Quejas que no se pueden desoír

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14 de diciembre de 2001  

CONVIENE no confundirse ni confundir: los argentinos experimentan hoy un profundo malestar y ese estado de ánimo se está expresando de diferentes maneras. Muy distintos en su trasfondo y también en su finalidad fueron, por ejemplo, el paro general de ayer y el singular cacerolazo de anteayer, dos fuertes manifestaciones de protesta ante la afligente situación que afronta la sociedad.

En medio de las obvias rispideces emocionales que suelen acompañar las expresiones de disgusto popular, se destacaron diferencias sensibles en las que es imposible no reparar. En el caso del paro general resultó visible la abierta utilización política del malestar público, atribuible a una dirigencia sindical manejadora y sectaria. En el cacerolazo, en cambio, afloró con inequívoca espontaneidad el descontento y hasta la indignación de la población, de esa gente que no se considera atada, probablemente, a ningún liderazgo personal o institucional, pero que necesita expresar su desazón y su pesadumbre.

Ilustrativo de la gravedad del trance que se vive fue la enorme adhesión que despertó esa protesta ruidosa y multitudinaria que, impulsada por las entidades representativas del comercio, creció de manera impresionante en extensión e intensidad y superó en mucho las previsiones de quienes la promovían. Cacerolazos, apagones y otras maneras acústicas de exteriorizar la queja social se expandieron por diferentes zonas del país como un testimonio rotundo del desagrado de la sociedad civil ante una crisis que parece desbordar, día tras día, todos los límites imaginables. Transeúntes y automovilistas se encargaron de amplificar, con sus vigorosas exteriorizaciones, los reclamos de los comerciantes y pequeños empresarios. Es probable que esos ciudadanos discrepen entre sí sobre los caminos que el país debería transitar, pero se unen en el rechazo a una situación que se les está haciendo intolerable y terminan conformando una suerte de lamentación coral que debe ser atendida.

El vigor de la protesta protagonizada por un sector que naturalmente es renuente a interrumpir su labor con intemperancias debe hacer reflexionar a los responsables de la conducción del país. Nunca es sensato que los gobernantes ignoren las quejas y las manifestaciones indubitables de malestar público. Más allá de toda otra consideración, habrá que convenir en que este cacerolazo -por su originalidad y su duración, que sobrepasó largamente la que estaba prevista- debe ser interpretado como un llamado de atención acerca del estado de ánimo que prevalece en porciones cada vez más grandes de la comunidad nacional.

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