¿Qué hacer con la cultura?

Por Gabriela Massuh Para LA NACION
(0)
25 de enero de 2002  

La incertidumbre anida en la boca del estómago de cada ciudadano argentino. Esta Nación que supimos conseguir nos depara una amarga enseñanza: la de aprender a vivir al borde del abismo. Algunos analistas interpretan que se ha vuelto al pasado. Tal vez. Sólo que en aquel pasado cabía la dimensión de futuro. Si esta catástrofe admite el alivio de un consuelo, es que hoy nadie está a salvo de las llamas. Mal de muchos. Acaso por primera vez en la historia de nuestra existencia como Estado, de esta hecatombe no se salva nadie. Todos nos hemos transformado en equilibristas insomnes, pergeñadores de soluciones mágicas, matemáticos de ocasión, buceadores de aguas profundas, aladeltistas flotando sobre un precipicio que no tiene fondo. Quién no se despierta a medianoche con la sensación apenas engañosa de que todo fue una broma de mal gusto. Pero no: la vigilia vuelve a demostrar, implacable, que esta realidad sin techo y sin piso es lo que queda. No hay más que tiempo presente. Esta, nuestra transversal vigilia sin sosiego, nos enfrenta a una reminiscencia histórica: la humillación.

Humillación a la que nos someten los organismos multilaterales de crédito, los indignados políticos de los países del Norte, sus consejeros económicos, sus burócratas, los que estiman que las cacerolas -único pobre alivio de este tórrido verano- les restan credibilidad a los créditos que, en esta castigadora nueva ola de admonición protestante, nunca llegarán. En medio de este marasmo de realidades urgentes, parece no haber tiempo para detenerse en el único factor en el que la Argentina puede comenzar a rescatar el futuro. El único viaje al exterior para el cual no se necesitan divisas oficiales, paralelas o flotantes: la cultura.

No llama a asombro que sea ésta el área que el gobierno actual deja sin cubrir: ante los ojos de la política, la cultura es siempre el adorno de la torta, lo último que se tiene en cuenta y lo primero que se recorta. Para nuestros políticos, todos, el área de cultura suele ser un comodín que pasa de una jurisdicción a otra. Del Ministerio de Educación a la Secretaría General de la Presidencia, de las malhadadas nupcias con el área de Medios a la pretensión de ministerio autónomo subsidiario del de Turismo o Deporte. Hoy por hoy, el área de cultura de la Nación se parece a una tierra de nadie, lugar vacante para llenar con nombres propios que, a lo sumo, traerán rédito político o prestigio, dos factores absolutamente inocuos a la hora de fortalecer el único ámbito por el cual la Argentina tiene un lugar bien ganado en el exterior.

En Europa no existe festival de teatro que, en aras de presentar lo mejor del rubro, no pugne por una contribución argentina. Desde hace más de tres años nuestra gente de teatro, esos ignorados malabaristas de la pobreza, asombra a un público y una crítica que los considera un fenómeno clave en la más bien alicaída producción cultural internacional. Algo similar sucede con el cine: el año pasado, ese nefasto 2001 que permanecerá en la memoria argentina como el más triste de la historia, nuestro cine logró, por primera vez, no sólo cosechar premios en los festivales más importantes del mundo, sino imponerse en mercados que hasta entonces tenía vedados: Italia, España, Estados Unidos, Japón, Francia y los países del Norte de Europa. En materia de cine, donde el estímulo del Estado estuvo tan cercenado como en el resto de las áreas, o más, nuestros directores se las ingeniaron para encontrar coproductores y lograr, con escasos medios, productos de altísima calidad. La Argentina posee el festival internacional de cine más importante de América Latina: el de Buenos Aires, que ha logrado desplazar en la mente de los observadores extranjeros al de La Habana, por su concurrencia de público, su organización y la calidad de los films exhibidos.

Ejemplos ilustrativos

Fuera de nuestras fronteras el tango pasa por un período de esplendor. Para los extranjeros con cierta ambición cultural, la Argentina seduce, asombra, revela cualidades insólitas, como la empecinada resistencia de un animal herido a diluirse en un mundo de imágenes globalizadas. Un mérito del que pocos países puedan hacer gala. Más allá del escándalo mediático con el que nuestra actualidad inunda la fatiga extranjera, el factor constante de nuestra atracción aún sigue incólume. No son los shoppings , los hoteles de cinco estrellas o los negocios hoy vacíos, ni siquiera lo será el peso denigrado. Lo que hace a nuestra merecida visibilidad internacional es un cúmulo de imponderables, que acaso no se corresponda del todo con la realidad, pero es parte de nuestra intransferible y a garrotazos tallada identidad cultural. Algunos ejemplos ilustrativos: los viejos empedrados grises, el ritmo del bandoneón, la debilidad milonguera de Borges, los conmovedores altares de la Difuntita Correa diseminados por rutas deterioradas, la trasnochada escena de música electrónica, la húmeda respiración de la bailanta, un teatro de la pobreza en absurdas catacumbas urbanas, librerías rebosantes de autores nacionales impresos en editoriales extranjeras, cines empecinados en rescatar al público perdido y la pertinacia de revistas que vuelven, una y otra vez, a creer en el milagro de la letra impresa.

Nada de lo que en materia de cultura transferimos afuera es materia del Estado. Pero somos parte de un Estado que insiste en obviar lo mejor que tiene: le da la espalda a sus productores artísticos, se desentiende del único factor de rigor, innovación y prestigio en estos tiempos del desprecio. La intención de unir las áreas de Medios y Cultura que caracterizó a la gestión del presidente Fernando de la Rúa fue opacada por conflictos palaciegos, ensombrecida por lo que muchos intuyeron, con razón o sin ella, como un capricho de infantes. En retrospectiva, el malentendido es por lo menos lamentable: en cualquier Estado que se precie de moderno esas dos áreas deben estar juntas en función de la importancia de los medios como portadores de contenidos. Alemania, por ejemplo, unió ambas áreas hace dos años y las elevó a categoría de ministerio sin cartera. Pretender que hoy la Secretaría de Cultura retorne a los regazos del Ministerio de Educación carece de toda otra lógica que la futilidad de concentrar un poder para congelar su irradiación. Se dice que el Presidente tiene la intención de evadir errores pretéritos, propios o ajenos. En función de esa nada desdeñable voluntad, buena sería una señal de reconocimiento a la autonomía, la madurez y la creatividad del sector artístico. Por mínima que sea. En tiempos de escasez la cultura y los artistas son los que más saben de pobreza. Para alivio de todos sería imprescindible que ninguna subsidiariedad les recortase esas alas propias que con creces supieron conseguir en esta castigadora tierra.

La autora es ensayista. Se desempeña desde 1983 como directora de Cultura del Goethe-Institut de Buenos Aires.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?