Prostitución de menores

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4 de diciembre de 2001  

Una investigación de Unicef Argentina dada a conocer recientemente informa sobre el grave problema de la niñez prostituida y acerca de la explotación sexual infantil en nuestro país.

El informe se base sobre los resultados obtenidos de un total de 326 entrevistas hechas en seis regiones heterogéneas. El trabajo de campo se efectuó entre octubre de 1998 y marzo de 1999 y la mitad de esas entrevistas se hizo a personas que pertenecen a instituciones gubernamentales o comunitarias y el resto a gente involucrada en la prostitución.

Los datos recogidos demuestran que tanto las mujeres como los varones son iniciados en este triste y degradante comercio entre los 12 y los 13 años, en coincidencia con el inicio de la pubertad, lo que implica un tránsito forzado que impide el desarrollo de cualquier forma de vida sexual sana y normal. Niños y niñas son llevados a ejercer este comercio por medio de las más rufianescas formas de la seducción, la incitación o la coacción. Se actúa de una manera que es delictiva, pero también ajena al más elemental respeto por la minoridad, produciendo efectos que pueden ser calificados de gravemente destructores de la vida juvenil.

"El abuso sexual infantil y la prostitución infantil -señala el citado documento- tienen una misma matriz: el poder adulto y, además, sexista, ya que la demanda es, en su abrumadora mayoría, masculina".

Podría decirse que cualquier menor está en situación de peligro cuando los marcos que sostienen su desarrollo normal entran en crisis. Las verdaderas aves de rapiña que trafican con la inocencia infantil despliegan sus malas artes en todos los casos en que flaquean las personas o instituciones que tienen a su cargo el resguardo de la infancia. Los hogares destruidos o en peligro de disolución y los niños que deciden cortar sus vínculos con ellos porque no toleran los abusos, los golpes o el alcohol son ejemplos de instancias en algún modo previas a la aparición de los nefastos comerciantes del sexo, que buscan sus víctimas con empecinada tenacidad.

El estudio de Unicef señala que son corrientes las acusaciones mutuas entre jueces y policías por el destino de estas criaturas. "En muchas entrevistas -señala- surgió una profunda desconfianza por parte de los funcionarios de justicia hacia la policía sospechosa de connivencia con los explotadores, a los que se supone brinda protección a cambio de dinero". Estas sospechas agravan el cuadro, porque obligan a pensar que en el campo de quienes deberían dar protección a los menores se encuentran también sus enemigos.

Las acusaciones de la entidad mundial se vuelven más graves todavía cuando indica que "existe también un fuerte sexismo en muchos funcionarios, así como una ideología en relación con la niñez que contribuye a que cuando se enfrentan con casos concretos los minimizan". Esto equivale a una aceptación tácita de estos tremendos desvíos.

La delincuencia es lamentable en todas sus formas, pero cuando actúa sobre las mentes y los corazones de los niños para degradarlos de tan terrible manera llega a niveles que mueven al espanto de quienes pueden considerarse más curtidos.

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