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Qué hacían las visitas antes de Netflix

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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31 de julio de 2018  

Hace poco debí leer un cuento infantil en casa de unos amigos. Sofi, la hija de ambos, aburrida de la serie de Netflix que sus padres miraban y comentaban con fervor en el living de la casa, me pidió que le leyera un libro que había elegido junto a su madre esa misma tarde en la Feria del Libro Infantil y Juvenil, en el CCK, helada como casi todas las de estas vacaciones de invierno. No había mucha calefacción en las instalaciones del centro cultural más importante de la ciudad y el paseo había sido hecho por madre e hija a paso vivo. El libro está protagonizado por una niña y un emperador extraterrestre.

En Visitas, que fue escrito por Natalia Méndez e ilustrado por Fernando Calvi, una nena llamada Samanta se queda sola una tarde en casa porque su madre se demora en el trabajo. Por teléfono, esta le dice que sabe que Samanta será responsable. "¿Se porta bien?", pregunta Sofi cuando escucha esa palabra. Pero, por suerte, madre e hija no eligieron un cuento sobre la importancia del buen comportamiento.

La protagonista de la historia, como la hija de mis amigos, es hija única, y en su soledad fantasea con la compañía que podría brindarle la presencia de un hermano en situaciones como esas. De un modo casi filosófico, en la página siguiente recuerda las protestas de una compañera de la escuela que se queja de sus hermanos. Los dibujos de Calvi muestran a chicos con los puños cerrados en alto. De sus bocas abiertas como pozos oscuros no pueden sino salir alaridos.

Convencida de que quedarse sola unas horas tiene sus beneficios, poco después la chica recibe la visita de un niño de piel verde que se fugó de su planeta. Es emperador. Samanta se da cuenta de que viene de otro mundo porque tiene una antena roja y de que es rey porque una pequeña corona dorada flota sobre su cabeza como la aureola de los santos. Como ocurre tan seguido en la infancia, los dos chicos se hacen amigos y, de inmediato, suman un elenco de animales: un zorro, un gato soñoliento, un oso que bebe té. A la hija de mis amigos le divierte que la casa de Samanta quede patas arriba, con papeles dibujados por el piso, sillas volcadas y adornos fuera de lugar. Las historias pueden esconder un leve y merecido desquite del mundo real.

Primero leí de corrido el cuento y, después, Sofi hizo su propia versión. En su relato, el pequeño emperador extraterrestre era, sin duda, el hermano de la protagonista, que vivía en otro planeta junto al padre. La nave espacial que pasa a buscarlo con una corte de súbditos a bordo, provistos de instrumentos musicales, aterriza en el jardín de la casa de la chica. Según comentó Sofi, el cerco de madera era similar al que hay en la casa de su abuela, en las afueras de Lanús. "Allá hay menos tránsito y las naves pueden llegar y despegar más rápido", dijo.

Le cuento que las visitas inesperadas eran muy frecuentes cuando su padre y yo teníamos su edad. A nuestras casas llegaban todos los días tíos, primas, compañeros de trabajo, vecinas, amigos del colegio y vendedores de enciclopedias, sandías u ollas de bronce. Cuando queríamos huir de las visitas de los adultos, nos trepábamos a los árboles cercanos: la higuera, el paraíso o la morera que estaba al lado del tanque de agua. También subíamos a la terraza y nos sentábamos a leer historietas en los últimos escalones. Si hacía frío, íbamos al galponcito a contar clavos o a revolver el baúl que había llegado en un transatlántico desde Génova.

Cuando finaliza el capítulo que cuenta la apasionante vida del cantante apodado el Sol, mis amigos se acercan a nosotros y tararean a dúo una ranchera que Sofi jamás escuchó: "No tengo trono ni reina,/ ni nadie que me comprenda,/ pero sigo siendo el rey". Desafinan, los aplaudimos de inmediato y, antes de que termine una tarde de reyes en Boedo, les propongo preparar un té antes de salir de nuevo al frío que trajo el mes de julio a Buenos Aires.

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