Qué piensan los peronistas que callan

Jorge Fernández Díaz
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1 de julio de 2012  

Existe, en el actual imaginario kirchnerista, una escena inverosímil. Es el momento en que Cristina Kirchner le entrega la banda presidencial a su sucesor. Los peronistas también repasan una y otra vez esa secuencia en cámara lenta y no hay caso: no funciona, no es creíble. No conciben que una Evita rediviva entregue la banda. Por el simple hecho de que no se entrega la patria. No se le cede el país a la antipatria, a la oligarquía, a la derecha, a las corporaciones. Porque no existe, claro está, ningún adversario del cristinismo que no sea la encarnación de lo abyecto, de lo ominoso y de lo inútil. Se trata del bien contra el mal.

La Presidenta es capaz de crear soldados de la causa, pero es incapaz de engendrar hijos políticos. Su único heredero es el pueblo. Amado Boudou jamás fue una alternativa seria: revelaron que lo tenían pensado como un candidato muleto por si la re-reelección no salía, pero sólo lo hicieron cuando se volvió inofensivo, cuando lo alcanzaron las denuncias de corrupción y su imagen cayó en picada. Pocos creen que Cristina confíe en alguien que no sea ella misma. No puede correr el riesgo de que le hagan lo mismo que los Kirchner le hicieron a Duhalde. Y pocos en el peronismo sienten que ella pueda preparar realmente a un continuador. Para eso debería dejarlo crecer y permitirle un protagonismo y una cierta autonomía estratégica que es incompatible con el carácter de la Presidenta, y que va conceptualmente en contra de la naturaleza de la líder omnisciente, omnipotente y total. ¿Podría crear una Evita II con Alicia Kirchner? Parece muy difícil, y las encuestas ya muestran la endeblez de esa zigzagueante ocurrencia de laboratorio. No hay, por lo tanto, nadie a quien pasarle la posta. Nadie.

Darle el poder a Scioli, a Macri o a Binner es, para la concepción kirchnerista, lisa y llanamente la derrota del movimiento nacional y popular. Un movimiento que se piensa revolucionario con una líder que es única. Una revolución no apuesta a la alternancia. Un líder que despliega semejante concentración de poder y permite tamaño culto a la personalidad no resigna la posición. Va por todo. A riesgo de quedarse con nada.

La exageración del relato, la automitificación del kirchnerismo, la compra y digestión de las leyendas que ellos mismos inventaron, los llevó a todos a esta curiosa encerrona. Y el peronismo intuye, aunque calle, varias cosas. Que los coqueteos presidenciales con el cansancio y las ganas de correrse del trono son completamente falsos. Que la economía y el desgaste seguirán minando su popularidad y que en las elecciones del año próximo habrá un voto castigo. También que surgirá victorioso, de esos comicios, un nuevo jefe de la oposición. Pero que no será relevante. Lo importante seguirá ocurriendo en el terreno peronista, porque el castigo liquidará la chance de una reforma constitucional y sellará el destino del cristinismo. El peronismo en masa se pasará entonces a las huestes del candidato peronista mejor posicionado en las encuestas –calculan–: el cristinismo se transformará en un nuevo Frepaso y el jefe de la oposición antikirchnerista que había triunfado en las legislativas será derrotado en las elecciones presidenciales. Para ese momento, la debilidad de Cristina será tan grande, la realidad la habrá limado tanto, que llegará resignada a la escena inverosímil. Recuperará, por lo tanto, desde la amargura su viejo sentido republicano y entonces sí. Entonces la escena saldrá limpia y creíble: le entregará la banda a otro porque para ese instante ya habrá entregado las ilusiones.

¿Qué pasaría si la economía mejorara y Cristina consiguiera una re-reelección? Que todo el peronismo, como siempre, se disciplinaría tras ella y que probablemente el Gobierno lograría remontar la cuesta y triunfar de nuevo en las urnas. Los peronistas callan porque la cuestión permanece abierta y en suspenso, y porque la Presidenta atesora la caja y es muy rencorosa.

Todas estas elucubraciones suceden en los silenciosos cerebros del peronismo. Y los ruidos de estos días son apenas grietas por las que se filtra la verdad escondida. Los enfrentamientos con el gobernador peronista de la principal provincia argentina y con el secretario general de la CGT deben enmarcarse también en este escenario. Puede parecer prematuro, pero estamos viendo las primeras escaramuzas de la batalla por el peronismo, los primeros síntomas de un dominó que conduce a tres palabras clave: continuidad, sucesión o alternancia.

Moyano podría haber metido cien mil personas en Plaza de Mayo. Sólo tendría que haber abierto un poco más la mano y haber permitido que la CTA, muchos radicales, socialistas y macristas, y miles de otros componentes políticos de la Argentina antikirchnerista compartieran el palco y nutrieran sus filas. Se negó a hacerlo porque no se movió pensando en la política abierta. No le interesó quedar atrapado en la jefatura de la oposición. Pretendió jugar una baza en la interna gremial y transformarse en un factor determinante del teatro peronista, donde cree que sucederá todo. Una vez más.

El kirchnerismo está nervioso porque sólo le sirve lo que articuló en Santa Cruz: un mecanismo de reelección eterna. Y porque le llegan todos los días mensajes críticos desde el mismo seno del movimiento nacional y popular. Pero su problema se agudiza aún más porque se asume como el bien. Y porque el bien no puede dejar que el mal lo herede.

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