Política camaleón: la costumbre del salto partidario

El cierre de listas de candidatos mostró un fenómeno que atraviesa todo el sistema politico: idas y vueltas de un espacio a otro, candidaturas a dedo y alianzas impensadas. Por qué la lógica de armado de coaliciones y una campaña electoral con más imagen que propuestas favorecen las lealtades débiles
Raquel San Martín
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28 de junio de 2015  

Del entonces escandaloso pase de Eduardo Lorenzo Borocotó de Pro al kirchnerismo, cuando era legislador, hace ya diez años, a la salida de nueve intendentes bonaerenses del espacio de Sergio Massa (incluido el regreso de uno de ellos, Jesús Cariglino, al Frente Renovador), hace días, los partidos y espacios políticos argentinos parecen haber incrementado la fluidez de sus fronteras y minimizado los escrúpulos ideológicos para abrir las puertas a nuevos aliados.

Pero pocas veces esta flexibilidad para el salto de lealtades quedó tan en evidencia como en el cierre de listas de hace una semana. Opacado por los nombres que iban acomodándose al filo de esa medianoche quedó un escenario revelador: candidatos que saltaban de espacio en espacio hasta último momento, candidaturas a dedo, fórmulas que subían y bajaban, y otras compartidas entre candidatos con casi nada en común? Son, en la superficie, todas expresiones de la crisis de los partidos políticos y de las lealtades ideológicas astilladas, pero ¿pueden además explicarse por razones más profundas? ¿Hay algo en el sistema electoral, la cultura política o la tradición partidaria argentina que favorezca el ejercicio del salto partidario? ¿Podría un cambio en las normas que regulan el juego electoral reducir el atractivo o hacer más difíciles las alianzas tan heterogéneas que están casi destinadas por su origen a desintegrarse?

Para la mayoría de los expertos, está claro que la fluidez de los alineamientos políticos no es nueva, y tiene raíces históricas en nuestro sistema político.

Sin embargo, y más allá del interés aumentado que genera este año todo lo que rodea a unas elecciones particularmente competitivas y decisivas, el "transfuguismo político" –extendiendo el sentido del término, que en rigor en la ciencia política se aplica a los legisladores que cambian su pertenencia política una vez en el recinto– se expresa distinto en partidos diferentes.

Así, la lealtad sucesiva de Daniel Scioli a Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner es en el peronismo parte de la lógica de reacomodación; la convivencia de peronistas, radicales, progresistas y otros en Pro puede entenderse como su clave de crecimiento, y el regreso de Julio Cobos al radicalismo puede leerse como parte del entrenamiento del partido centenario por sobrevivir.

Pero, además, la fluidez de los alineamientos políticos puede explicarse por la propia lógica de construcción de alianzas cada vez más heterogéneas e incomprensibles para el votante, y hasta por los principios de la competencia electoral ultrapersonalizada, en la que la intención de voto y la imagen personal se han convertido en el capital más valorado en el mercado político, dos atributos que tienen poco que ver con la lealtad a un espacio colectivo. El círculo cierra con los ciudadanos, la mayoría de adhesión electoral volátil, y sin intención de castigar con su voto los cambios de camiseta política. Otro incentivo poderoso para seguir practicándola.

"La Argentina no tiene una tradición partidaria fuerte. Las principales fuerzas de mayoría, el PJ y la UCR, tienen raíz movimientista, con una dinámica muy ligada al accionar de sus liderazgos –dice la politóloga María Matilde Ollier, decana de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín–. Por otro lado, las organizaciones políticas han sido y siguen siendo muy facciosas. El personalismo, que acompaña la facciosidad, no sólo es de los líderes. Se extiende a todos los niveles de las agrupaciones políticas. Lo grave es que esos movimientos suelen ser acompañados por el puro y duro deseo de estar, sea en donde sea y al precio que sea."

Agregan otros expertos que esos movimientos no sólo son típicos de la lucha por el espacio en la boleta, una instancia que siempre tiene sorpresas, sino una constante de la carrera política y hasta en las estrategias de la construcción de poder. "En la Argentina vemos saltos del Congreso hacia intendencias y gobernaciones, porque una carrera legislativa muchas veces no asegura un lugar en las listas, e incluso el uso del Congreso como refugio, al dejar alguien de confianza en una posición ejecutiva para luego regresar a ella", dice Juan Pablo Micozzi, politólogo argentino, profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

Cada uno con su estrategia

Sin embargo, los partidos políticos siguen existiendo y sus lógicas diversas se ponen en juego para dejar salir o entrar a los conversos con costos distintos. "Esta fluidez se manifiesta diferente en tres sectores del arco político", apunta Andrés Malamud, politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa.

"En el peronismo es tradicional. Los peronistas se dividen y se reagrupan como mecanismo de ordenamiento interno y selección del liderazgo. El Frente Renovador de Massa en 2013 fue como la renovación de Cafiero en 1985, con la diferencia de que Massa se rebeló contra el peronismo en el poder: un pecado mortal. Pero el resultado fue el mismo: después de una primera derrota, el oficialismo peronista se refrescó y los venció. En sectores emergentes como Pro la fluidez es definicional: su existencia depende de la atracción de independientes y de militantes de otros espacios. Si Macri pierde la presidencia, cabe esperar que muchos de sus legisladores emigren a otros espacios. En el radicalismo, en cambio, el transfuguismo había perdido relevancia (en las décadas de 1890 y 1930 fue la norma), pero volvió con fuerza corrosiva. Partido rígido por principio, la UCR no sabe gestionar la fluidez. El regreso de Cobos y la adopción de Lousteau son atisbos de aprendizaje, pero la batalla por la supervivencia como partido nacionalmente relevante se juega en la provincia de Buenos Aires."

¿Sumó alguna particularidad el kirchnerismo a este escenario? Sí, dice Malamud: "Al cautivar a las clases medias, quebró las membranas protectoras del radicalismo. Por eso la novedad de la década ganada no es lo que el kirchnerismo hizo con el peronismo (no mucho, sino lo que hizo con el radicalismo (le nubló la identidad)".

Para la politóloga y profesora de la Universidad de San Andrés Lorena Moscovich, en tanto, las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner sumaron otro elemento: "Hay tener en cuenta el modelo político y de gestión de la Presidenta, que es un modelo de ejercicio del poder provincial, donde el gobernador maneja todo. Cristina provincializó la política en el peor de los sentidos."

Para muchos, resulta imposible separar la propensión a la fluidez partidaria de la necesidad de armar coaliciones para competir en la arena política, en una clara respuesta a la pulverización de las identidades partidarias. De hecho, en las elecciones hoy compiten en el país más alianzas que partidos. La receta para integrarlas parece incluir la clave de sus problemas de supervivencia: sumar de todo y pensar la alianza para ganar. Después se verá.

"En la crisis de 2001 todos los partidos implosionaron, pero lo hicieron de manera distinta. El PJ implosionó internamente porque necesitó buscar un nuevo liderazgo; pero lo logró y se reacomodó en el poder. En el espacio no peronista aparecieron múltiples partidos (ARI, Acción por la República, Recrear, Pro, GEN), que como están focalizados territorialmente en algunas provincias, para competir por cargos nacionales están obligados a hacer coaliciones", explica Facundo Cruz, politólogo y docente de la UBA. "Y esas coaliciones se piensan como una oferta amplia para captar votos, porque el electorado no tiene preferencias fijas. Las coaliciones están encontrando problemas de institucionalización, no son estables y cuesta que se mantengan unidas. Pensar estrictamente en términos electorales incentiva el salto de candidatos", dice Cruz.

Las coaliciones, además, han terminado por tener otro componente: "Las alianzas no se hacen a nivel de partido, sino individual y los líderes no necesariamente dejan sus partidos originales", agrega Moscovich. Lo hacen, además, sin mayores costos políticos. "Son tan indistinguibles para el votante las diferencias entre candidatos, que para los líderes partidarios cambiarse de partido no significa necesariamente distanciarse de su electorado de manera radical", dice.

Capital de imagen

Cruz agrega otra variable: las características de la propia campaña electoral: "Hace seis meses que estamos en campaña. Hoy instalarse en las encuestas y lograr un capital de popularidad que permita pelear un lugar en las listas es clave. Son más partidos compitiendo por los cargos de siempre. Antes el capital era el territorio, que ahora se volvió más difícil de controlar, y por eso pesan las encuestas, donde competís con tu imagen". Eso podría explicar los meses de campaña de instalación de Agustín Rossi, Sergio Urribarri o Diego Bossio, por ejemplo, que se "bajaron" rápidamente de sus aspiraciones, con más o menos instalación de imagen lograra como capital.

En este escenario, no es raro que las PASO, un instrumento electoral diseñado e implementado para definir candidatos y ordenar y reducir la oferta electoral, tampoco pueda escapar a la maldición de la deserción fácil en la política argentina.

"Las PASO favorecen las coaliciones preelectorales, lo cual no es necesariamente malo. El problema es que los votantes del perdedor no están obligados a votar después al ganador, y muchos no lo hacen. El resultado es que en las generales suelen sacar menos votos que la suma de las sublistas de las PASO", afirma Malamud, que se basa en algo más que sus impresiones para decirlo. En efecto, junto con el politólogo Ernesto Calvo testearon en Santa Fe los destinos de los votos de las PASO en la elección general, y sumaron los casos de Río Negro y Mendoza, además de ejemplos en otros países, para apoyar su argumento general: "En las elecciones transcurridas hasta ahora observamos que la suma de los votos en las primarias suele superar lo que las fuerzas aliadas sacan en la general", escriben en un reciente artículo en la revista El Estadista.

"Las PASO son pasajeras. Mezclan partidos con frentes y con dirigentes. No generan lealtad –siguen diciendo los autores en el mismo artículo–. En el fondo no son elecciones internas, sino la primera vuelta de un sistema de tres elecciones generales. O peor, porque la seguidilla de elecciones provinciales constituye una primera vuelta nacional que genera dinámicas de eliminación temprana de candidatos."

Como bien señalan Malamud y Calvo en ese trabajo, no hay que menospreciar la "indocilidad de los electores ante los acuerdos de cúpula." Los ciudadanos, el otro lado de la campaña, sin embargo, no siempre se comportan como si la traición importara mucho.

"Dudo del interés de la ciudadanía sobre estos vaivenes de la política, que ahora aparecen expuestos de manera descarnada; sobre todo porque los candidatos casi no trasmiten ni programas ni ideas sino imágenes. Tampoco parece importarle a la ciudadanía la trayectoria del candidato, de dónde viene, quiénes fueron sus jefes políticos en el pasado, qué políticas públicas sostuvieron. Importa la imagen del candidato y el cansancio en relación al oficialismo o el apoyo al mismo lo que parece guiar la intención de voto", señala Ollier.

Y, lo más importante, el cambio de camiseta no se condena en las urnas, incluso cuando el transfuguismo se practica no sólo en los cierres de listas, sino también después de que los candidatos resultan electos. Finalmente, la política también es espejo. "Con partidos fuertes sería menos probable que existieran estos saltos, pero también con votantes que observaran, reconocieran y castigaran estas conductas. Si hubiera castigo electoral, estos cambios estarían penalizados", termina Micozzi.

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