Qué significa ser la única superpotencia

Thomas L. Friedman
Thomas L. Friedman
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26 de agosto de 2001  

LONDRES.- Más allá de las habituales críticas mordaces que Europa y los Estados Unidos cambian entre sí, existe hoy un auténtico desacuerdo respecto de lo que significa para los Estados Unidos ser el líder mundial.

El equipo de Bush piensa que ser la única superpotencia del mundo significa no tener que pedir perdón nunca, en tanto que los europeos piensan que ser la democracia más poderosa del mundo significa siempre tener que pedir permiso.

Para el equipo de Bush, ser el líder mundial significa que los norteamericanos deberían poder hacer lo que les viniera en ganas cuando quisieran, sin estar obligados a respetar tratados o acuerdos multilaterales que pudieran restringir su utilización de recursos (Protocolo de Kyoto) o su poder militar (el Tratado de Misiles Antibalísiticos, el convenio que limita las pruebas nucleares y la Convención de Armas Bacteriológicas) o sus demenciales leyes sobre armas de fuego (el pacto de las Naciones Unidas sobre armas de mano).

A juicio de Europa, cuanto más predominio económico y militar tengan los Estados Unidos tanto más considera la gente que deberían ser responsables de sus actos ante el resto del mundo.

"La cuestión de tener el grado de poder que los Estados Unidos tienen hoy significa que uno debe dar cuenta de sus actos a las personas fuera del país propio, porque lo que uno hace afecta a esa gente", advirtió Heather Grabbe, directora de investigación del Instituto para la Reforma Europea, con sede en Londres.

"Bush no puede sencillamente salirse con la suya diciendo: ´Bueno, el pueblo norteamericano me eligió y no le agrada el Protocolo de Kyoto, por lo tanto, aguántensela´, y ahí quede terminado el asunto. Quien ejerce el predominio debe dar el ejemplo", agregó Grabbe.

Un ejemplo reciente

Hace unos días, Europa y Japón llegaron a un acuerdo, sin Washington de por medio, respecto de una nueva base para implementar el Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático, al que el equipo de Bush desechó argumentando que, en caso de aprobarlo, debía bajar significativamente el consumo de energía en los Estados Unidos. A los pocos días, el equipo de Bush rechazó una más sólida interpretación del acuerdo que prohíbe las armas bacteriológicas porque las nuevas normas de inspección y verificación -de las cuales, en un primer momento, los Estados Unidos habían estado en favor- podrían dejar al descubierto los secretos industriales de las compañías norteamericanas.

"Durante seis años todos hablaron de la importancia de las normas de inspección y verificación", expresó el diario londinense The Independent, habitualmente pro norteamericano. "Y de golpe -añadió- los Estados Unidos se dan cuenta de que también sus instalaciones deben ser inspeccionadas. ¡Qué descaro! ¡Los Estados Unidos podrían ser tratados como cualquier país! Los Estados Unidos, con Bush a la cabeza, parecen estar cerca de convencerse de que pueden obligar a todos a hacer concesiones mientras ellos mismos siguen mostrando impermeabilidad al cambio."

Ahora en Europa se califica a los Estados Unidos de "Estado aventurero y bribón" con tanta frecuencia como a Irak. En parte, esto es una tontería, pero en parte no. La política exterior norteamericana siempre tuvo que ver con la configuración de un mundo que funcione de acuerdo con una serie de normas y no por la fuerza, porque de una manera ideal a los norteamericanos les gustaría ver que el mundo funcione lo más posible como funciona su propio país.

Mucha gente en todo el mundo ve en los Estados Unidos al máximo defensor de las leyes y las normas. Pero el mensaje que los norteamericanos han estado enviando al mundo últimamente es que ellos no creen en las normas, que ellos creen en el poder, y que ellos lo tienen y los demás no.

Invitación al desafío

Por ahora, los Estados Unidos pueden siempre salirse con la suya, pero cuando realzan su poder de esa manera no hacen más que invitar a otros a desafiarlos sobre la misma base. Ese es el significado del reciente tratado de cooperación entre China y Rusia. Después del acuerdo de hace unos días entre Europa y Japón respecto del Protocolo de Kyoto, la delegada del área del medio ambiente de la Unión Europea, Margot Wallstrom, declaró: "Hemos logrado rescatar el Protocolo de Kyoto. Pienso que algo ha cambiado hoy en el equilibrio de poder entre los Estados Unidos y la Unión Europea".

Sinceramente, no me importa que los norteamericanos sean impopulares. A veces los países deben imponer su voluntad para proteger sus intereses. Los propios europeos, que ahora se quejan del desprecio que significa para ellos la voluntad de Estados Unidos de imponer sus reglas, son los mismos a los que les encanta vender armas a Irak o Irán. Pero dicho esto, el caso de los Estados Unidos es diferente -o por lo menos debería serlo- porque tienen una función especial en el mundo.

Hoy, la clave de la estabilidad global es que la única superpotencia del mundo esté dispuesta a contribuir más allá de lo que le correspondería proporcionalmente con el propósito de preservar las instituciones y las normas globales porque, en última instancia, los Estados Unidos serán los más beneficiados en un mundo de esa naturaleza y porque, si no están interesados en las normas, ¿quién lo estará?

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