Pasiones celestiales y terrenales

Por Orlando Barone
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29 de febrero de 2004  

¿Se puede hablar o discutir sobre una película que no se ha visto? Sí. Ese es mi caso y este texto lo afirma. Todavía latente en el horno el crocante budín del libro de Harry Potter, del que me bastó probar un bocado junto a mi nieta antes de que se le desencuadernara, anticipando acaso su deshojado lugar en la literatura; salteándome por delicadeza temática y por saturación de entusiasmo televisivo el asunto de los violadores; sin deseos de colarme en la especulación psicológica acerca de cómo se sentirá la señora Bolocco al enterarse de pronto de que se ha casado con un hombre pobre casi sin bienes a su nombre; omitiendo por insignificancia existencial introducirme en la vasta nube cosmogónica de Pipo Cipolatti y de Giselle Rímolo, me lanzo al multitudinario ruedo del debate por el Cristo de Mel Gibson.

El efecto contagio impide exceptuarse: y aun el que se resiste a subirse al colectivo acaba envuelto en el reguero que despliega a su paso. Con más fatalidad aún si se trata de un fenómeno sagrado-sacrílego que consagra a su director como el más brutalmente eficaz para vender una película. Y que lo distingue en el mercado como un desenfrenado especialista en hematología, cuyas recolecciones y vertederos de sangre reducen la leyenda transilvánica de Drácula a una inofensiva tarea de succiones. Se puede imaginar cómo se inspira un creador de Hollywood del tipo de Mel Gibson: le pide a sus especialistas que escarben en los cementerios de la historia y encuentren las muertes más sangrientas y brutales entre los grandes muertos. Empalamientos al estilo de los que se aplicaban en el medioevo, descuartizamientos por caballos tirando de los cuatro miembros como el de Tupac Amaru, el garrote vil de la España todavía ajena a la serena civilización de la OTAN, y algún degollamiento que otro con el hacha mellada y sin filo que permitía al verdugo gozar de la morosidad del corte hasta seccionar, por fin, la cabeza del aspirante. Pienso en Tomás Moro, un espíritu pacífico que creó la Utopía, que es una forma de eterna desilusión por aquello que nunca se alcanza, y que acabó por perder la cabeza a manos de un rey hereje. Muchos la perdemos igual a manos de reyezuelos económicos o fondos buitres. Y ya ni siquiera chillamos, porque al perder la cabeza perdemos el razonamiento, la memoria y la queja, y cualquier otra idea justiciera sobre el mundo.

De ese denso derrame de glóbulos rojos y de coagulaciones a los que la "inhumanidad" es propensa, Gibson se queda prendado de la crucifixión: tortuoso método que todos saben consta de una cruz de madera, un puñado de clavos de tamaño extra large y una víctima a la cual hay que estampar con los brazos abiertos claveteándola ante la vista de los espectadores. Los de aquella época, a cielo abierto, y ahora nosotros bajo el techo de las salas de cine y comiendo "palomitas".

Según demuestran testimonios ya difundidos copiosa y mercantilmente, la película contiene entre otras escenas truculentas el despellejamiento en vivo con trizas de vidrio. Y también alguna delicadeza como el cuento de que los judíos utilizaban las entrañas de los niños cristianos para rellenar el pan de la Pascua judía. Dicen que Gibson le envió al Papa varias copias. Cuesta pensar que el Santo Padre se haya hecho tiempo para verla con tanto trabajo global y celestial como tiene. Lo brutal de esta civilización no son las bestialidades que lideran con éxito personas vivadas por el género humano, sino la incuestionable verdad de que Mel Gibson es rico. Y que será aún más rico después de que cada uno, obedientemente, le aporte su diezmo. Este es mi aporte: ignorante, porque no vi la película; envidioso, porque soy pobre; y presuntuoso porque, por querer salvar a Dios de este bárbaro, cometo pecado de soberbia. Dios se salva solo.

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