Primeras copas del olvido

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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28 de febrero de 2004  

En la cuadra de mi casa, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, sobre la avenida 9 de Julio, hay dos maxiquioscos. Ambos funcionan como bares, con mesitas en las veredas. Uno de esos negocios acata la ley y no vende bebidas alcohólicas; el otro burla ley y sí las vende, para consumo de parroquianos que ocupan las mesitas. La muchachada joven es mayoría cuando la noche es ya madrugada. El dueño del maxiquiosco que cumple la disposición del gobierno porteño ha perdido la mitad de su clientela nocturna: a cada rato, no bien alguien le pide alguna clase de bebida alcohólica, el hombre le dice que no, que la ley le impide despachos de esa índole, y entonces el fulano se va al otro maxiquiosco, treinta pasos más allá.

Este hecho, tan frecuente, induce a dos reflexiones. Una de ellas permite deducir que las reglamentaciones municipales suelen vulnerarse con tranquila facilidad y sin ningún disimulo, acaso porque los inspectores son pocos o son miopes para asegurar que los negocios que tienen vedada o restringida la venta de vino, cerveza o licores cumplan con el decreto de necesidad y urgencia que Aníbal Ibarra rubricó el 2 de diciembre último.

La seguna reflexión es todavía más triste y lamentable, habida cuenta de la sobreabundancia de clientes que entablan inescrupulosa complicidad con los comerciantes tramposos. Como dice el dueño del negocio que acata la regla oficial, "mucha gente, y sobre todo la gente joven, opta por favorecer a comerciantes infractores, en perjuicio de quienes, tontos como yo, cumplen la ley". José Ignacio Lladós, redactor de LA NACION, se ocupó de este asunto el jueves 19, y se preguntaba si tanta urbana transgresión no constituía un problema cultural.

No es temeraria una respuesta afirmativa. Si embuchar unos tragos de cerveza es razón suficiente para contravenir la ley y de ese modo exhibir un ridículo libre albedrío, casi no hay duda de que por debajo de tanta espuma burbujea un problema cultural. ¿Qué no harían esos comerciantes para satisfacer consumos más gananciosos, y qué no harían esos habitués de la noche ociosa, llegado el caso de que la cebada y el lúpulo ya no saciaran su sed de embotamiento?

La realidad resulta especialmente perversa por el hecho de que la incultura del alcohol abarca también a jacarandosos adolescentes, legiones de chicas y chicos que rondan la ebriedad, aun cuando acumulan pocos recuerdos y casi no tienen, como pretende el tango, cosa que olvidar. Enrolados en frívola indolencia, o tal vez en un existencialismo a la marchanta, esos chicos y chicas atraviesan a la deriva la noche porteña y dan crédito a aquella rara consigna que acuñó un secretario de Cultura -nada menos- de Fernando de la Rúa: con su tetrabrick o su botella en ristre, ellos acreditan que Buenos Aires no duerme y que, en ingrata compensación, sus padres duermen demasiado.

Está visto que los códigos de convivencia proponen un morboso desafío, el de gambetearlos impunemente, como bien lo demuestra uno de los maxiquioscos de mi cuadra, como lo evidencia la habitual propuesta de coima que el automovilista infractor formula al personal policial para eludir una multa y como tan jubilosamente lo expresa Raúl Castells, el apóstol piquetero. Pero ése es otro otro tema, otro problema cultural, otra forma de embuchar la espuma del desprecio por la ley.

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