Potenciar al Congreso

Hugo Alconada Mon
Hugo Alconada Mon LA NACION
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14 de octubre de 2013  

Allá atrás en los años, en 2005, cuando el kirchnerismo afrontaba su primera campaña electoral desde el poder (y se llevaba muy bien con el Grupo Clarín), el presidente Néstor Kirchner les concedió una entrevista a periodistas de ese grupo. "¿Por qué plantea la elección en términos dramáticos, como un plebiscito?", le preguntaron. La respuesta, que Pepe Eliaschev rescata del olvido en su último libro, Esto que pasa , resultó sintomática: "La Argentina no puede tener un presidente débil. Será distinto cuando el país esté normalizado".

Hoy, ocho años después, el país está "normalizado". O, al menos, así lo vende el kirchnerismo. Tasas chinas de crecimiento, inflación controlada según el Indec, (sólo) "sensación" de inseguridad y "década ganada" son algunos de los logros (reales o no tanto) alcanzados. Ergo, el país podría darse el lujo de contar con un partido gobernante (algo) más débil. O dicho de otro modo: un sistema menos verticalista.

El problema es, sin embargo, que distintos partidos opositores tampoco reenfocan la discusión para ese lado, el institucional. "Ella o vos", "+a", "¿Y si ahora la ayudamos?" y "No a la re re" son sólo algunos de sus eslóganes de campaña. Así, tan centrados están en derrotar a Cristina Fernández de Kirchner, en una suerte de plebiscito de su gestión, que eclipsan cuál es (o debería ser) el eje de esta campaña: el Congreso.

Obvio, todos apuntan a 2015. Pero al hacerlo olvidan un dato fundamental que el profesor de la Universidad de Berkeley, Steven Fish, expuso en un estudio que publicó en 2006 con un título elocuente: "Legislaturas más fuertes, democracias más fuertes". Basado en un análisis cuantitativo y cualitativo de las democracias jóvenes de Europa del Este, Fish encontró una correlación notable entre el poder real que ejerce el Congreso de un país, la salud de sus partidos políticos y el desarrollo democrático.

Publicado en un par de revistas especializadas, Fish lo expandió luego a una larga lista de democracias alrededor del mundo junto al profesor de la Universidad de Georgetown Matthew Kroenig hasta darle forma de libro, en 2009. Allí encuadraron al Congreso argentino a mitad de camino entre lo que es y lo que podría ser.

¿A qué conclusión general llegaron? A una que debería resultar obvia, pero que en la práctica cotidiana dista de serlo: "La presencia de una Legislatura poderosa es una bendición indudable para la democratización".

Ahora, los argentinos afrontamos una oportunidad para potenciar al Congreso, al que a menudo despreciamos como una mera "escribanía" del gobierno de turno, de la mano de los "superpoderes" que promovió Carlos Menem, amplió la Alianza, potenció Eduardo Duhalde y Kirchner convirtió en permanentes. Quizá sea un buen momento para que diputados y senadores recobren (o resuciten) algunas de sus facultades y, por qué no, se den otras nuevas también. Aunque eso pueda significar abrir el cofre del gran fantasma: la renegociación de la coparticipación federal. Algo que, de manera previsible, todo presidente prefiere esquivar para así, con mano y chequera férreas, controlar a los legisladores de más de una docena de provincias.

Fish sale al cruce de esa visión verticalista, a la que los argentinos somos tan proclives con tal de delegar tareas y dejar que otro (el o la presidente) se las arregle como pueda. "La tentación de concentrar poder en el Ejecutivo es grande -dice-. La gente a menudo confunde poder concentrado con poder eficiente y el (o la) presidente es usualmente el beneficiario."

Así es como los votantes solemos entregar cheques en blanco a quienes ocupan la Casa Rosada (el gran Guillermo O'Donnell alertó durante años sobre los riesgos de la "democracia delegativa") y soslayamos la influencia que debería asumir el Congreso, al punto de que llegamos a considerar la división y el equilibrio de poderes como contraproducentes. Pero eso sí: luego pasamos a la decepción y al "yo no lo/la voté".

Afrontamos ahora una oportunidad de asumir las consecuencias de nuestros votos y mantener a todos los legisladores con la rienda corta. Sean oficialistas u opositores. Porque, en definitiva, si estamos ante una "década ganada", ¿para qué se necesita aún de una ley de "emergencia económica"? ¿O acaso el goteo constante de las reservas y otras varias luces amarillas, como el déficit energético, el cepo al dólar o los subsidios al transporte, anticipan que debemos darnos por satisfechos si nos mantenemos en el Purgatorio durante los próximos años? ¿O acaso los Kirchner nunca aspiraron de verdad a alcanzar la pregonada "normalidad" porque la "anormalidad" es su terreno favorito? ¿O acaso muchos legisladores opositores se sienten cómodos (demasiado cómodos, incluso) delegando funciones propias en el oficialismo y limitándose a pronunciar barrocos discursos que a menudo no escuchan ni sus pares, para luego, si algo sale mal, irle a la yugular y denunciar su negligencia?

Por eso, éste no es un planteo centrado en el kirchnerismo o en los variados partidos opositores. Intenta ir más allá, de la mano de Fish y su estudio sobre el potencial efecto sanador de las legislaturas alrededor del mundo. Y apunta a la calidad de nuestra democracia. Porque si se tratara sólo de los K, las elecciones de 2009 demostraron cuán verdes estaban los partidos opositores para asumir un eventual rol de liderazgo; también, que para los pingüinos no fue el fin del mundo. El Congreso puede dejar de ser una anodina "escribanía".

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