiesta que ella misma produjo, y que su plan consiste en navegar lo mejor posible dentro de la sencillez del conjunto y dejarle una herencia explosiva a quienes la sucedan. La cosa se complica, porque son precisamente los peronistas quienes aspiran a ese lugar, y no se resignan con tanta facilidad a ser los patos de la boda. Y recuerden: no hay nada más inquietante que un peronista nervioso.

La estrategia que se cocina a fuego lento en Olivos tiene mucho de voluntarismo ficcional, puesto que si los resultados de octubre son tan malos como muestran las encuestas, este país experimentará una metamorfosis profunda. Pero por ahora Cristina está obligada a pensarse a sí misma como una gran electora y a ordenar discursivamente el tablero. Intentará instalar la idea de que Sergio Massa y sus muchachos no forman parte del peronismo. Que irán por fuera y que ni siquiera les daría el perfil ideológico para participar de una interna contra Scioli. Tratará, a su vez, de llevar a Sergio Urribarri como candidato propio: si gana es bingo y si pierde el escenario le permitirá al menos lograr que el movimiento de Perón vaya dividido a los comicios de 2015. Un peronismo partido podría habilitar una segunda vuelta, en la que tendría chances de vencer un candidato del no peronismo: tal vez Cobos y Binner, o en su defecto Mauricio Macri. Los estudios cualitativos con que cuentan en el poder le adjudican, hoy que falta una eternidad (todo puede cambiar), bajas posibilidades a un candidato socialdemócrata: en un escenario de inflación y de alta conflictividad económica el mal recuerdo de la experiencia radical juega en contra. Macri aparece mejor posicionado para esa instancia crucial.

Cristina se ve como Bachelet y piensa que Macri puede ser su Piñera, alguien a quien entregarle la herencia maldita, la papa caliente, para que se desgaste pagando la cuenta con su pellejo. Bachelet está por regresar triunfante al gobierno después de un turno mediocre durante el que se la extrañó muchísimo. Eso quiere Cristina Kirchner para sí misma: ser extrañada. Y sabe que un ex compañero la borraría para siempre de la conducción peronista y la vaciaría de poder, como ella hizo con su mecenas Eduardo Duhalde.

Los justicialistas tienen conocimiento de estas cavilaciones peregrinas y prematuras, piensan que si Massa gana con mayor contundencia puede variar todo el teatro de operaciones, y sobre todo no quieren caer en el juego de la dama. Conspiran para que ella no se salga con la suya. Y lo hacen a su manera: con callada ferocidad.

Es por eso que hoy para un cristinista no hay nada peor que un peronista.

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