Partidos políticos, una pasión en decadencia

Nuevos sondeos de opinión revelan que el 88 por ciento de los argentinos desconfía de las agrupaciones partidarias, que nunca, desde el retorno de la democracia, tuvieron tan poca estima popular; las principales críticas se centran en la falta de transparencia y en la escasa posibilidad de los afiliados de ejercer una influencia real en sus decisiones
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26 de agosto de 2001  

Nadie hubiera apostado en 1983, ese momento festivo de vuelta de la democracia, que en algunos años la política iría a convertirse en una mala palabra y cada vez parecería más profundo el abismo entre los partidos y la gente.

Hablamos de una brecha real, perfectamente medible. De acuerdo con una reciente investigación efectuada por la empresa Demoskopía, el nivel de confiabilidad de estas instituciones se encuentra en franca bancarrota: un inquietante 88 por ciento de argentinos adultos dice desconfiar de los partidos, cifra que asciende al 93 por ciento en el grupo de los más jóvenes. De este sector, apenas un 4,2 por ciento tiene algún tipo de filiación partidaria.

"Y este porcentaje parece más un resto, algo que quedó de épocas mejores -refiere Juan Ricci, dirigente del justicialismo bonaerense-. Las estructuras partidarias son como chalecos de fuerza, comprimen las ideas y el entusiasmo. Nadie aguanta ahí adentro si no tiene vocación de poder, y menos la muchachada."

La socióloga Graciela Romer confirma esta tendencia en baja de la política: "A mí, los últimos resultados me dan un 90 por ciento de evaluación negativa de la dirigencia, no importa cuál sea su color partidario".

"Entre todas las instituciones estatales y sociales testeadas -subraya Hartmut Hentschel, director de Demoskopía-, los partidos se encuentran en la cima de la falta de credibilidad. Con frecuencia se menciona a la policía como el ejemplo más significativo de las instituciones que generan desconfianza; sin embargo, los partidos políticos están más abajo en el rating de aceptación popular."

¿Podría deducirse de este rechazo de la ciudadanía al funcionamiento de los partidos políticos que están en juego su supervivencia y la del sistema democrático actual, que nos encontramos en vísperas de un cataclismo análogo al que se tragó el sistema de partidos y la vieja Constitución de Venezuela para abrir paso al fenómeno del chavismo?

Si bien los sondeos de opinión no permiten llegar a esa conclusión extrema, hay indicios de un descreimiento in crescendo, especialmente notorio entre los más jóvenes: ya en ocasión del estudio encarado por Demoskopía en 1992, este sector revelaba su desconfianza en las instituciones estatales y manifestaba fuertes críticas respecto de las fuerzas políticas. No obstante, por lo menos un 79 por ciento no exponía dudas de que la democracia era la mejor forma de gobierno para la Argentina. En los últimos años creció la decepción sobre el Estado y la política. Hoy, los que apuestan por el sistema democrático representan un 68 por ciento, es decir que los demócratas convencidos disminuyeron 11 puntos.

La mayoría de los dirigentes dice ser consciente de estos datos y coincide en que deben ser considerados con la seriedad del caso (el traído y llevado tema de la reforma política responde a una presión legítima que viene desde abajo), pero no creen que el sistema partidocrático pueda estar en peligro.

"Yo no interpreto que la actual crítica de la gente a los partidos y sus dirigentes lleve a un cuestionamiento terminal -dice Javier Mouriño, diputado justicialista-; paradójicamente esa crítica acerba implica un alto grado de valorización del rol de los partidos en el funcionamiento democrático; uno no se irrita con algo que no juzga legítimo."

Mouriño apunta, por otra parte, que la devaluación de la política y los partidos es un fenómeno planetario que, por lo demás, en nuestro país es menos marcado que en otros. "Ahí tenemos el ejemplo de las internas abiertas; la gente participa masivamente, aunque no sea obligatorio ir a votar. En el caso del justicialismo, la primera interna que tuvimos fue cuando confrontaron Antonio Cafiero y Carlos Menem. En ese momento participaron un millón y medio de afiliados. Por la misma época, Bill Clinton se convirtió en candidato del Partido Demócrata de Estados Unidos, y en su propio Estado, Arkansas, obtuvo menos de 2000 votos en las internas."

Juicios y prejuicios

Puesta a cuestionar a los partidos, la gente puede hacerlo sin esforzarse demasiado en matices y distinciones. Estas son, por caso, algunas conclusiones expresadas en los grupos cualitativos de opinión de Graciela Romer:

  • Los partidos políticos están dirigidos por hipócritas, nadie es creíble.
  • Los dirigentes usan los partidos para hacer sus juegos, satisfacen sus aspiraciones y negocios escudándose en los partidos.
  • Los líderes políticos son todos iguales, no hay diferencias, todos dicen lo mismo.
  • Uno de los aspectos que despierta más críticas entre afiliados y no afiliados es la falta de transparencia de la vida partidaria y la escasa posibilidad de ejercer influencias: un 79 por ciento de afiliados a diversos partidos políticos opina que dificilmente cualquiera (hombre o mujer del común) pueda ascender alguna vez a cargos jerárquicos, aun demostrando capacidad y las mejores intenciones: lo determinante sería, en cambio, tener el respaldo de algún personaje influyente.

    ¿Por qué a una persona capaz, con una personalidad atrayente y las mejores intenciones le resultaría difícil acceder a puestos de responsabilidad?

    Las respuestas de los encuestados reflejan la imagen que el público tiene de la partidocracia:

  • La democracia no funciona en los partidos como debería ser. No hay procesos transparentes de selección (49 por ciento).
  • Si no se es amigo personal de un dirigente no hay grandes oportunidades (47 por ciento).
  • A los dirigentes, en general, no les importa mucho el partido y abusan de los afiliados para concretar sus intereses personales (37 por ciento).
  • En los partidos, las cúpulas de poder son casi impenetrables (32 por ciento).
  • Por no ser corrupto, despertaría la resistencia de los dirigentes de modo que todo se maneja como en una mafia (37 por ciento).
  • El politicólogo Andrés Fontana se explica esos puntos de vista: "Los partidos siempre funcionaron sobre la base del clientelismo: ´Te garantizo este cargo si me das tu voto, tu apoyo...´ Lo que pasa es que ahora ese mecanismo es descarado, y se inscribe en un momento en que la falta de eficiencia de los dirigentes políticos para cumplir con los objetivos de la política -lograr crecimiento económico y el bienestar de la población- es abrumadora.

    "Por eso se exacerba la crítica, y es lógico; actualmente el sistema democrático funciona peor que hace una década porque lo que se requiere del sistema político es ahora mucho más."

    Según la experiencia de la legisladora porteña por el radicalismo Gabriela González Gass, el acceso a cargos directivos partidarios, o la posibilidad de ser integrado a una lista de candidatos depende mucho de la decisión y el esfuerzo personal: "Estoy de acuerdo con que los partidos tienen estructuras rígidas difíciles de modificar. Cuesta introducir cambios, y si los plantea una mujer es peor, pero con tenacidad y vocación se llega. Yo empecé a actuar en el radicalismo en 1971, y no conocía a nadie, sin embargo fui candidata en 1983. Por supuesto que tener amigos influyentes ayuda, claro: facilita la información, los mecanismos para ser tenido en cuenta... Pero ojo, nadie te regala poder, hay que pelearla".

    Remembranzas

    Romer señala que hoy es notable la ausencia de bases ideológico-doctrinarias en las estructuras partidarias, lo cual provoca desconcierto y añoranza por el viejo radicalismo, el viejo socialismo, el viejo peronismo: "Estas son algunas de las cosas que dice la gente cuando compara los actuales partidos con lo que fueron: eran un conjunto de ideas por defender, eran una forma civilizada de discrepar, representaban a diferentes grupos de la sociedad, eran menos malos, antes había ideas y valores, ahora votás de acuerdo con impresiones personales, a cómo te cae tal dirigente. A nadie le importa lo que dicen, total... más o menos siempre es el mismo discurso".

    Una amplia mayoría está convencida de que los partidos políticos se han corrompido: sólo quieren llegar para llenarse los bolsillos, en los demás, en sus representados, ni piensan.

    En verdad esta situación no es novedosa. En distintos momentos del país, los líderes partidarios estuvieron en la mira de la opinión pública.

    "En nuestro país siempre se necesita que haya alguien que se haga cargo de la culpa -advierte el justicialista Ricci-. Es un mecanismo reiterativo: los que tienen poder son la expresión de la corrupción y los otros, de la inocencia. La clase media añora ponerse una camiseta y romantiza la impotencia: Chacho, la Carrió, la Meijide... Los idealiza mientras no tomen decisiones y los liquida cuando asumen algo de poder. Necesitan figuras fuertes para tirarles toda la responsabilidad . Eso hicieron con Perón o Yrigoyen. Cuando cayó don Hipólito, en 1930, un senador conservador, Benjamín Villanueva, dijo que al yrigoyenismo lo forman ciento diez mil prontuariados en la sección Robos y Hurtos, sesenta mil pederastas y cincuenta mil más que viven al margen de la ley, del juego y la explotación de mujeres... Esas cosas decían de los viejos partidos, los mismos que hoy son idealizados."

    ¿El fin de una pasión?

    La cuestión es que los partidos perdieron su identidad original, desdibujaron sus puntos de vista al asimilarse a la nueva realidad y necesidades que trajo la globalización, y aun hoy tanto dirigentes como ciudadanía añoran el viejo rol protagónico y orientador que cumplían los dirigentes. El mayor problema quizá sea que los partidos están a mitad de camino entre el viejo y el nuevo mundo.

    "La gente se queja de que los partidos son elitistas, sin embargo actualmente son mucho más abiertos que antes; Fernando de la Rúa llegó a ser candidato en contra del aparato de su partido -señala Javier Mouriño-; Carlos Menem, lo mismo; Terragno accedió a la presidencia del radicalismo sin tener antigüedad, y era un tipo que había estado en el peronismo, por otra parte le acaba de ganar al candidato oficialista de la UCR, Facundo Suárez Lastra en las últimas elecciones internas para elegir candidato a senador. Los miembros fundadores del Frepaso estuvieron en el gobierno del peronismo y después, en muy poco tiempo, constituyeron una alianza de gobierno y un oficialismo. Todo esto en el curso de diez años. De cualquier forma, creo que el principal cuestionamiento que se hace de la política es por su ineficacia para garantizar una vida digna, un nivel de crecimiento general, se le critica en estos momentos, básicamente, la ineptitud."

    Afirman los especialistas que frente al nivel de crisis actual, la gente olvidaría toda otra crítica a la dirigencia política si garantizara un horizonte o perspectiva de crecimiento y el bienestar general.

    "En este país actual se necesita un Estado inteligente, un nivel de gestión seria y profesional", define el politicólogo Andrés Fontana.

    "Asistimos a una transformación notable de la política: hoy los partidos están siendo controlados por verdaderas oligarquías de especialistas -dice el sociólogo Juan Carlos Portantiero-, éste es un análisis objetivo y carente de valor. La política está volviéndose una profesión, una fuente de recursos económicos."

    ¿Estará mal que sea así, que se haya perdido la ética de otros tiempos, cuando los militantes no medían en términos del debe y el haber su dedicación full time a una causa?

    Más allá de la nostalgia, lo único real es que la política se ha profesionalizado en todo el mundo, y en ese sentido nuestro país no sería una excepción.

    Hoy, cuando las unidades básicas y los comités no convocan ni un alma, y la política está perdiendo legitimidad al compás de la crisis, nadie se hace ilusiones con la llegada de un mesías: antes que pasión (o más allá de ella) se espera de los dirigentes ideas claras, idoneidad y eficacia. Esos elementos servirían, probados en las condiciones exigentes de la crisis, para reactivar la fe que hoy desfallece. No serían poca cosa.

    La experiencia de los afiliados

    La militante radical de Caballito Maru Pitocco dice que su corazón siempre latió junto a la UCR, especialmente con el alfonsinismo, pero ahora está sumamente desilusionada: "Los afiliados no tenemos posibilidad de influir, es cierto que nadie nos consulta, y los mejores quedan en el camino. Es extremadamente difícil llegar a ser dirigente, hay tanto que luchar... al final uno se cansa: en mi circunscripción queríamos poner en la lista de candidatos a legisladores a un lujo de persona, un señor de nuestra parroquia, pero no nos dieron bolilla. Ahora hace dos meses que me alejé un poco, la política me deprime".

    En una línea crítica similar se ubica el militante peronista del PJ bonaerense Osvaldo Simeone: "Muchos dirigentes actúan como si el partido fuera una corporación. Por supuesto que a los más capaces tratan de espantarlos; tienen miedo de perder poder, entonces les hacen la vida imposible. Para terminar con esta manga de arribistas e incapaces que lo único que hacen es ensanchar la brecha entre el partido y las necesidades de la gente hay que dar un golpe interno; el justicialismo tiene muchos cuadros que todavía no levantaron cabeza porque no los dejan, gente con muchos años de entrega. La política no es para cualquiera, hay que ser full time , casi un profesional para abrirse un lugar".

    Campaña peligrosa

    El profesor Juan Carlos Portantiero opina que la encuesta de Demoskopía refleja en números muchos aspectos de la realidad política argentina: escaso interés de los jóvenes por la política y menor sentido de pertenencia a los partidos.

    Sin embargo, no cree que el escepticismo pueda poner en riesgo el sistema: "La gente en la Argentina les sigue pidiendo a los dirigentes y a la política que resuelvan los problemas que afectan a todos, más allá de la capacidad de la dirigencia de hacerlo. Nuestro país es uno de los pocos casos en América latina en que los partidos siguen siendo el espacio de representación que la gente imagina; acá todavía no murieron las expectativas, en todo caso lo que ha decrecido es el compromiso. En Perú, Venezuela y otros países latinoamericanos el sistema partidocrático ha sido liquidado".

    Por su parte, la licenciada Romer advierte sobre "la peligrosa campaña que se ha instalado en la República utilizando a la política y los partidos como chivos expiatorios de los gravísimos problemas económicos o la innegable ineficiencia del Estado por los que atraviesa el país".

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