Por si el milagro no fuese posible

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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26 de octubre de 2019  

No es sino una ocurrencia del macrismo ponerle nombre a su objetivo de mañana: milagro. La dimensión de la palabra trató de encender las esperanzas muertas después de la derrota en las elecciones primarias. Y también retrata la dificultad que Mauricio Macri encuentra para impedir que la Argentina regrese, detalle más o menos, al mismo lugar en que la encontró.

La hipótesis de la vuelta del kirchnerismo al poder es tan concreta que Alberto Fernández convirtió en discurso su interpretación sobre el mito del eterno retorno del peronismo. El candidato de Cristina repite que ellos siempre vuelven para "remediar los desastres del neoliberalismo".

Queda por ver si, en caso de ganar, Fernández elegirá el camino de empujar por las escaleras a los presidentes no peronistas. Así colaboraría con la falsa certeza que afirma que solo los peronistas saben gobernar y terminar sus mandatos.

Se creyó erróneamente que Macri también llegaba para desactivar una bomba colocada por su antecesora, a imagen y semejanza de la trampa de la convertibilidad que Carlos Menem depositó en las manos de Fernando de la Rúa. Es por lo menos curioso que, con ese antecedente, Macri no advirtiera que debía empezar por dar un corte drástico al endoso de Cristina. El primero y más decisivo de todos los pecados del presidente de Cambiemos fue no haber utilizado el recurso que Fernández ya está usando en su contra: culparlo de todas las desgracias y de algunas más.

Cada vez que le reclamaron a Macri no haber denunciado la "pesada herencia", desde su entorno explicaron que temieron asustar a los mercados (que se disponían a prestarle para cubrir el déficit en reemplazo de la emisión monetaria del gobierno anterior) y a sus propios votantes, a quienes habían dicho que sería incruento bajar la inflación y restablecer el crecimiento.

Esa explicación, que hoy tiene más valor histórico que de herramienta política, desnuda la incapacidad del macrismo para comprender dos cosas: la dimensión del problema y la secuencia de bombas de tiempo dejadas de regalo por el peronismo. Si no se consuma el milagro de una segunda vuelta, Fernández explicará sus decisiones más amargas en la situación que le dejó Macri. Es más, ya anticipó que no cometerá el error de sus adversarios de hacerle pagar a su clientela los costos del esfuerzo. La semana pasada, desde el búnker kirchnerista se anticipó que habrá menos fondos para el gobierno porteño, uno de los distritos más adversos al peronismo. Mientras, vuelan los globos de ensayo que avisan de mayores impuestos a los sectores medios y más retenciones a las exportaciones del agro. Si hay ajuste, que lo paguen los que perdieron las elecciones; algo así como la versión pacífica de los costos a pagar por los vencidos en batalla desde los días de Julio César.

Convertidos en una multitud en cada acto, los votantes de Macri asistieron a una ceremonia entre festiva y melancólica. La presunción de una derrota se mezcla con la ilusión de que ese bloque que persistió en votarlo seguirá activo como freno a los desvaríos autoritarios del kirchnerismo. Nunca es en vano aferrarse a los deseos.

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