Paralelo entre dos genios

Por Horacio Sanguinetti Para LA NACION
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30 de agosto de 2001  

En el curso de este año, Giuseppe Verdi y Richard Wagner fueron objeto de especial atención de la prensa, aun de la no especializada. Uno, por el centenario de su muerte. Otro, por el "efecto Baremboin".

Nacieron los dos en 1813, y son las glorias más altas de la música del siglo XIX. Italia y Alemania se constituyeron en esa centuria, pues eran las dos naciones con "cuenta de unificación" pendiente.

Uno fue un gran patriota, el otro un gran nacionalista. Sus artes excelsos son diferentes, pero estéticamente equivalen. Y ambos tuvieron claras posiciones políticas e ideológicas, que son paralelas, y en ambos casos, se trasladan a su obra.

Verdi era un campesino, amaba la naturaleza y la paz agraria. Y era garibaldino; un liberal auténtico, sencillo, elemental, creyente en la igualdad republicana, que si bien fue diputado del reino, rechazó un título de marqués y otras prebendas. Nunca aduló a los poderosos. Y en los formidables coros de sus óperas el pueblo adquiere, por vez primera, un papel protagónico.

En esas óperas, siempre se defiende al débil, al desdichado, al acosado por la injusticia: los judíos en Nabucco , los gitanos en Il trovatore , el jorobado en Rigoletto , los esclavos en Aída , la prostituta en La traviata , el mulato en La forza del destino , el moro en Otello , el gordo y viejo en Falstaff . Y tantos otros. En Verdi hay siempre un generoso impulso humano. Exalta la amistad, y un vibrante sentimiento de patria cruza toda su obra. Siempre fue coherente y certero, y no se hallará en él ninguna actividad ni opinión infame, nada éticamente objetable.

Wagner es la antípoda. En su turbulenta juventud, fue tentado por Venus y Baco, por el demonio del juego y por la violencia, que ejerció, junto a algunos comilitones, quemando cierta casa "poco recomendable", o apaleando, en alguna taberna, a un parroquiano disidente.

En 1849 observó -como espectador, desde una torre- las barricadas de Dresde. Debió exiliarse por más de una década. En ese lapso sedujo a varios mecenas, hasta llegar a Luis II de Baviera, su gran benefactor.

Las óperas de Wagner presentan a dioses, vírgenes guerreras, héroes espléndidos y una raza inferior que ha usurpado el oro del mundo. Hay amantes, pero no amigos. Los sentimientos se revelan por el uso de filtros mágicos. Hitler utilizó esa música gloriosa en su provecho, y muchos wagnerianos creen que el mal se limita a eso, y absuelven a Wagner de toda responsabilidad.

Pero hay mucho más. En el siglo XIX -como antes y después-, los judíos eran cuestionados por mucha gente, incluso por Marx. Pero tal cuestionamiento era primordialmente económico y religioso. Wagner está entre los primeros que lo tornan biológico y fatal.

Credo siniestro

Fue a partir de 1850 cuando comenzó a exteriorizar ese tremendo resentimiento antisemita. Su obra El judaísmo en la música , que reeditó veinte años después, a instancias de su esposa, Cósima, es un credo siniestro: los judíos son feos, gangosos, destruyen la bella lengua germana, no saben cantar. Ninguno podrá, por naturaleza irrecusable, producir arte valioso. Mientras tanto, enturbian cuanto tocan. No tienen redención posible.

Tan terrible racismo, que Wagner proyectará incluso sobre su gran amigo Gobineau y sobre su propio yerno Chamberlain -los más grandes teóricos del siglo XIX sobre la desigualdad racial-, asume un cariz muy sombrío y anticipa insoslayablemente, las torvas especulaciones de los nazis, que no lo utilizaron abusivamente, sino que abrevaron en él.

Para colmo, Wagner quería que se lo juzgase no sólo como músico -que lo fue genial-, sino como escritor -que lo fue mediocre- y como ideólogo -que lo fue deplorable-. Juzguémoslo así.

Al final de sus vidas, el alemán y el italiano levantaron edificios de características muy coherentes con sus respectivas personalidades.

Wagner, con dinero ajeno, edificó su templo en Bayreuth. La intención era que la gente peregrinara para participar de una concelebración. Sin aplausos, como en una iglesia. Allí está enterrado.

Verdi, con dinero propio, alzó una Casa di Riposo , un gran asilo para los cantantes ancianos y sin recursos. Allí está enterrado.

Demos a cada cual lo suyo. Y de paso, señalemos que en los años 20, una crítica obtusa honraba sólo la estética wagneriana, e imputaba a Verdi, superficialidad y trivialidad. Fue Igor Stravinsky quien reaccionó más estridentemente contra ese disparate y contribuyó a poner el equilibrio necesario entre estos dos colosos, cuyas vidas, ideas y artes son estrictamente paralelas: no se tocan jamás (ni en el infinito).

El autor es historiador. Rector del Colegio Nacional de Buenos Aires.

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