Piadosa tecnología

Por Henrik Bork Süddeutsche Zeitung
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24 de octubre de 2000  

TOKIO.- LA población de Tokio encara un interrogante perentorio, aunque macabro: ¿qué hacer con tantos muertos? La ciudad apenas si puede habérselas con todos sus residentes vivos, que en su mayoría habitan departamentos liliputienses. Afuera, autopistas de tres niveles serpentean entre bosques de rascacielos.

Hasta los cementerios han llegado al límite: casi no queda espacio para nuevas tumbas. Los monjes del templo Myoho creen haber resuelto el problema. Los japoneses acostumbran cremar a sus muertos. Y bien, la solución es almacenar las urnas en una bóveda subterránea. Al llegar un visitante, le suben la urna de su pariente o amigo.

"Es totalmente automático", afirma Yoshiaki Takahashi, gerente del cementerio, sosteniendo cuidadosamente entre el pulgar y el índice una tarjeta plástica similar a las de crédito. "Todos los deudos de un muerto pueden obtener una -explica-. La introducen en esta ranura y enseguida aparece sobre el altar la urna de su pariente."

Cementerio automático

Sobre el altar, laqueado en negro, hay unas barras de incienso y una vela. Takahashi inserta la tarjeta. Un motor ronronea detrás de una pared de mármol gris. Una urna dorada, semejante a un palacio en miniatura, se desliza a través de una abertura cuadrada hasta quedar sobre el altar. Cuando el deudo concluye sus rezos o su conversación con el ser querido, oprime un botón y la urna desaparece como por arte de magia, devuelta al mundo subterráneo.

El mecanismo se basa en la tecnología desarrollada por la industria automotriz japonesa. En sus plantas, cada componente llega en la cinta transportadora en el momento exacto en que la necesita el operario. Los garajes subterráneos de Tokio adoptaron el principio esencial: el cliente deja su auto en un montacargas que lo deposita en las entrañas del garaje, en el espacio asignado. Las compañías que instalan los garajes presentan ahora el torno para urnas.

Cuando se colmó la capacidad de su viejo cementerio del barrio Setagaya, los monjes budistas del templo Myoho no quisieron perder su pequeña fuente de ingresos. Así pues, recurrieron a la alta tecnología e invirtieron unos 418.000 dólares en su cementerio automatizado. Arriendan cada sitio (con espacio adicional para el cónyuge) por treinta y tres años, tiempo que duran los ritos budistas en honor a los muertos. Precio: 7400 dólares (una tumba común cuesta el doble).

Los budistas deben visitar las tumbas de sus ancestros una vez al año, durante el festival Bon de agosto. Muchos habitantes de Tokio provienen de otras partes del país y esta peregrinación anual les lleva tiempo y dinero. "Ya tenemos algunos clientes que han traído urnas desde las provincias", dice Takahashi.

Por último, menciona algunas otras ventajas que ofrece el nuevo sistema a los acosados parientes cercanos: no importa si llueve o no el día de la visita y ya no tienen que cuidar la tumba.

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