Putin y el destino de Rusia

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29 de marzo de 2000  

EL previsible triunfo de Vladimir Putin en los comicios presidenciales rusos dio motivo a un alarmante festejo: el gobernante a quien la decisión popular ha confirmado en el cargo que ejercía transitoriamente, tuvo la inquietante idea de ordenar una "salva de misiles", que constituyó la más grande ostentación de fuerza realizada por su país desde 1991, el año que en desapareció la Unión Soviética.

Los aparatosos lanzamientos por sobre 8000 kilómetros de estepa y de tundra siberiana, desde el Artico hasta el océano Pacífico, se tomaron en Occidente como un alarde ominoso, y como un indicio de que acaso podría volverse a la diplomacia intimidatoria que signó al período de la guerra fría. Aunque se trata, al parecer, de estimaciones muy exageradas, su fundamento no debe ser desechado en absoluto, porque ciertamente Rusia está trabajando para ser de nuevo respetada e influyente en el orden internacional. De modo expreso, Putin ha dicho que no admitirá que se le hable "en el lenguaje de la fuerza..."

Por un quizás inevitable reemplazo de poderes, al caer la Unión Soviética, Occidente -los Estados Unidos, en realidad- actuó impetuosamente: sus armas, sus agentes y su dinero se han hecho oír en los Balcanes, en Medio Oriente, en el Cáucaso, en el Africa, en torno de la meseta de Pamir, dictando en todas partes la ley a partir de la presunción de encarnar un poder único y unánime.

Los motivos que llevaron a que rigiese esa política acaso sean muchos, pero seguramente se resumen en la natural tendencia de los vencedores a exhibir su posición dominante, lo que explica algunas de las actitudes políticas asumidas por los Estados Unidos en el campo internacional. La faz negativa de ese proceso es el peligro de que emerjan signos de resentimiento y hasta de humillación en la población de la potencia vencida, fenómeno universal que ha acompañado a todas las comunidades desde las épocas más remotas. Rusia -excluida ahora de las grandes decisiones, recortada en su extensión y azuzada por el extremismo islámico- parece encarnar hoy ese humor, comprensible pero peligroso.

En general, las cancillerías ven con agrado el triunfo de Putin, al que consideran un hombre más firme y más centrado que Boris Yeltsin. Se da por sentado que tratará de encauzar una tendencia de reordenamiento y moralización de su país y se alaba la ductilidad con que estaría manejando la cuestión chechena, tras haber procedido con rigor inmisericorde.

Ninguna de esas finalidades podría ser alcanzada sin una renovación del espíritu ruso, sin el regreso más o menos explícito a ciertas consignas patrióticas, sin la deliberada restitución de algún grado de amor propio colectivo, ingredientes que, como se sabe, muy fácilmente pueden degenerar en perniciosos estallidos de ultranacionalismo.

Se trata, en último análisis, de una cuestión de mutua prudencia. Occidente no puede negar indefinidamente su lugar entre las potencias a Rusia, pero tampoco puede desatender la posibilidad de que ese país gire hacia posiciones agresivas o revanchistas. Moscú, por su lado, no puede renunciar a ser el segundo o el tercer Estado mundial, pero es necesario que esa perspectiva no aparezca ante el resto de las naciones como una amenaza.

Esas prudencias de un lado y de otro deben ser respetuosas de la geografía, de la demografía, de la cultura y de la economía. Occidente posee valores genuinos que no dependen de un circunstancial tironeo a propósito de tal o cual jefe turcomano. Rusia, por su parte, nunca ha intentado llegar a hierro y fuego al Atlántico o al mar de la China. Es de creer, y desear, que Putin -democrático a medias y embarazado en ingentes dificultades de tipo financiero, social y político- no pensará en alterar la tradicional disposición negociadora de su país.

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