Por qué el cielo es azul

Por Salomón Muchnik Para LA NACION
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5 de diciembre de 2001  

Parecería que en todos los países, aun en los muy desarrollados del hemisferio norte, hay siempre funcionarios a los que no les resulta fácil comprender el potencial que poseen, para el desarrollo autónomo e integrado de las naciones, la educacion y la investigación científica, básica y aplicada. Sin embargo debe de haber una diferencia que hace que esos países, contrariamente a lo que ocurre en los nuestros, se desprendan rápidamente de tamaño mal y eviten los daños irreparables que tales personas producen.

En nuestro país, en cambio, el número de funcionarios a los que esto les resulta arduo de entender es mayor, o los mismos vuelven una y otra vez a la función pública con mayor frecuencia. Podríamos evocar varias gestiones galardonadas con esta triste particularidad: desde la de aquel funcionario que insistía en que nuestros docentes e investigadores "no inventaban nada" hasta la del que aconsejaba al sector femenino de nuestros científicos "ir a lavar los platos", todas compartiendo el común denominador de decretar la reducción de los recursos para la educación pública, y llevando así a su casi total parálisis al sector.

Como dije, estos males ocurren también en el hemisferio norte, pero con menor infortunio. En su libro Retrospectroscope (Von Gerhr Press, Menlo Park, California, 1978), Julius H. Comroe se refiere a una expresión vertida por un funcionario de triste memoria llamado Charles E Wilson, por entonces ministro del presidente Dwight Eisenhower, el cual solía decir: "A mí no me importa saber qué es lo que hace que el pasto sea verde".

Experimentos "improductivos"

Comroe, para rebatir adecuadamente lo que entendía como un grave error conceptual, hizo la siguiente analogía: Wilson bien pudo haber dicho, con igual intención: "Para nada me importa por qué el cielo es azul". Y pasó a relatar a continuacion los resultados de la investigacion acerca del color del cielo, realizados por el investigador británico John Tyndall (1820-1893), sucesor de Michael Faraday como profesor de filosofía natural en la Royal Institution de Londres.

Tyndall era de la idea de que el azul del cielo se debía a la presencia de finas partículas que le daban turbidez a la atmósfera. Diseñó entonces experimentos para probar su punto de vista, que, por otra parte, ya habia sido sostenido por Leonardo da Vinci. Para eso utilizó un tubo de 36 pulgadas de largo y tres de diámetro, que llenó de vapor de agua, e hizo pasar por él un intenso haz de luz. De esa manera, obtuvo finas partículas dentro del tubo, que mostraba un color azul de cielo. Este experimento podía ser repetido con facilidad en idénticas condiciones.

Tyndall no dudó y extrapoló el contenido del tubo a la atmósfera impenetrable que rodea la Tierra, y el intenso haz de luz al rayo solar. Como todo investigador serio, reprodujo también su experimento en un tubo que contenía sólo gases libres de partículas y, en las mismas condiciones experimentales, hizo la fascinante observacion de que con aire ópticamente puro el tubo se veía oscuro, por lo que resultaba claro que el intenso haz de luz debía golpear algún tipo de partículas para dar algo similar a un cielo azul.

Estas características le permitieron a Tyndall apoyar las tesis de Louis Pasteur, que en 1862, desmintiendo siglos de creencias en contrario, anunciaba la no existencia de la generación espontánea de los gérmenes, pese a que sus adversarios insistían en que la generacion espontánea era posible, ya que bajo los para la época poderosos microscopios las bacterias aparecían, no así la generación anterior, que según Pasteur las producía.

Tyndall demostró, en numerosos experimentos que dieron sustento a la teoría de Pasteur, que el aire ópticamente puro es incapaz de desarrollar vida bacteriana. Para hacerlo colocó en distintos recipientes trocitos de carne, de pescado y de vegetales -alimentos que habían sido previamente hervidos- e hizo pasar por ellos aire esterilizado por una corriente eléctrica. En estas condiciones, el color del tubo era negro, ya que el haz de luz no interfería con partícula alguna, ni inórganica ni bacteriana. El mismo experimento con pasaje de aire no esterilizado desarrollaba bacterias que eran colisionadas por el haz de luz y tornaban azul el interior del tubo.

El presupuesto para ciencia

La aparentemente improductiva pregunta inicial de Tyndall permitió:

  • Dar impulso al comienzo de la moderna microbiología.
  • Hacer numerosas inferencias sobre fisiología pulmonar.
  • Producir partículas del tamaño deseado, que se destinarían a la elaboración de aerosoles en tiempo de paz y de nubes artificiales que oscurecían el cielo en tiempo de guerra.
  • El tubo de vidrio experimental fue también la base para la primera etapa en la fabricación de los fibroscopios y gastroscopios.
  • Es posible que este relato haga meditar un poco más a nuestros responsables de turno antes de impulsar un nuevo recorte a los recursos, mínimos, que el presupuesto destina a la investigación, la educación y la tecnología.

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