Por un diálogo fundacional

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17 de diciembre de 2001  

Son los que corren días cruciales: los estertores de un largo período de decadencia coexisten con expresiones augurales de un tiempo nuevo, diferente. La crisis expone el final con desgarradora crudeza y en la escena pública conviven gestos y palabras de uno y otro tiempo. Las actitudes y los intérpretes del período que expira, inexorablemente llamados a desaparecer, aún parecen tener un último resquicio, una postrera posibilidad de ofrenda. El dramático llamamiento con el cual la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina concluyó su último encuentro del año fue precisamente eso, una vehemente apelación a la dirigencia a ejercitar ese gesto esencial de cambio capaz de alumbrar el embrión del nuevo tiempo.

Y los obispos lo dijeron sin vueltas. Esta dramática crisis que es ante todo moral "exige un cambio de mentalidad y grandeza de espíritu", necesita renunciamientos sinceros en la mente y el corazón e iniciar ya un diálogo que sólo será útil y creíble si cada sector se pregunta sinceramente a qué está dispuesto a renunciar para el bien del país.

En línea coherente con la sucesión de pronunciamientos iniciados un año atrás, el Episcopado reiteró así su voluntad de servir a la recuperación de los valores morales y a un sincero diálogo.

Nada reflejó mejor las circunstancias que se atravesaron en estos últimos días que la escena que se compuso el miércoles en Martínez al inaugurarse un polo tecnológico, cuando el diocesano de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto, quedó virtualmente aprisionado por la polémica entre el Presidente y el gobernador de Buenos Aires.

Decididos a prestar su servicio como promotores del diálogo y gestores de reconciliación, los obispos consideraron que, previamente, se requería zamarrear las conciencias de dirigentes y responsables de las instituciones del país y decir claramente qué actitudes requiere un diálogo que desemboque en los acuerdos capaces de fundar el nuevo tiempo.

Así, llamaron a afrontar la dolorosa verdad de que la patria está empobrecida, endeudada por generaciones y con su credibilidad perdida e instaron a comprender que la política ha de ser un austero y generoso servicio a la comunidad antes que lugar de enriquecimiento personal o sectorial y que el poder económico no puede destruir con voracidad insaciable la salud y el nivel de vida de nuestros hermanos.

El diálogo al cual la Iglesia no ha renunciado a promover debe ser una búsqueda sincera de la verdad y del bien de todos con una permanente preocupación por los más pobres.

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