Privado Público

Guillermo Jaim Etcheverry
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28 de agosto de 2011  

El gran actor británico Sir Peter Ustinov, famoso por su agudeza, anticipó nuestra época en 1956 cuando dijo a una circunstancial interlocutora: "Este es un país libre, señora. Tenemos el derecho de compartir SU privacidad en el espacio público."

Esa profética afirmación es citada por Zygmunt Bauman, sociólogo polaco radicado en Inglaterra desde 1971, en un escrito reciente en el que describe a las que identifica como víctimas colaterales de la modernidad líquida, concepto mediante el que ha popularizado su visión de la sociedad actual. Considera como tales a la privacidad, el secreto, la intimidad; en suma, a las relaciones entre los seres humanos.

Menciona también a su colega francés Alain Ehrenberg que ubica el comienzo de la revolución cultural tardía –que nos introdujo en esa modernidad líquida– en la tarde de un miércoles en la década de 1980, cuando una ciudadana francesa común, Vivienne, explicitó los problemas sexuales de su marido, Michel, ante una millonaria audiencia televisiva.

Comenzó entonces una revolución basada en dos transformaciones estrechamente vinculadas: el hacer explícitas situaciones estrictamente personales e íntimas y el hecho de hacerlo en un ámbito abierto al ingreso de cualquier persona. Esa falta de diferenciación entre los espacios de lo privado y lo público caracteriza a nuestra época y, tal vez, encuentre su mejor expresión en el cambio operado en el uso del idioma. El lenguaje que se utilizaba en las conversaciones privadas entre personas y el empleado en la arena pública eran diferentes. En cambio, hoy nos dirigimos a las audiencias públicas con el mismo vocabulario al que antes sólo recurríamos para narrar nuestras experiencias intrínsecamente privadas. Eso se debe, precisamente, a la desaparición de las fronteras que separaban los ámbitos en los que se desarrolla la vida humana: el íntimo y el público.

El surgimiento de esta sociedad confesional, en términos de Bauman, marca el triunfo de la privacidad, una victoria pírrica, porque al invadir, conquistar y colonizar lo público la privacidad perdió su autonomía que, hasta ahora, la definía y constituía su privilegio, vigorosamente defendido.

Estos burdos trazos del análisis que hace Bauman de tan complejas cuestiones proporcionan una brújula para orientarnos en la interpretación del profundo cambio social que protagonizamos. En nuestra vida cotidiana abundan los ejemplos de este desplazamiento de lo privado hacia el ámbito de lo público. Nos conmueven a diario los problemas íntimos de personas que no conocemos y que logran monopolizar nuestra atención. Por otro lado, quienes actúan en la esfera pública no advierten los límites de ese espacio común, ya que han desaparecido, y se comunican con la ciudadanía desde su propio ámbito privado. También recurren para ello al léxico que hasta no hace mucho se reservaba al entorno familiar y, a veces, ni siquiera a él, ya que se trataba de educar a las nuevas generaciones en la distinción entre lo que era privado y lo que no.

La tecnología contribuyó de manera notable a la pérdida de esa frontera al facilitar la exaltación contemporánea del individualismo que induce a cada uno a suponer que su vida, privada e íntima, ejerce una genuina atracción sobre todos, lo que justifica exponerla. Lo que antes se compartía en un pequeño círculo de personas genuinamente interesadas en lo que nos sucedía a cada uno de nosotros, hoy se ventila en el abierto espacio común y queda allí exhibido no sólo ante quien acierte a pasar en ese momento sino para siempre, cual si fueran hitos esenciales de la civilización.

La vida personal y la compartida socialmente, que hasta ahora se definían por su oposición, se han confundido porque la pérdida de la frontera entre ambos espacios estimuló la penetración de uno en el otro. Invadimos lo público con nuestra privacidad, la que a su vez es arrasada por la avalancha de lo exterior.

* El autor es educador y ensayista

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