Pasar del análisis a la acción

Alejandro Rozitchner
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16 de diciembre de 2007  

¿Qué va a pasar? No hace falta ser mago para arriesgar unas líneas generales: habrá muchos conflictos, historias de corrupción expuestas a la luz pública sin que haya graves consecuencias, liderazgo nacional mediocrón (grandes limitaciones personales en las figuras protagónicas), posturas de enojo y mohínes de reproche, notables arrogancias fernandecistas (el 3F: An, Al, Cr) –sin que podamos comprender bien en qué cualidades objetivas se basan tales pretendidas superioridades–, peronismo que se resiste a morir pese a que no convence ya demasiado a nadie (ni a los propios peronistas, que saludablemente piensan en otras cosas), despreocupación (también bastante saludable, tal vez expresión de la sabiduría que entiende que hacer un país mejor no pasa exclusivamente por dedicarse al juego político obsesivamente sino en mirar para otro lado, para el de la realidad, y hacer cosas útiles). Habrá también pobreza endiosada y preocupante que en realidad no preocupará demasiado seriamente a nadie, ya que seguirá existiendo la creencia ideológica y mediática en el equívoco valor de la marginalidad (como si no fuera una desgracia sino una “cultura”, como si la miseria fuera una verdad y no un problema).

El país crecerá, un poco más o un poco menos. Esto si el mundo sigue como viene, con crisis menores, porque todavía no parece ser el tiempo de las crisis mayores, ésas que necesariamente siempre llegan: momentos de grandes conflictos bélicos mundiales o por lo menos multilaterales, epidemias arrasadoras (hubo y volverá a haber) o movimientos por el momento impensables.

También el tema de fondo, pendiente, seguirá siendo el mismo: ¿cómo pasar del análisis a la acción, de la evaluación a la creación, de la observación a la producción de mundo? El conocimiento social contiene siempre cierta perversión, la misma que aparece en los casos de los periodistas que graban con sus cámaras a personas muriendo. ¿No sería mejor dejar la cámara y correr a salvarlos? No es mi trabajo. No soy responsable. El mundo no está sobre mis hombros. Todas cosas ciertas y bien dichas, pero también posiciones que evidencian una distancia insalvable y negativa con la realidad. No vinimos a mirar, vinimos a vivir, y vivir es hacer. Hacer mundo.

Politicólogos: son necesarios, sí, un poquito. ¿Importantes? Sí, otro poquito. Más necesarias son las personas que hacen, y sobre todo aquellas que en su hacer encarnan su nuevo deseo, sus ganas de vivir, su capacidad de inventar y no el ritual mecanismo de repetición de lo acostumbrado. La realidad, el país, no son cosas definidas, cerradas, condenadas. La realidad es plástica. Habrá muchos individuos viviendo su vida buscando la plenitud posible, individuos que activarán el motor básico de la generación de sentido y riqueza social. Sí, claro, nunca la realidad cerrará perfectamente. Pero el despelote de las sociedades, su cantidad interminable de conflictos y descoordinaciones, no es un testimonio de decadencia o de algo ilegítimo o indebido: es prueba de su vitalidad. La vida es desborde de vida, la racionalidad (el intento de que todo se ajuste a la utilidad) una aspiración a la que debemos controlar para que no sea contraproducente.

Lo novedoso, en el plano nacional, me arriesgo, será que algunos liderazgos regionales, como el de la ciudad de Buenos Aires y el de Santa Fe, empezarán a poner en evidencia que la gestión puede ser de mucha mayor calidad, aun cuando nuestro país siga siendo la Argentina que es y no un sueño devenido mundo. Con suerte, esto iniciará la moda de hacer mejor las cosas, si llegamos a darnos cuenta de que no es tan difícil, de que no se trata de reinventar el aparato respiratorio (ni de dar paso a una sociedad de absoluta justicia) sino de mejorar un poco las condiciones, jugar el juego de la creatividad y no el de la crítica, el de la involucración y no el de la evaluación objetiva, el de las ganas y no el del temor.

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