Polarización y después: ¿tiene la pelea K- anti K su fin de ciclo?

Tras una campaña que privilegió los llamados al diálogo y la pluralidad, el fallo de la Corte sobre la ley de medios volvió a teñir a los discursos políticos de enfrentamiento entre oficialistas y opositores. ¿Cómo se transformará la gimnasia de la confrontación ?en la época poskirchnerista? ¿O estará la sociedad menos polarizada que su dirigencia política?
Raquel San Martín
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10 de noviembre de 2013  

Bastaron 48 horas para que lo que parecía un país cambiado volviera a ser el mismo de siempre. Terminada una campaña con mensajes basados en recuperar el diálogo, reducir la confrontación, retornar a "un país normal" y a solucionar "los problemas de la gente" -discursos que, a juzgar por los resultados electorales, fueron exitosos en las urnas-, la confrontación retornó con toda su fuerza: el fallo de la Corte sobre la ley de medios, el martes pasado, volvió a teñir discursos políticos y acciones públicas de polarización K - anti-K, encendió las denuncias de los opositores y la militancia de los oficialistas. Cuando ya casi nadie niega el clima de fin de ciclo kirchnerista, la polarización, que ya es marca de época, resiste, un legado aparentemente irreversible que se alimentó, hay que decirlo, del ánimo beligerante que recorre nuestra cultura política como rasgo central de su ADN.

Sin embargo, hay quienes relativizan la pasión argentina por los extremos: afirman que nuestra polarización es más discursiva que práctica, más táctica y personal que ideológica, más presente entre los dirigentes, los intelectuales y los periodistas que entre los ciudadanos e, incluso, cuestionan la idea misma de que seamos una sociedad polarizada. Somos, se sostiene, un país "políticamente intenso", en el que los dirigentes "sobreactúan la confrontación", mientras los ciudadanos viven sus vidas con otras urgencias y otros intereses.

¿De qué modos podría transformarse la antinomia K – anti-K en un eventual ciclo poskirchnerista? Tenderá a moderarse hasta, quizá, desaparecer a manos del equilibrio y el consenso, argumentan unos. Reaparecerá, dicen otros, con la letra K cambiada por otra inicial. Opiniones, como se ve, polarizadas.

Por más que el kirchnerismo se obstine en buscar raíces e inspiración en los años 70, parece tener un aire de familia mucho más cercano con el primer peronismo y, en ese sentido, la lógica amigo-enemigo que ya es sentido común no constituye una innovación de esta década. "El kirchnerismo revitalizó y reactualizó viejas formas del discurso nacionalista y de las formas que tuvo durante los primeros peronismos: lo popular como un espacio donde reside la verdad, símbolo de Nación y de Estado, mientras aquello que no se considera identificado con mayorías se lo concibe como antinacional", describe la socióloga Ana Wortman, investigadora del Instituto Gino Germani de la UBA y experta en análisis cultural.

Esa construcción, que tuvo momentos álgidos –en particular durante las presidencias de Cristina Kirchner, con un inicio en la crisis del campo, de 2008– y que muchos ven ahora circunscripta cada vez a menos espacios, ancló en una forma de percibir y hacer política que abraza la dicotomía. "Hay una cultura política, que tiene que ver con muchos años de dictadura, que es profundamente intolerante, y excede al kirchnerismo –dice el escritor y periodista Marcos Mayer, que acaba de publicar el libro Partidos al medio (Aguilar)–. El kirchnerismo generó a partir de eso una especie de populismo cultural: la gente no reacciona frente a lo que efectivamente hace el Gobierno, sino a lo que se supone que va a hacer. Mientras tanto, perdimos la gimnasia de la discusión, no podemos hablar sin sospechar que todo lo que dice el otro está esponsoreado, y así, de las cuestiones centrales del país, no se discute."

De todos los enemigos que enfrente se colocó el Gobierno –el campo, los empresarios, la Iglesia, un sector del sindicalismo, la Justicia–, los medios parecen estar concentrando la fase final de la batalla K – anti-K, escenificada mediante las disputas judiciales alrededor de la ley de medios, que se convierten, cada vez más, en discusiones de entendidos e interesados. "El encarnizamiento del kirchnerismo con el Grupo Clarín, como emergente de la concentración mediática y como síntesis de un discurso, suele sostenerse en una lógica conspirativa como la que también atraviesa al Grupo Clarín en relación con la política comunicacional del Gobierno. Creo que en este momento es allí, en la cuestión comunicacional, donde más se expresa la lógica K – anti-K; en otros planos parecería haberse debilitado", apunta Wortman.

Quienes estudian los estados de polarización política, que no son para nada particularidad de la Argentina, apuntan que las sociedades polarizadas no cambian fácilmente de lealtades –un miembro del Tea Party norteamericano no votaría al recientemente elegido alcalde de Nueva York Bill de Blasio, ni un chavista seguiría de pronto a Capriles– y tienen cierta homogeneidad en los polos. Nada de eso parece existir en la Argentina: la Presidenta pasó del 54% a algo más del 30% de voluntades en dos años; en las urnas se combinan votos de maneras estratégicas que no respetan orientaciones ideológicas, y, más allá de un núcleo duro de convencidos, se sostiene que existe algo así como un 45% de argentinos que apoyan algunas políticas del Gobierno, pero rechazan otras. ¿Será, entonces, que la Argentina polarizada es también parte del relato? ¿Será que los políticos, los intelectuales y los periodistas están mucho más polarizados que la sociedad?

Intensidad K

"La polarización puede definirse como distancia ideológica o como división en dos partes. La Argentina no aparece polarizada en ninguna de las dos acepciones", sostiene el politólogo Andrés Malamud, investigador en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa. "La distancia ideológica entre el Gobierno y la oposición es escasa: grandes decisiones de este período fueron tomadas por supermayorías legislativas, como el matrimonio igualitario, la expropiación de YPF, la nacionalización de las AFJP o la política de derechos humanos. Aunque el estilo sea confrontativo, el contenido de las políticas resulta más consensual que polarizante", analiza. "Las opciones políticas no se concentran en dos polos: el oficialismo apenas supera el 30% de los votos, mientras la oposición está fragmentada. No hay polos sino tercios: el peronismo K, el peronismo no K y el no peronismo (alias panradicalismo)", completa.

En sus palabras, lo que caracteriza a la política actual no es la polarización, sino la "intensidad": "No importa tanto el contenido (material), sino el significado (simbólico) de las políticas. El fin de la historia y de las ideologías, un relato que se propagó en los 90, cedió paso al conflicto como valor positivo. La idea es que el conflicto rompe bloqueos y promueve reformas, por lo que su intensificación es recomendable. La Argentina está lejos de ser un caso singular. Más bien, por comparación con Ecuador y Estados Unidos, el kirchnerismo puede definirse como un fenómeno político de «intensidad light», o más apropiadamente, en cuanto etapa del peronismo a punto de concluir, twilight («luz del ocaso» en inglés)."

Hay una mirada aún más inquietante: la polarización argentina sería "la sobreactuación que hacen los políticos de una débil diferenciación". No sólo no los separa un abismo, sino que son tan parecidos que tienen que simular diferencias. Así lo dice el politólogo Julio Burdman, director de la carrera de Ciencia Política de la Universidad de Belgrano: "De acuerdo con los manuales, la polarización supone una creciente distancia ideológica entre grupos sociales enfrentados, y una población con profundas diferencias sociales o culturales. Y no veo nada de eso entre nosotros. Sin embargo, el clima de enfrentamiento se siente y se respira. Se me ocurren dos explicaciones: o nuestra sociedad efectivamente está dividida en dos y muchos pretendemos no advertirlo, o vivimos un clima de enfrentamiento que no refleja la realidad de nuestros debates políticos, y fue creado artificialmente por la dirigencia. Me inclino por la segunda. Si algo caracteriza a la Argentina contemporánea son los parecidos en la política. La dirigencia necesitó durante estos años de la retórica del enfrentamiento para reorganizar la política democrática después de una gran crisis", apunta. "Un sistema partidario nacional se terminó de derrumbar en 2001, y fue rearmado por una coalición de dirigentes que primero lideró Duhalde y luego lideraron Néstor y Cristina Kirchner. Todos –peronistas, radicales, centroizquierda– participaron de ese mismo origen, aunque con el paso de los años se fueron reacomodando. La dirigencia política de hoy se puede clasificar entre kirchneristas puros, kirchneristas light, ex kirchneristas, aliados del kirchnerismo, y ex aliados K. Muy pocos dirigentes actuales no entran en ninguna de esas categorías. Por esa razón, no hay que descartar una sobreactuación de la diferencia. Si Moyano, Cobos, Alberto Fernández o tantos otros se reinventan en la política después de su paso por el universo K, es entendible que sobreactúen su oposicionismo; de otro modo no serían convincentes."

Todo esto, claro, no hace sino abonar la distancia entre ciudadanía y dirigentes políticos, que de tan comentada y extendida en el mundo se ha convertido casi en lugar común.

"Como ocurre en los Estados Unidos, la clase política y la elite intelectual están mucho más polarizadas que la sociedad en general. Y mucha de la polarización que puede existir en la sociedad es consecuencia directa de los esfuerzos de la clase política por fomentarla", afirma el politólogo norteamericano Mark Jones, profesor en la Universidad Rice, de Texas, y estudioso desde hace 20 años de la política argentina.

Para Burdman, esa imposición del conflicto de arriba hacia abajo fue exitosa. "Una parte de la sociedad, sin dudas, participó activamente de este clima de enfrentamiento. Notoriamente, muchas de esas personas tenían grandes dificultades para explicar los motivos detrás de la crispación."

Ni la política ni los medios

Ni en un extremo ni en el otro, expuestos a las retóricas inflamadas, muchos argentinos se replegaron en sus vidas cotidianas, y otros –abrumados por otras urgencias– ni siquiera entraron en la categoría de los que debían ser convencidos de que una batalla estaba en marcha y había que sumarse. No es extraño que los discursos políticos dirigidos a resaltar la gestión local, que prometen solucionar problemas concretos y abandonar las confrontaciones discursivas, hayan sido los más votados en las elecciones de hace dos semanas.

Si no polarizada, sin embargo, una parte de la ciudadanía sí parece crecientemente movilizada. "Hay una movilización de la gente por fuera de la política y de los medios, que se da en varios países, y aquí se vio con cacerolazos y otras formas de protesta social. Tienen otra agenda, otra idea que no es la de confrontación, porque eso no es parte de sus problemas reales. No es una movilización vinculada con grandes causas ideológicas, sino con problemas concretos. Es antiautoritaria, pero no maniquea ni confrontativa, con un componente político más ligado con los jóvenes, las tecnologías, nuevos lugares donde circulan las ideas y otra manera de entender la participación ciudadana", describe Damián Fernández Pedemonte, director de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral. "La forma de hacer política que fue muy eficaz en los primeros años de kirchnerismo atrasa con la cultura ciudadana contemporánea. Hay un divorcio entre el sistema político y el mundo de la vida. En el futuro, los movimientos o frentes que puedan reconectar con el mundo de la vida van a ser los más exitosos."

Quizá porque, además, en tiempos de identidades partidarias hechas añicos, el voto se ha vuelto más impredecible. "Ya no parece tan inmediata la relación entre clase social y voto político. Los nuevos trabajadores jóvenes o los precarizados, ¿siguen siendo peronistas? El peronismo K y no K, la izquierda, UNEN y Pro están presentes en todos los sectores sociales", describe Wortman.

Hay quienes piensan que quienes se perfilan anotándose en una carrera presidencial hacia 2015 ya tomaron nota. "Este clima de enfrentamiento pareciera diluirse en las últimas elecciones, desde la irrupción de Massa que, aun cuando se viene diferenciando crecientemente del oficialismo del que proviene, no parece tan preocupado por sobreactuar su pasaje a la oposición. Pareciera ser el primero de los ex kirchneristas en comprender que su carrera política, de ahora en adelante, será poskirchnerista. Apunta a construir un electorado nuevo. Por todas esas razones, no cayó en la lógica de la sobreactuación. Hoy ya vivimos otro clima retórico", dice Burdman.

La intensidad puede ser agotadora. "Un clima de intensidad prolongada produce fatiga, que se manifiesta hacia afuera en la declinación electoral y hacia adentro en la moderación de los potenciales sucesores. Por eso, es esperable que a este ciclo intenso le siga otro moderado, o al menos presentado como tal", apunta Malamud.

El gusto por los extremos, sin embargo, no es un rasgo nacional, sino constitutivo de la política. "La polarización no va a desaparecer, pero va a atenuarse sin duda a partir de diciembre de 2015. Massa, Scioli, Macri y Binner son todos políticos que buscan el consenso mucho más que el conflicto, todo lo contrario de los Kirchner –dice Jones–. Con la llegada de un nuevo presidente, casi seguro un peronista, las líneas divisorias de hoy van a quedar borradas. No me sorprendería que la frase K – anti-K existiera sólo en los libros de historia y fuera reemplazada por otra letra." Sería un paso atrás, sin embargo, que la dicotomía argentina por instalarse fuera la que separa a la política de la vida real.

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