¿Qué es un terrorista?

Por Anthony Sampson International Herald Tribune
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23 de enero de 2002  

LONDRES.- Por todas partes, se ataca a los terroristas. El presidente George W. Bush se comprometió a borrarlos de la faz de la Tierra. Israelíes y palestinos se acusan mutuamente de alentarlos. Europeos y norteamericanos sancionan leyes contra ellos. Pero, ¿qué significa realmente la palabra “terrorista”?

Se usó por primera vez para describir el terror de Estado cuando, después de la Revolución Francesa, los jacobinos lanzaron su “reino del terror”. Sólo mucho después adquirió el significado moderno de “miembro de una organización clandestina o expatriada que apunta a coaccionar a un gobierno establecido mediante actos de violencia contra sus ciudadanos” (Oxford English Dictionary).

El primer uso registrado de esta nueva acepción se dio en 1947. El British Annual Register se refirió a la voladura del King David Hotel, de Jerusalén, como “la última atrocidad, y la peor, cometida por los terroristas judíos en Palestina”. Pero cuando los israelíes establecieron su Estado, al año siguiente, pocos tuvieron ganas de emplear esa palabra al hablar de sus fundadores. Otros dos países del Medio Oriente, Chipre y Yemen, nacieron del terrorismo victorioso. La República de Irlanda conquistó su independencia ayudada, en parte, por los terroristas. Pero ninguno quiere explayarse sobre el terrorismo de ayer, ahora que ellos mismos lo combaten.

Los terroristas que trabajan para el Estado reciben un trato más cortés que los terroristas revolucionarios. Muchas veces, son las dos caras de una misma moneda. “El terrorista y el policía provienen de la misma canasta”, escribió Joseph Conrad en El agente secreto. Pero el vocabulario cambia del anverso al reverso: “Yo soy un combatiente por la libertad; tú eres un terrorista”.

Lo cierto es que a menudo, cuando la opresión policial se vuelve intolerable e impide toda forma de resistencia no violenta, el terrorismo de Estado puede hacer inevitable el terrorismo revolucionario. En Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano sólo tomó las armas en 1961, ante la represión brutal de su última huelga pacífica. Los posteriores gobiernos sudafricanos practicaron todos los métodos asociados con el terrorismo, entre ellos la tortura, los secuestros y los asesinatos. Aun así, pudieron persuadir a líderes de otros gobiernos, incluida Margaret Thatcher, de que ellos defendían la ley: los terroristas eran sus opositores. Además, utilizaron la Ley de Prevención del Terrorismo para reprimir cualquier protesta pacífica. Nelson Mandela siguió siendo motejado de terrorista hasta que asumió como gobernante.

El así llamado “terrorismo” sudafricano, centrado en objetivos militares, hoy parece muy limitado en comparación con las masacres de civiles en el Medio Oriente o los mortíferos secuestros de aviones de línea. Ahora, la mayoría de los terroristas se preocupan más por cambiar la opinión pública mundial, mediante actos de extrema violencia, que por derrocar a un régimen. La rivalidad por atraer la atención de los medios masivos los hizo más insensibles respecto de la vida humana. Quisieron demostrar su efectividad matando mujeres y niños ante las cámaras de televisión. Cuanto más sangre y carnicería haya, tanto mayor será la publicidad que logren en la pantalla televisiva: “Si hay sangre, se vende más”.

Con frecuencia, los gobiernos occidentales han adoptado actitudes hipócritas frente al terrorismo. Siempre les gustó aparecer como los defensores de la ley y el orden, que no intervendrán en otros Estados soberanos. Sin embargo, durante la Guerra Fría, Washington y Moscú apoyaron secretamente a movimientos revolucionarios que pretendían derrocar a regímenes del bando contrario. La CIA ayudó a financiar y armar numerosos movimientos terroristas –incluidos los talibanes– que más tarde devinieron en gobiernos hostiles a Estados Unidos. El terrorismo de Estado de Irak, así como el de Irán, debe algo al apoyo prestado por Estados Unidos y por Israel. Cuanto más rápido cambian de alianzas los gobiernos occidentales, tanto más confusa se torna la palabra “terrorismo”.

Todas estas percepciones diferentes de los terroristas hacen dudar de la credibilidad del objetivo de Bush –extirpar el terrorismo del planeta– y de que se pueda meter a todos en una misma bolsa. Los británicos saben mejor que nadie, por su experiencia con el IRA, que es imposible suprimir a los terroristas sin encarar también sus quejas y agravios, en especial cuando son financiados por Estados Unidos. Y durante su larga retirada del imperio han visto demasiados terroristas devenidos en gobernantes como para creer en la imposibilidad absoluta de su triunfo.

Anthony Sampson es historiador y periodista. Autor de Las siete hermanas y Mercaderes de armas.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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