Proust, los inéditos y los premios

Pedro B. Rey
Pedro B. Rey LA NACION
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7 de septiembre de 2019  

La industria de la literatura póstuma se volvió en los últimos años objeto de sospecha. El reparo principal es atendible: el desborde de inéditos corre el riesgo de desdibujar la obra que el autor ya ausente decidió en su momento publicar.

Pero ¿qué ocurre si lo que encuentra un detective literario son inéditos de Marcel Proust? Proust no corre peligro, podría argumentarse, dada su condición de clásico inoxidable. Proust, que también fue póstumo (los últimos tomos de En busca del tiempo perdido salieron después de su muerte en 1922), resiste eso y mucho más.

En todo caso, el interrogante se hará realidad. En octubre, cuando ya nadie esperaba nada nuevo de él, saldrá en Francia Le mystérieux correspondant et autres nouvelles inédites , un volumen que contiene ocho relatos desconocidos (a los que se sumará un noveno, "Souvenir d’un capitain", ya incluido en Textes retrouvés , de 1971). Poco y nada se sabe de ese secreto que el editor Bernard de Fallois (murió el año pasado) tenía guardado bajo siete llaves. La editorial a cargo, perpetuando el misterio, solo adelantó que son cuentos de juventud.

No es casualidad que De Fallois haya sido el celoso cancerbero de esos inéditos. Fue la persona que, a lo largo de las décadas, dio a conocer, entre otros póstumos, Jean Santeuil , el proyecto que Proust abandonó antes de saltar a la escritura de la obra por la que hoy se lo conoce, y los fragmentos de Contra Sainte-Beuve . Ninguno de esos volúmenes complotaron contra la lectura de En busca del tiempo perdido, esa catedral narrativa donde tiempo, espacio y memoria se dan la mano para siempre. Más bien ocurre lo contrario. Son inevitablemente subsidiarios. Jean Santeuil tiende al tedio, pero permite descubrir cuáles fueron las clavijas que Proust ajustaría para que En busca... pudiera dar con su forma. Contra Sainte- Beuve , en cambio, es un maravilloso campo de pruebas donde ya se llega a entrever la famosa magdalena.

La publicación de los relatos inéditos tiene, por lo demás, un complemento. Coincide con un centenario que, desde la tapa de varias revistas, tapiza los quioscos parisinos con el rostro del escritor: en 2019 Proust recibió el premio Goncourt por A la sombra de las muchachas en flor , el segundo tomo de la serie.

A Proust le costó encontrar editor para Por el camino de Swann , el volumen inaugural. El rechazo de La Nouvelle Revue Française , donde André Gide y sus colaboradores apenas hojearon la copia que se les hizo llegar, es una de las gaffes más recordadas de la historia de la literatura. Al parecer, no les caía en gracia el esnobismo social del autor. Edmund White –en su breve pero sagaz biografía sobre Marcel Proust– llegó a la conclusión de que el minimalismo que Gide practicaba por entonces no podría haber detectado nada interesante en las frases hiperdetallistas y en volutas de esa novela que –contra la evidente modernidad que hoy le adjudicamos– debió sonarle como un rezago del siglo anterior.

Proust pagó de su propio bolsillo aquel primer volumen, que publicó Grasset. La práctica, que hoy suena a humillación, era frecuente entre los escritores acomodados. Raymond Roussel –vanguardista y millonario– construyó todo un libro a partir de ese estado de cosas: las extrañas escenas de Impresiones de África surgieron de un juego de palabras burlón ( Impressions d’Afrique suena igual que Impression à fric , "impresión paga").

Tampoco fue el Goncourt, claro está, lo que determinaría la proyección futura de En busca del tiempo perdido . Proust, sin embargo, mundano al fin, dispuesto a llenar de atenciones a cualquiera que se interesara en sus escritos, operó al parecer de manera activa para que le dieran el premio, que no fue unánime. Como recuerda Jean-Yves Tadié en su completísima biografía sobre el escritor, en los días posteriores la crítica arremetió indignada contra la decisión. Hubiera preferido que se lo dieran a la otra finalista, La croix des bois , de un tal Roland Dorgelès, novela sobre la todavía fresca Gran Guerra que, además, se vendía como pan caliente. Por una vez un premio había sido visionario, aunque –es la justicia contradictoria del asunto– por razones equivocadas.

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