
Proyecto País: ideas para crecer
En El país que queremos, libro del que publicamos un fragmento, Sergio Berensztein, Horacio R. Larreta y Federico Sturzenegger consolidan una propuesta para la recuperación acional
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Queremos construir un país que comience a recorrer la senda del desarrollo sostenido y equitativo. Esto resultó hasta ahora un objetivo inalcanzable, pues durante el último siglo la Argentina no tuvo nunca más de cinco años seguidos de crecimiento. Lograr, pues, un crecimiento constante, incluso a tasas modestas, requiere un marco de sustentabilidad de largo plazo para los planes de política que se diseñen e implementen, sobre todo a los efectos de terminar con la brutal volatilidad que nos ha caracterizado históricamente.
En particular, es importante destacar que en los países que tienen los estándares más altos de vida material y que gozan al mismo tiempo de libertad y protección a los derechos fundamentales -justamente aquellos países a los que queremos parecernos- existen políticas de Estado estables. [...] Los argentinos, por el contrario, nos caracterizamos por fuertes movimientos pendulares, donde el que llega al poder se ocupa de desautorizar y en algunos casos incluso revertir todo lo hecho por sus antecesores. [...]
En segundo lugar, aspiramos a que el desarrollo se base en un capitalismo más solidario y, a la vez, realmente competitivo, donde el mercado funcione como un dinámico mecanismo de generación de riqueza y el Estado garantice una mayor equidad en la distribución de los ingresos y protección de todos los derechos, incluidos ciertamente los derechos de propiedad. Para ello se requieren instituciones políticas sólidas y eficaces, una firme disciplina monetaria y fiscal, y un enorme esfuerzo de reconstrucción, fortalecimiento y modernización del Estado.
Finalmente, queremos un país en el que se garantice la convivencia armónica, basada en el respeto irrestricto a las libertades individuales y en la profundización de la ciudadanía política y social. Los ciudadanos tienen que estar protegidos de las arbitrariedades de quienes ostentan el poder y del propio aparato del Estado, una de las principales fuentes de inseguridad jurídica en la Argentina. [...]
Para hacer alcanzable esta visión se debe partir de la premisa de que la Argentina ya no es más un país rico, sino que se ha empobrecido notable y crecientemente a lo largo de los últimos cincuenta años, aunque mantiene una enorme potencialidad para el desarrollo. Este diagnóstico es imprescindible para definir en forma realista nuestras aspiraciones, evitar recursos demagógicos y dimensionar el esfuerzo necesario para salir adelante. Debemos recuperar la cultura del esfuerzo, la meritocracia y la austeridad, así como generar la esperanza de que si hacemos las cosas bien, con racionalidad y sacrificio, afirmando los principios del imperio de la ley y el gobierno limitado, la Argentina tiene el potencial necesario para volver a ser un país próspero, dinámico, moderno, socialmente cohesionado e integrado al mundo.
Esto nos permite plantear la primera y principal definición de nuestra propuesta: no existen recetas únicas ni mágicas. Se necesitan decenas de reformas, algunas pequeñas y otras más grandes, que tengan continuidad en el tiempo y que surjan de un amplio consenso social. [...]
Para transmitir la visión del país que queremos construir tomamos dos caminos diferentes aunque complementarios: en uno, nos apoyamos en algunas experiencias internacionales que consideramos relevantes; en el otro, más conceptual, establecemos algunas definiciones ideológicas que determinan lo que, para nosotros, son políticas deseables.
El primer camino permite ilustrar que el progreso económico y social descansa en el diseño y la implementación de buenas políticas públicas. [...]
Sin embargo, ningún programa de política pública es neutro desde el punto de vista ideológico. Por el contrario, toda decisión pública tiene algún impacto distributivo y expresa valores o visiones del mundo. Por eso consideramos fundamental plantear con claridad un conjunto básico de definiciones ideológicas a partir de las cuales estructuramos nuestra visión del país. [...].
Paso a paso
De manera recurrente, muchas sociedades han imaginado utopías de distintas características. Y así como los argentinos tenemos una propensión exacerbada al derrotismo, también son frecuentes visiones demasiado optimistas respecto de las posibilidades que un país determinado tiene para "llegar al primer mundo", ser "potencia" o parte del "club de los poderosos". Ni uno ni otro extremo tuvimos en mente cuando pensamos este libro. Por el contrario, nos proponemos, en todo caso, rescatar ideas que nos ayuden a construir una Argentina más democrática, equitativa, justa, dinámica e integrada plenamente a la sociedad global.
En este sentido, más que proyectos coherentes y totalizadores, preferimos armar un rompecabezas, rescatando algunos ejemplos de otros países que nos parecen sanamente envidiables. Podemos de ese modo tratar de replicar en la Argentina la seguridad de Singapur, la equidad de Finlandia, el empuje económico de Estados Unidos, el dinamismo empresarial de Brasil, la seducción turística de España, los estándares educativos de Japón, la estabilidad institucional de Uruguay, el orden social de Noruega, el respeto por las normas de Suiza y, seguramente, muchos otros aspectos a lo largo del mundo.
Preferimos entonces evitar la tentación de pensar en el sueño perfecto, en la tierra prometida, para aceptar que es posible simplemente construir una Argentina mejor, aumentando las oportunidades, especialmente para los más desfavorecidos, y explotando al máximo el potencial de desarrollo que posee nuestro país. [...].
En cuanto a las lecciones que podemos aprender de nuestro propio pasado, rescatamos, del proceso de modernización del período 1880-1930, la notable inversión en desarrollo institucional, la creación de un formidable sistema educativo, el desarrollo de infraestructura física y, fundamentalmente, el respeto a los derechos de propiedad. Esos cuatro elementos, junto con las corrientes migratorias, explican cómo pudimos hacer una nación del desierto argentino, para parafrasear el título de uno de los famosos libros de Tulio Halperín Donghi.
Mirando la historia más reciente, hay dos aspectos puntuales que sí nos sirven para definir nuestras ambiciones y sobre los que ya nos anticipamos en el prefacio a este volumen. Por un lado, hasta comienzos de la década de 1970 el país gozó de una envidiable equidad en la distribución del ingreso, basada en la calidad de los bienes y servicios sociales que brindaba el Estado argentino y en una economía con pleno empleo formal. Gracias a ello, la Argentina fue, por muchos años, la sociedad más equilibrada de Sudamérica. Por otro lado, y en gran medida
vinculado a lo anterior, la Argentina era un país con tasas de criminalidad comparativamente bajas. A pesar de la violencia política y violación a los derechos
humanos, nuestra vida cotidiana no estaba afectada por una constante percepción de inseguridad. De más está decir que hoy esas dos realidades son parte de un pasado que recordamos con nostalgia y que deberíamos aspirar a recuperar.






