Prisiones reales

Crédito: Julio César Aguilar
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27 de septiembre de 2019  

Monterrey, México.- En un tiempo -que quizá parezca más lejano de que lo que en realidad es-, los niños jugaban a policías y ladrones. Corrían, se escondían, daban la voz de alto. Alguno se dejaba apresar y ofrecía, gesto falsamente adusto, las manos a las esposas de juguete. En la próxima vuelta, los papeles se invertirían, y a él le tocaría, y al anterior policía, ser el esposado. Pero no es la delicia del juego (ni la materia dúctil de tanta serie, película y novela policial) lo que pende, casual, sobre esta pared. El muro está a la entrada de la cárcel de Topo Chico, en Monterrey, y las esposas no son de plástico, ni auspiciosas las horas que allí se detienen. En unos días la prisión cerrará y sus 2685 reclusos serán llevados a otros destinos. Mientras la mudanza se organiza -y son de prever el ruido, el movimiento y las incógnitas-, las esposas continúan allí, mudas, severas, irreductiblemente reales.

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