Peronismo, el stand up nacional

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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6 de mayo de 2011  

Suerte de stand up de la política nacional desde hace 66 años, el peronismo "edita" sobre la marcha los acontecimientos que se suceden. Mucho se ha hablado de la formidable potencia que tiene como vehículo electoral. Lo asombroso es que ese mismo vehículo construya paso a paso la carretera por la que transita(mos).

Intrínsecamente empírico, el peronismo escribe la teoría luego de los hechos. Las Veinte Verdades Justicialistas (que por lo sucintas podrían ser tomadas como una avanzada pionera del Twitter), en su elemental previsibilidad, apenas señalan ciertas coordenadas posibles de lo que no por casualidad prefiere autodenominarse, antes que partido, "movimiento", una palabra más que reveladora que, precisamente, revela el carácter amorfo, inasible y siempre cambiante del peronismo.

Y, como el movimiento se demuestra andando, el peronismo se construye a sí mismo sobre la marcha, sin tener conciencia de su existencia desde el primer minuto en que el entonces coronel Juan Perón puso sus pies por primera vez en la Secretaría de Trabajo y Previsión para empezar a transitar un camino inédito en la historia nacional. Pero si no hubiese sido Perón, alguien en su lugar, tarde o temprano, habría aparecido para hacer lo que él hizo o algo medianamente parecido. Precisamente, lo que los socialistas sólo esbozaron en teoría, los radicales habían empezado a explorar tímidamente y los conservadores directamente no quisieron hacer, era darle alguna solución a la cuestión social. Sectores sumergidos esperaban cualquier tipo de redención y el determinismo de la historia se hubiera valido de algún otro si Perón no hubiese nacido, para hacer en su lugar cosas parecidas, mejor o peor que él.

Por eso, fue casi lógico que a su alrededor empezara a fraguar un aglutinamiento de sectores que provenían de tan distintas extracciones: radicales, conservadores populares, nacionalistas, los intelectuales de Forja y, obviamente, los sindicatos, que pronto se convertirían en la "columna vertebral" de su movimiento.

Primero se llamó, de manera despersonalizada y casi con reminiscencias británicas y altamente democráticas, Partido Laborista. Pero tras el contundente triunfo electoral del 24 de febrero de 1946, cansado de las peleas internas entre las agrupaciones que lo habían apoyado para ser candidato, Perón rebautizó su espacio con un significativo y temible nombre fugaz que revelaba algunas de sus decisiones futuras más autoritarias: Partido Unico de la Revolución. Luego, como todos sabemos, pasó a llamarse, hasta el día de hoy, Partido Peronista y/o Partido Justicialista.

Es también muy significativo cómo los "contreras" (como se denominaba a los antiperonistas cuando Perón gobernaba por primera vez, a cuya caída pasaron a llamarse directamente "gorilas") aportan involuntaria e inesperadamente a la identidad del peronismo.

Así, los militares que se oponían a Perón en el seno del movimiento castrense que rompió el fraudulento orden constitucional de los conservadores por medio del golpe militar de 1943 y que no cejaron hasta despojarlo de su triple cargo (vicepresidente la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión) y meterlo entre rejas, sin querer detonaron la fecha magna del naciente movimiento: el 17 de octubre de 1945, memorable jornada en que los obreros se lanzaron a la calle para exigir la liberación de su líder preso.

A continuación, las entrometidas intervenciones del voluminoso embajador norteamericano en plena campaña electoral inspiró el insuperable slogan que prácticamente determinó la victoria del popular militar: "Braden o Perón".

La reticencia acentuada que producía la procedencia (hija natural, actriz, incipiente sindicalista radial) de Eva Duarte, su personalidad avasallante (una suerte de presidenta sin cargo, pero con impresionante influencia social por medio de su inquieta fundación), y la posterior "alegría" de los "contreras" por el súbito mal que la llevó a la tumba, a los 33 años ("¡Viva el cáncer!", apareció pintado en el paredón de la residencia presidencial), ayudó a cincelar la leyenda, que se convirtió en gigantesca cuando la Libertadora hizo desaparecer su cadáver embalsamado y no se supo más nada de él hasta 16 años después.

El decreto ley 4161/56, peor todavía, se propuso castigar "con prisión de treinta días a seis años" a quien exhibiese "la fotografía retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto o el de sus parientes, las expresiones «peronismo», «peronista», «justicialismo», «justicialista», «tercera posición», la abreviatura PP, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales «Marcha de los muchachos peronistas» y «Evita Capitana» o fragmentos de las mismas, y los discursos del presidente depuesto o su esposa, o fragmentos de los mismos".

La inútil pretensión de borrar de la faz de la Tierra para siempre al peronismo provocó, como suele suceder con todo mecanismo de represión y/o censura, el efecto contrario y forjó la Resistencia (reuniones subrepticias, velas encendidas con oraciones en voz baja ante las estampitas de Evita, las cintas grabadas que venían de Madrid con las directivas del general y que se oían con unción en ruedas secretas de militantes). Faltaba algo más para darle aristas heroicas a ese malestar asordinado: mártires. Y los mártires, civiles y militares, llegaron con el bombardeo a la Plaza de Mayo y los fusilamientos de la Penitenciaría y de José León Suárez. La violencia política de distintas épocas se devoró a unos cuantos más y la última dictadura militar agregó cantidad de nombres a esa tétrica lista. También el demorado regreso de Perón a la Argentina -nada menos que 17 años-, impedido por sucesivos gobiernos, convirtió al fundador del movimiento en un personaje legendario de dimensiones colosales.

Todo lo que la clase "biempensante" denostó de Carlos Menem -sus patillas, cabellera larga y poncho de rancio caudillo federal, más sus promesas de "salariazo" y "revolución productiva"- fueron ingredientes esenciales de su triunfo en 1989, aunque luego, en una pirueta ideológica perversa, terminara renegando de ese look gauchesco y de sus promesas preelectorales para volverse un neoliberal extremo.

El kirchnerismo, como fuerza nacional nacida de padres tan cuestionables y débiles -Eduardo Duhalde, un presidente provisional que se retiraba del poder antes de tiempo para sosegar a un país arrasado, y la menor cosecha de votos de la historia-, necesitaba una razón de ser, que la anunciada "transversalidad" no alcanzaba a cubrir en los primeros tiempos. Pero, inesperadamente, el conflicto con el campo, con todo el desgaste que significó durante tres meses, terminó fortaleciendo una vez más en la adversidad al gobierno golpeado por el voto "no positivo" de su propio vicepresidente. A partir de ese momento, se le clarificó a Cristina Kirchner el norte de su gobierno e hizo del todo explícita su cruzada contra las "corporaciones económicas" y los "medios hegemónicos".

La capacidad de remar adversidades se constata también tras la derrota electoral del 28 de junio de 2009, cierto es que aprovechando con habilidad y zancadillas la inoperancia de la oposición. La cartografía peronista, con las eternas imágenes de Perón y Evita, se enriquece, incluso, y muy especialmente, de sus páginas más dramáticas (sus sepelios multitudinarios y también el más reciente, de Kirchner).

La confrontación no sólo fortalece al PJ, sino que le da exclusiva razón de ser a la oposición, a la que el PJ vampiriza su eventual contenido (en caso de que lo tuviese) al quedar ésta, por exclusiva voluntad, hipnotizada y consagrada casi a ser sólo hipercrítica constante, obsesiva de las acciones, omisiones y desbordes peronistas. Al asumir ese papel reactivo, las fuerzas de la oposición no suelen lograr identidad ni iniciativas propias.

Así como el "modelo" kirchnerista no está escrito en ningún lado y se implementa sobre la marcha día tras día, su nave madre, el peronismo, carece de texto fundacional. Por cierto, hay abundante bibliografía con multitud de piezas oratorias, e incluso artículos de Perón que desembocaron en libros. Asimismo, aporta lo suyo desde un lugar más emotivo Eva Perón con La razón de mi vida . También quedan para consultar los dos tremendos libracos que contienen sendos planes quinquenales del primer peronismo (1946-1955), las clases de la Escuela Superior Peronista de los años 50 y la profusa correspondencia del caudillo con el delegado más interesante y sagaz que tuvo: John William Cooke.

Pero, por lo general, todos los textos se refieren a algo anterior, a episodios ya sucedidos. Lo empírico antecede a la teoría, que, al llegar siempre tarde, funciona sólo a manera de justificativo, como un respaldo verbalizado o escrito de lo que ya ocurrió y que, por lo tanto, no se puede cambiar. Es que el relato vibrante de la última epopeya peronista es simplemente un anticipo de la siguiente, que siempre está a punto de llegar. © La Nacion

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