Perspectivas ferroviarias

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8 de diciembre de 2001  

Afectado por males diversos, el sistema ferroviario argentino languideció durante varias décadas hasta quedar en estado de postración. Desde hace algún tiempo, en cambio, hay indicios de que varias iniciativas positivas propenderían a ponerlo en camino de una reactivación acorde con el renovado auge que está teniendo el uso del ferrocarril en gran parte del mundo.

Se suele decir que la patria se hizo a caballo. A ese concepto sería menester agregarle que apenas concluida esa magna labor, el país se consolidó e ingresó en la ruta del progreso mediante la paulatina extensión de una red ferroviaria que, a la postre, habría de llegar a figurar entre las más importantes del globo. Durante un siglo, los convoyes circularon a lo largo y a lo ancho de casi todo el país, transportando pasajeros y cargas, y su aporte se convirtió en tan imprescindible que de él dependieron cientos de localidades cuyas existencias poco menos que se extinguieron al verse privadas de ese medio de intercomunicación.

Las pésimas administraciones estatales, harto viciadas de inalterables rémoras burocráticas, sumieron a los ferrocarriles en un gravoso y endémico estancamiento, acrecentado –era previsible– por la carencia de acciones concretas encaminadas a modernizarlos de manera tal que pudiesen afrontar la ineludible competencia con otros medios de transporte. Entraron, pues, en una declinación diríase inexorable, corporizada por el paulatino cierre de ramales e incluso de vías troncales, y por la eliminación de prestaciones de media y larga distancia.

En ese punto crítico, las privatizaciones de las diferentes líneas le suministraron algo más que un hálito de óxigeno al sistema ferroviario, hasta ese momento, al parecer, condenado en forma irremisible a quedar reducido a los insustituibles servicios que todavía presta en el área metropolitana. Primero volvió a tener presencia trascendente para movilizar cargas; después –poco a poco y no siempre con fortuna y continuidad– se fueron concretando iniciativas impulsadas por el propósito de restablecer el movimiento de pasajeros a lo largo de tramos más extensos, entre ellas las de los denominados trenes turísticos. Ahora están en proceso de gestión por los menos dos propuestas de mayor envergadura.

Capitales españoles han ofrecido hacerse cargo de un inversión de 250 millones de dólares destinada al mejoramiento de 6600 kilómetros de la red de trocha angosta del ex Ferrocarril Belgrano, administrada por la Unión Ferroviaria y que abarca, entre otras regiones, las zonas mineras de las provincias del Noroeste.

Entretanto, el gobierno nacional ha autorizado a un consorcio franco-español a emprender los estudios de factibilidad definitivos para instalar una línea de alta velocidad que uniría las ciudades de Buenos Aires y Rosario. Si esa embrionaria intención fructificase, demandaría una inversión de alrededor de 700 millones de dólares para tender una traza de 300 kilómetros, a lo largo de la cual circularían trenes eléctricos que podrían alcanzar velocidades de hasta 200 kilómetros por hora. Habría dos clases de servicios: uno cubriría ese trayecto en forma directa y demandaría dos horas de viaje; el otro lo haría en dos horas y media, con un máximo de cuatro paradas intermedias.

No se trata de alentar empresas quiméricas. Bastará mirar hacia los Estados Unidos y Europa para encontrar abundantes ejemplos de que el ferrocarril, en cualquiera de sus variantes, continúa siendo útil, capta abundante demanda y sus perspectivas siguen siendo positivas.

El Estado nacional, obvio es decirlo, no está en condiciones de invertir recursos financieros en la realización de las obras y la adquisición del equipamiento que serían menester para actualizar al sistema ferroviario local y ponerlo en el nivel de eficiencia requerible en estos albores del siglo XXI. No obstante, debería hacer cuanto estuviese a su alcance para seguir alentando y promoviendo el interés que, en ese sentido, está demostrando la iniciativa privada porque en un territorio tan vasto como el de la Argentina, los trenes, no es arriesgado intuirlo, seguirán constituyéndose en una herramienta de vital importancia para afrontar, de una vez por todas, la ardua tarea de reconstruir el aparato productivo del país.

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