Problemas del superávit

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
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29 de agosto de 2001  

NUEVA YORK.- Los funcionarios de la administración Bush todavía no han admitido que el gobierno no cumplirá su promesa de proteger el superávit del sistema de seguridad social, pero sus aliados mediáticos y grupos de expertos ya preparan la retirada: todo marcha bien, en tanto y en cuanto el presupuesto federal, en conjunto, dé un superávit.

Permítanme, por un momento, hacer de cuenta que la verdad importa y señalar que los conservadores genuinos, que respetan las lecciones del pasado, rechazarían la proposición de que basta equilibrar el presupuesto. ¿Por qué? Porque el "cofre cerrado bajo llave" de la seguridad social es el equivalente moderno de una venerable institución: el "fondo de amortización".

Un fondo de amortización era una suma de dinero que el gobierno se comprometía a reservar, cada año, para ir pagando su deuda. Alexander Hamilton, nuestro primer secretario del Tesoro, estableció uno en 1795, y de esa manera logró que la nación en ciernes fuera digna de crédito.

Hamilton comprendió muy bien que, en cierto sentido, dicho fondo era una ficción: en última instancia, la capacidad del gobierno de saldar su deuda dependía de su superávit general, o sea, de que sus ingresos estuvieran por encima de sus gastos. Pero también comprendió que resulta muy difícil mantener la disciplina fiscal necesaria para saldar la deuda, a menos que se fije un objetivo firme. El fondo de amortización levantó la barrera fiscal: el gobierno no podía considerar su casa en orden, salvo que tuviese ingresos suficientes no sólo para cubrir los gastos actuales, sino también para amortizar su deuda en las fechas preestablecidas.

La deuda "implícita"

Dos siglos después, el gobierno federal encara un problema más compicado. Tiene tres billones de dólares de deuda ordinaria, pero sus deudas verdaderamente importantes son "implícitas". Consisten en las promesas, hechas a los jubilados actuales y futuros, de que el gobierno proveerá jubilaciones bajo el sistema de seguridad social y atención médica bajo Medicare. La carga que significa su cumplimiento se aligerará considerablemente si nos esforzamos por saldar ambas deudas, la explícita y la implícita, durante la próxima década. Es nuestra última oportunidad, antes de que la generación de posguerra empiece a cobrar sus beneficios jubilatorios y, con ello, desencadene un diluvio demográfico.

Hay quienes dicen que, en primer lugar, el gobierno no debería proveer beneficios jubilatorios. Discrepo con ellos y, de todos modos, no se puede desechar así como así las promesas ya hechas. Si nunca hubiesen existido los planes de retiro, tampoco habría habido una deuda implícita. De privatizarlos ahora, se acrecentaría dicha deuda en vez de reducirla. Si los impuestos al salario de los trabajadores más jóvenes se desvían a cuentas privadas, habrá que echar mano a otros ingresos fiscales para costear los beneficios prometidos a los jubilados actuales y a los trabajadores maduros.

Huelga decir que debemos saldar la deuda explícita, aunque eso parezca menos probable con cada revisión del presupuesto. Para ir más allá, y pagar la deuda implícita, el gobierno debe acumular títulos en el sector privado que, eventualmente, puedan utilizarse para pagar beneficios. Me inclino por una futura inversión parcial del superávit de seguridad social en índices accionarios amplios. De la misma manera, las inversiones del sector privado podrían transformarse en fondos jubilatorios privados. Es una mala idea por otras razones, pero su efecto es similar: adquirir activos que servirán para dar beneficios sociales a los futuros jubilados.

Para hacer cualquiera de estas cosas, el gobierno debe manejar superávit cuantiosos. Y cuando hay un superávit, resulta difícil resistir las presiones para que se reduzcan los impuestos y se aumenten los gastos.

El cofre cerrado

Ahí entra en juego el cofre cerrado. No es un cofre real, así como el fondo de amortización no era tampoco un fondo real. Pero tanto la regla que ordenó apartar dinero para el fondo de amortización, como otra que prohíba al gobierno echar mano a los excedentes de los fondos de retiro, hacen más factible que los políticos actúen en forma responsable.

A veces, uno tiene que violar esas reglas. Una incursión temporaria en el superávit jubilatorio para combatir una recesión o costear una guerra, no estaría mal. La palabra clave es "temporaria". Y aun cuando la Oficina de Administración y Presupuesto haya previsto una recuperación mucho más rápida de lo que creen posible los analistas privados, su proyección nos muestra que van a seguir metiendo mano en los fondos fiduciarios, año tras año, hasta 2006.

El motivo es obvio: la reducción tributaria de Bush comienza siendo pequeña para luego ir agrandándose constantemente. Todo lo contrario de lo que se haría si, en verdad, se quisiera combatir la recesión. Y los superávit proyectados para después de 2006 se basan en artilugios propios de un mago de feria. ¿Dónde quedaron "el honor y la dignidad" de que hablaban?

Nos preguntamos qué habría pasado en este país si las ideas de Hamilton hubiesen sido rechazadas, en pro de consignas tan insensatas como "¡Es tu dinero!". Quizás estemos a punto de saberlo.

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