Pegarle a Lanata es gratis

Luis Majul
Luis Majul LA NACION
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7 de noviembre de 2011  • 02:19

Aquí y ahora, en el reino del pensamiento único, putear a Jorge Lanata y a Magdalena Ruiz Guiñazú, resulta gratis. O lo que es peor: el pequeño desaforado que lo haga puede ser premiado con la orden de mérito del militante k. Así crecieron, y obtuvieron jugosos contratos con el Estado, decenas de mediocres que juegan a hacer periodismo, actrices que fundaron productoras en tiempo record, actores de gira con bodrios insoportables de salas semivacías que cobran su cachet a través de subsidios, filósofos alcahuetes del poder, relatores y locutores "con muy buena voz pero muy poco para decir", como sostiene el propio Lanata.

Los miserables que el otro día insultaron a Jorge y Magdalena en la Universidad de Palermo tienen un par de características singulares. En general, se mueven como cobardes. Tiran la piedra y esconden la mano. Además, son básicos, por no decir ignorantes. No pueden sostener un intercambio de ideas ni un minuto y medio. Repiten las palabras gorila y cipayo, pero cuando le preguntas de dónde vienen o por qué la aplican en este contexto empiezan a balbucear, a gritar o te tiran de inmediato la otra consigna: "empleado de Magnetto".

La tercera característica es la más peligrosa. No funcionan como individuos racionales o con un mínimo de sentido común. Funcionan como fanáticos religiosos. Como miembros de una secta que defienden dogmas y no aceptan otras ideas que no sean las del modelo. La semana pasada, un actor muy serio y prestigioso, además de buena persona, me sorprendió al reconocer que él, asumido como kirchnerista, tenía algunas críticas para hacerle "al modelo" pero que no las haría públicas para no "darle de comer" a los "poderes concentrados". Me recordó, aunque el contexto es distinto, el silencio de los partidos políticos durante última la dictadura, con el argumento que salir a criticar a los militares era alimentar a "la subversión".

La última particularidad de muchos de estos cobardes es que insultan o agreden sin necesidad de mostrar sus antecedentes, su currículum o su trayectoria. No tienen la obligación de mostrar cómo viven. Ni la existencia de una doble moral. Los "legitima", apenas, su mera pertenencia al oficialismo. Y, a veces, cuando más advenedizos son, mayor es la recompensa. Es más. Si los pequeños puteadores pueden documentar su agresión es posible que, tarde o temprano, sean recibidos, premiados o elogiados por Aníbal Fernández y Héctor Timerman, o acaben ocupando un puesto de jerarquía en Télam, Canal 7 o alguno de medios oficiales o paraoficiales subvencionados por millones de pesos que pagamos con nuestros impuestos. Y este mecanismo se reproduce en todo el organigrama del Estado.

De hecho, Florencio Randazzo, después de su discusión con un periodista de LA NACION, quedó en mejor posición para convertirse en el futuro jefe de gabinete, en reemplazo de Fernández. Las cobardes agresiones a Jorge, Magdalena y muchos de nosotros se detendrían de inmediato si la presidenta de la Nación, Cristina Kirchner, las repudiara con energía, sin dejar la más mínima duda de que las alienta con su silencio. También las debería repudiar el secretario de Comunicación Pública, Juan Manuel Abal Medina, para no pasar a la historia como el gris funcionario que sólo se dedica a repasar la lista de amigos y enemigos del gobierno, y de autorizar o prohibir la pauta oficial de acuerdo a la cercanía o la lejanía con el pensamiento único que se pretende imponer desde 2008 en adelante.

Si la violencia verbal contra quienes no piensan como el gobierno sigue resultando gratis, o si se sigue premiando con contratos o dinero oficial a quienes lo hacen, muy pronto la escalada será imparable, y las consecuencias, muchos peores.

Por: Luis Majul
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