Por favor, chicos, no intenten esto en sus casas

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Cada uno de sus ensayos sobre libros es un ejercicio de inteligencia, malicia y sentido del humor
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1 de enero de 2015  • 00:22

Si usted pensaba que no podía haber algo más trivial que los pocos programas sobre libros de la televisión argentina (hubo incluso uno en el que los escritores debían disfrazarse y actuar para hablar de sus obras...¡y muchos lo hacían con gusto!) es porque todavía no se asomó al universo de los llamados booktubers. Entre a la página de Youtube, haga el ejercicio de tipiar la palabrita y se va a encontrar con un montón de chicos que se dedican a recomendar lo que han leído a otros chicos, con la profundidad crítica de la lógica del me gusta o no me gusta de Facebook. Es apenas uno de los tantos problemas de la época que nos toca vivir: ya nadie hace algo por el placer que depara la mera experiencia, sino porque está pensando en que después va a compartir el registro visual o el recuerdo de esa misma experiencia con alguien. Y en el camino, quién sabe, tal vez logre transformarse en una celebridad de las redes sociales o, en el peor de los casos, conseguir algo de dinero a cambio.

Ya nadie hace algo por el placer que depara la mera experiencia, sino porque está pensando en que después va a compartir el registro visual o el recuerdo de esa misma experiencia con alguien

Pero la venerable ética del do it yourself también tiene sus límites, y los libros no son todavía (¿no lo son?) discos, o películas, o videojuegos. La crítica literaria tiene sus costes y sus requisitos, y sigue siendo necesaria, "no para la literatura, pero sí para la civilización, que no podía sino enriquecerse con un discurso reflexivo", como dijera Alexander Pushkin. La cita no es gratuita y figura precisamente en un libro que reúne ensayos sobre literatura y fue publicado hace pocos meses: Páginas críticas, del traductor y crítico argentino Martín Schifino (Buenos Aires, 1972). Además de escribir estas piezas, el trabajo principal de Schifino es el de traductor (de él son las muy atinadas versiones en castellano de las novelas de Alfred Hayes, o los cuentos de Stephen Dixon, por hablar de las más recientes), por lo que los artículos aquí compilados tienen la ventaja de abordar cada obra desde múltiples puntos de vista.

En el prólogo, por lo demás, Schifino asegura que al crítico literario (aquel que "presenta nociones, las pone a dialogar, crea el entramado intelectual en el que se lleva a cabo una discusión y entretanto resume, abstrae, relaciona, compara, contrasta, ejemplifica") le hacen falta, para empezar, solo dos cosas: una biblioteca y paciencia. Y hace temer por lo que vendrá cuando habla, un poco con demasiada insistencia, de la obligación de claridad del crítico en su discurso ("Cuando la tarea es describir un libro, hay que poder describirlo, con el corolario de que el lector tiene que comprender sin problemas la descripción"). Pero claridad, por fortuna, no es para Schifino sinónimo de sencillez o llaneza, y cada uno de sus ensayos sobre libros, autores e incluso series de televisión es un disfrutable ejercicio de inteligencia desplegada, no exenta de opinión, citas, estadística, contexto social, malicia y sentido del humor.

Hay un texto sobre la renovación que supuso para la literatura un conjunto de obras aparecidas en 1913; hay otra sobre la dificultad de leer de forma ordenada y completa a Jorge Luis Borges en castellano; otros sobre Thomas Bernhard, Vladimir Nabokov y los efectos del éxito en la vida de Julio Cortázar. Pero los aportes más novedosos están en los tres artículos que cierran estas Páginas críticas: "Series de oro" (sobre la narrativa televisiva de los últimos años), "Cómo leer un best seller" (la lectura pormenorizada de los mamotretos que encabezaron la lista de los libros más vendidos en España entre 2009 y 2010) y "Calentamiento global: sexo y ficción", un análisis de la trilogía erótica de E.L. James que comenzó con las Cincuentas sombras de Grey.

Hace temer por lo que vendrá cuando habla, un poco con demasiada insistencia, de la obligación de claridad del crítico en su discurso

Schifino hace lo que cualquier crítico honesto debería, es decir, antes de emitir opinión no solo lee los libros sobre los que va a hablar: también aborda los que giran alrededor de un determinado fenómeno de mercado, y revisa otros artículos, e incluso algunas entrevistas a los autores. De esta manera, logra poner a una obra en su contexto: "El dato es el siguiente: cincuenta millones de personas se han volcado a leer una historia que es, en sustancia, una versión de Cenicienta con mucha acción después del baile (...) Esta trilogía explota dos tendencias muy exitosas de la última década: por un lado, un creciente infantilismo narrativo, que hasta ahora se ocupaba de magos, vampiros y demás yerbas; por el otro, una narrativa semificcional escrita por mujeres, que se centra en la sexualidad femenina y, sobre todo, en prácticas semiclandestinas. Resultado: infantilismo procaz".

Schifino destruye las Cincuenta sombras no desde el esnobismo de un lector iniciado, ni tampoco desde el prejuicio de un egresado de la carrera de Letras (que lo es): lo hace desde el terreno del análisis literario ("James ha tenido la pésima idea de narrar la novela en primera persona del presente, lo que le confiere la apariencia de un comentario en vivo y en directo, como si la narradora tuviera un homúnculo cartesiano en la cabeza que vitorea cada uno de sus actos") pero también desde la historia, la política o la ideología ("E.L.James ha perpetrado una novela de un conservadurismo digno del Tea Party, con estereotipos rancios y una política de género varada en los años cincuenta").

Hay que lamentar que sus textos, que están escritos para un público amplio (los lectores en general) aparezcan últimamente en medios de difusión prestigiosos y especializados pero de consumo restringido como Revista de Libros, The Times Literary Supplement y Otra Parte. Nada que un editor periodístico atento de cualquier suplemento cultural masivo no pueda subsanar con un oportuno llamado telefónico. La crítica local no debería permitirse semejante omisión.

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